¿Un punto de no retorno?

19 de julio, 2019

El Gobierno crisis el Decreto sobre Lealtad Comercial Argentina

Por Carlos Leyba 

 

La expresión “punto de no retorno” refiere a la navegación área. El combustible consumido ha dejado, a la nave, sin posibilidad de retorno e inevitablemente, si estaba previsto volver, habrá que buscar otro destino que no sabremos si es posible.

 

Un grupo de Investigadores (Oxford y Utrech) ha señalado que la Tierra podría llegar al “punto de no retorno” climático en 2035. El “punto de no retorno” es aquél en que, las estrategias disponibles para combatir el calentamiento global, no tendría tiempo para vencerlo.

 

Esta es una mirada, desde la “inteligencia”, que invita a desarrollar la “voluntad” para actuar contra el cambio climático.

 

El concepto “punto de no retorno” es una alerta para destacar la urgencia.

 

Estas situaciones nos llevan a reflexionar sobre “optimistas” y “pesimistas” muy útil para pensar las actitudes de la dirigencia en la situación presente de nuestro país que no es sencilla ni repentina. Es compleja y viene de largo y que más allá de los “milagros efímeros” no hemos logrado nada o peor, lo hemos agravado casi todo.

 

Digo casi porque hay cosas que hemos mejorado. Por ejemplo, nadie duda que en el centro de la Ciudad de Buenos Aires, entre el Paseo del Bajo y los metrobuses, se circula más rápido. Pero las inversiones en la ciudad más rica no significan demasiado pensadas en términos del territorio y despiertan un lógico reclamo de prioridades federales. Como decía Ortega y Gasset, lo que caracteriza a una Nación colonial es que a medida que nos alejamos de la Gran Ciudad, la vida retrocede siglos. En la política no hay éxitos: cuando se arregla algo se desarregla otra cosa. La verdadera salud de la política es atender prioridades. Veamos.

 

Hay optimistas del presente: “soy optimista, hoy estamos mejor que mañana”. Miran el presente con alegría. Con frivolidad dejan de lado la mirada crítica del presente para anunciar un futuro peor. Optimista del presente y pesimista del futuro. Es posible.

 

Naturalmente la especie inversa, pesimista del presente y optimista del futuro, obliga primero a ubicar un punto apetecible de llegada para el cual el combustible alcanza; o proponer un curso de acción para evitar la continuidad del daño.

 

Está también el pesimista del presente que augura un futuro peor. “Estamos mal y podemos estar peor”. En realidad es un optimista del presente porque ve el futuro como un proceso de empeoramiento. Al hacerlo confiesa impotencia y falta de voluntad: es un pecado capital, la acedia o pereza espiritual. Hay una paradoja: al escaparse de la cuestión se transforma en optimista del presente.

 

¿De qué estamos hablando? Estamos hablando de esta Argentina y de si hay un punto de no retorno.

 

El lector tendrá la amabilidad de dibujar una tabla a mano alzada. Dos columnas por dos filas: cuatro espacios.

 

Una de las columnas será la de la “inteligencia” y la otra, la de la “voluntad”.

 

Aquí inteligencia significa el entendimiento que tenemos del mundo.

 

La voluntad significa si creemos posible una acción eficaz sobre el futuro.

 

Ahora a las filas. Colocamos en ellas la “actitud”. Tanto sobre el diagnóstico de la realidad (inteligencia), como sobre la decisión de actuar sobre ella (voluntad).

 

En la primera fila, el optimismo. Se cruzan la fila del optimismo con la columna de la inteligencia. Y al lado se cruza el optimismo con la columna de la voluntad. Tenemos optimistas de la inteligencia, los que ven bien la realidad.

 

Y optimistas de la voluntad que son quienes, creen y desean actuar sobre ella.

 

La segunda fila es la del pesimismo. Y otra vez tenemos el cruce del pesimismo con la inteligencia en el primer espacio; y el del pesimismo con la voluntad.

 

Vamos al análisis, el primer cuadro es el de los pesimistas de la inteligencia: tienen un diagnóstico crítico de la realidad. No están satisfechos.

 

En la misma linea se ubican los pesimistas de la voluntad, no creen en la necesidad ni en la viabilidad, de un cambio.

 

Tenemos cuatro espacios y los combinamos mediante diagonales.

 

La primera diagonal es la del “pesimismo de la inteligencia” y el “optimismo de la voluntad”. Es la diagonal del pensamiento transformador. Para no usurpar ideas recordaremos que es la que corresponde al pensamiento del gran intelectual italiano Antonio Gramsci.

 

La segunda diagonal es la combinación del optimismo de la inteligencia y el pesimismo de la voluntad. Esa es la diagonal del escapismo, del quietismo, del dejemos que pase lo que tenga que pasar ya que, después de todo, no estamos tan mal.

 

El kirchnerismo, durante su Gobierno, insistió en ser “optimista de la realidad”, de aquél presente. Usó, antes que nada, la falsificación de las estadísticas de inflación que llevaron directo a falsificar los números de la pobreza y del PIB.

 

La consecuencia –inevitable– de esa actitud, a pesar de los discursos, fue “el pesimismo de la voluntad”. Nada había que corregir. Todo bien. El buen camino. La bomba, propiamente dicho, no estalló: pero quedó la cuestión del default sin resolver, una represión inflacionaria con atraso cambiario y las pulsiones al consumo que es – sin producción ni productividad – dura lo que un lirio. Hoy Mauricio está imitando esa práctica: precios esenciales, Ahora 12, créditos Anses, subsidio UVA, dale que va.

 

El macrismo en cuatro años de Gobierno entra en el mismo cuadro: optimismo del presente. Una increíble fantasía para imaginar una realidad inexistente. El presidente, mientras la inflación es récord en años, las caídas de la producción son homéricas, el tipo de cambio “se estabiliza” con tasas de interés únicas en el planeta y rifando dólares, que pedimos prestados, para pegarle a cualquier respingo del mercado, con todo eso, dice “los argentinos juntos somos imparables”. Primero no sólo no estamos juntos, sino que Duran Barba serrucha cualquier puente que acorte la grieta, y además no hemos parado el estancamiento (la decadencia) de 45 años.

 

Para convencernos de que el presente es estupendo dice que “hemos sentado las bases sólidas para el futuro” al mismo tiempo que incrementa los impuestos para “reducir el déficit fiscal” o anuncia que para la reforma impositiva vamos a tener mas deuda. Domingo Cavallo contrató deuda para privatizar el sistema previsional. Lo estatizaron antes que quebrara y nos quedamos con la deuda.

 

Ambos elencos, siendo optimistas de la inteligencia, hábiles declarantes de una realidad imaginaria, carecen de la actitud y de la aptitud, para ser lo necesario, “optimistas de la voluntad”: ver la densidad de los problemas, la profundidad y apuntar a su solución. No está en esa actitud ni el kirchnerismo que tartamudea políticamente porque se repite a sí mismo, pero vacilando.

 

Y no está el macrismo que no puede abandonar el espíritu de estudiantina entusiasta entre globos y bailecitos: lo dicen “estamos haciendo lo que hay que hacer”. ¿Realmente creen que lo que hacen es lo que hay que hacer? ¿Acaso las cosas que hacen son las prioritarias?

 

¿Esta es la oferta electoral? Se acabó el combustible para aterrizaje seguro, aunque esto signifique volver a situaciones anteriores (que como estamos en retroceso bien pueden ser mejores) y el piloto esta escuchando a Freddy Mercuri. O bien nos rendimos y vamos por el calentamiento global tal como viene, mientras el encargado del ambiente se disfraza de planta.

 

O, la otra versión, rompemos el contador de combustible, así no nos damos cuenta; o ponemos duchas en la calle para disimular.

 

¿Nada para hacer? Vamos al grano.

 

¿Por qué hablamos de punto de no retorno? La última información producida por la UCA en materia de pobreza por ingresos, nos informa de la existencia de 14 millones de personas bajo esa linea. Se trata de mediciones difíciles, complejas, pero que describen, más o menos, la realidad social porque son consistente con las cifras de empleo, de inflación, de nivel de actividad, del tiempo que llevamos en estancamiento.

 

La suma de todos esos elementos hace que sea difícil discutir la precisión de esa estadística: describe lo que el panorama global confirma.

 

Cuando medimos la pobreza por edad, resulta que entre los jóvenes menores de 14 años, la pobreza está en el orden del 50%. Esto no es nuevo. Demografía de la pobreza es joven.

 

Un proceso de muchos años. La primera Encuesta de Hogares se realizó en 1974. Sobre la base de esa encuesta oficial se estimó el nivel de la pobreza en el Gran Buenos Aires. La proyección del coeficiente de pobreza de la región sobre la totalidad de la población nos informó que el número de personas bajo la pobreza orillaba las 800.000 personas.

 

Ningún profesional dedicado a estos temas ha puesto en tela de juicio esas cifras basadas en la estimación de pobreza del 4,2%.

 

Comparando la pobreza de hace 45 años y la de nuestros días, el número de pobres se multiplicó por 17.

 

En ese tiempo el total de la población se duplicó.

 

Esto significa que la aproximadamente la mitad del crecimiento de la población lo fue de personas a las que la sociedad Argentina no les pudo evitar que vivan en la pobreza.

 

Tenemos tres generaciones que están viviendo en condiciones de pobreza. Y sabemos que los procesos demográficos nos indican que lo más probable es que, si todo sigue como esta, la fertilidad de las mujeres que viven hoy en la pobreza es considerablemente mayor que la de aquellas mujeres que no viven en la pobreza.

 

Llegado a este punto ¿cuándo será el punto de retorno? ¿cuándo la pobreza alcanzará tal dimensión y profundidad, que no nos será posible rescatar de ese infierno a los que son hoy la mitad de los jóvenes?

 

El optimismo de la inteligencia, simplemente, no cabe.

 

Pero sin el optimismo de la voluntad, que empieza reconociendo la dimensión del mal, el calentamiento global de esta sociedad será difícil de contener y será difícil volver a dónde salimos: le recuerdo, 4,2% de pobreza y pleno empleo y, para los fiscalistas, un Estado que pesaba el 20% del PIB.

 

Falsificar la historia es tóxico. No sirve para repetirla. Despegamos hace rato de un lugar al que sensatamente deberíamos volver, cuando 800.000 eran los pobres y el 95% de la sociedad podía resolverlo. El punto de no retorno es cuando no seamos suficientes para resolverlo.

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