Una ciencia del comportamiento democrático

30 de julio, 2019

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Por Joaquín Navajas  Licenciado en Ciencias Físicas (UBA) y Doctor en Neurociencia (University of Leicester). Actualmente, se desempeña como profesor-investigador en la Escuela de Negocios e investigador de CONICET en el Laboratorio de Neurociencia de la Universidad Torcuato Di Tella*

 

Hace 102 años, en Plymouth (Inglaterra), el biólogo y estadístico sir Francis Galton hizo un experimento científico cuyo objetivo era estudiar la democracia. Les pidió a 800 personas que intentaran adivinar el peso de un buey: el que más se acercaba a la respuesta correcta se llevaba de premio, precisamente, el buey. ¿Qué tiene que ver esto con la democracia? Galton creía que los participantes de su experimento, campesinos sin educación formal alguna, eran ignorantes y por lo tanto no debían participar del proceso democrático de su país. Su intención era mostrarle al mundo que si uno hace una votación entre personas con poco conocimiento sobre un tema (en este caso, acerca del peso del buey), entonces el resultado de esa votación debe ser necesariamente catastrófico. Su intuición le indicaba que acumular ignorancia sólo puede dar lugar a más ignorancia. Para su sorpresa, esto no fue lo que ocurrió.

 

Si bien los campesinos podían estar individualmente equivocados (algunos por más de 100 kilos), el promedio de las 800 estimaciones daba casi exactamente en el valor correcto: le erró al peso del buey por solo 30 gramos. Sin querer, Galton descubrió un concepto que hoy se conoce como “sabiduría de las masas”: combinar miles de opiniones individualmente desacertadas puede dar lugar a decisiones sabias. Con su hipótesis refutada, Galton no tuvo más remedio que aceptar que las decisiones democráticas podían ser mucho más poderosas de lo que inicialmente creía. Si bien es obvio que la democracia es mucho más compleja que el experimento del buey, esta investigación sirvió para que Galton y muchos otros cambiaran su opinión sobre una creencia equivocada. Algo que hoy podríamos preguntarnos es cuantas y cuales de nuestras creencias actuales sobre el funcionamiento de la democracia también están basadas en intuiciones erróneas.

 

La idea que quiero presentar en este artículo es la importancia de desarrollar lo que Galton fundó: una ciencia del comportamiento democrático. Su objetivo es estudiar –mediante experimentos científicos rigurosos– cómo nos comportamos los seres humanos en general (y los argentinos en particular) al pensar, interactuar y decidir democráticamente. Semejante agenda no puede quedar en manos de un único cuerpo de conocimiento y debe involucrar a politólogos, sociólogos, psicólogos, neurocientíficos, economistas, matemáticos, filósofos, y más. La extensión de esta lista sugiere que quizás estemos hablando de una nueva disciplina científica. Una de las virtudes que tiene realizar experimentos científicos es que permite evaluar hipótesis y teorías sobre cómo funcionan ciertas innovaciones democráticas.

 

Por ejemplo, en las llamadas “encuestas deliberativas”, se busca simular qué ocurriría si la población se informara y debatiera racionalmente sobre un tema de agenda pública, algo que desafortunadamente ocurre muy poco. Cientos de personas (elegidos de modo que sean una muestra representativa de la población) se reúnen durante varios días a adquirir información y deliberar en pequeños grupos.

 

Países como Dinamarca, Corea del Sur, Irlanda, Tanzania y Brasil ya han implementado encuestas deliberativas para discutir temas diversos. Las conclusiones de estas encuestas son luego recogidas y analizadas por los que diseñan y ejecutan las políticas públicas. La intuición detrás de las encuestas deliberativas es que el diálogo entre ciudadanos no expertos pero informados da lugar a opiniones colectivas más racionales que las encuestas tradicionales y menos plagadas de sesgos emocionales. Además, los que proponen dichas innovaciones argumentan que este procedimiento es mejor que recurrir a unos pocos expertos dado que permite explotar la sabiduría de las masas, aquel efecto que encontró Galton hace un siglo.

 

Una ciencia del comportamiento democrático podría aportar a la evaluación y confección de encuestas deliberativas. Primero, poniendo la lupa sobre los supuestos que subyacen a estas innovaciones. Por ejemplo, uno podría preguntarse si es cierto que la deliberación produce mejores decisiones colectivas. En un experimento que realizamos hace unos años junto con un diverso equipo de investigación, encontramos que efectivamente el debate y el consenso en pequeños equipos produce decisiones más acertadas y mejora la sabiduría de las masas.

 

Este resultado sugiere que la deliberación mejora la calidad de nuestras decisiones democráticas y provee evidencia empírica acerca del poder de las encuestas deliberativas. Una pregunta que uno podría hacerse es cuál es el tamaño óptimo para que un grupo de personas delibere ordenadamente, de modo que las personas estén expuestas a diversas opiniones pero que a su vez puedan aportar y contribuir al diálogo. También cuánto tiempo necesitamos para intercambiar argumentos sin que los mismos comiencen a repetirse y así solo discutir información no redundante. Y también como reducir la polarización ideológica. La “grieta” entre dos posturas aparentemente antagónicas es un problema fundamental de los argentinos, aunque no es propiedad exclusiva de nuestro país. Estudios científicos indican que más bien se trata de un sesgo humano por el cual adoptamos posturas más extremas tras discutir con personas que tienen opiniones similares a las nuestras.

 

¿Cómo podemos hacer para reducir la polarización ideológica de un conjunto de personas? En un estudio reciente nos preguntamos qué pasaría si personas con opiniones extremas y opuestas sobre un tema de índole moral tuvieran que trabajar juntas en la búsqueda de un consenso. En nuestro experimento, miles de personas debatieron, en pequeños grupos y durante varios minutos, la aceptabilidad moral de la interrupción voluntaria del embarazo. La intuición nos dictaba que era improbable que dichas personas pudieran siquiera comunicarse. Para nuestra sorpresa, encontramos que más de la mitad logró construir consensos y llegar a acuerdos locales acerca de su posición colectiva.

 

Otra vez, la evidencia empírica fue en contra de las intuiciones y a favor del poder de la deliberación, en este caso como herramienta para reducir la polarización ideológica. Este tipo de experimentos permite identificar los factores fundamentales de la base de los consensos, y, considerando el potencial de una ciencia de la democracia, representan solamente la punta del iceberg. De cara a la Argentina 2030, debemos apostar por comprender cada vez mejor cómo pensamos y hacer funcionar nuestro sistema de gobierno.

 

*El artículo fue publicado en el último libro de Argentina 2030.

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