Tras la gran polarización, ¿se vendrán los acuerdos?

23 de julio, 2019

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Por Alejandro Radonjic 

 

Para los que consumen información política, son semanas y días intensos y siquiera pasaron las PASO. Luego quedan 80 días hasta las generales y, si nadie alcanza el 45%, otros 30 días más para el balotaje. Llegaremos a diciembre con nuevo Presidente, pero agotadísimo.

 

¿Tendremos descanso en el verano? Porque Mauricio Macri promete “acelerar” y Alberto F. buscará poner su impronta. Y ni hablar si el dólar se empieza a mover o Donald Trump se manda alguna.

 

El 2020 arrancará con todo y ni tocamos aún la cuestión del exigente Programa Financiero. Lo gobernabilidad será un tema delicado. “Gobernabilidad” no entendida como antítesis del caos sino como capacidad para hacer cosas. Eso explica las convocatorias a Alberto y Miguel Angel. Son articuladores y posibilitadores que sobrepasan los márgenes del purismo aquí y allá. FMI, reformas, crecimiento, empleo, acreedores privados, inflación…la lista del 2020 es amplia. Y se agrega el acuerdo con la Unión Europea. Nada menos.

 

Si la agenda es ambiciosa, el contexto es casi draconiano. Una sociedad partida y con una porción de 40-45% enemistada con el Presidente, sea quien sea: el guarismo vale para ambos. No pocos justifican el voto que depositarán en veinte días más en que no siga él o no vuelva ella.

 

La Moncloa, sueño eterno

 

Con menos volumen, unos y otros piden un gran acuerdo nacional. Lo dice Miguel Angel Pichetto (“dos pedazos de Argentina no hace una Nación”, arguyó, días atrás) y también lo expresó Cristina Kirchner en la Feria del Libro de Buenos Aires, revistando la experiencia de José Ber Gelbard en los ’70 (hace más de cincuenta años) y ese tercer peronismo. Es un diagnóstico alentador y un reconocimiento de la dificultad de los tiempos que vienen. Pero, ¿están dadas las condiciones para esa Moncloa, que es casi un sueño eterno? “Me encantaría que hubiera acuerdo en algunos temas básicos, pero una elección como esta no sé cuánto margen va a dejar para esos acuerdos”, proyecta Ignacio Labaqui ante El Economista. Se necesitarán reconstruir varios puentes luego de la elección más polarizada en un largo tiempo.

 

En 2019 se termina, también, una década perdida. En lo económico, cuanto menos, la variable madre para juzgar gestiones en el Siglo XXI. Argentina cierra una década que, siendo muy generosos, podemos calificar como mediocre. Entre 2011 y 2020, su economía creció poco y nada; tuvo varias recesiones; no solucionó el flagelo de la inflación; no creó empleo de calidad; no mejoró sus indicadores sociales; no aumentó sus exportaciones y siguió perdiendo peso en el concierto global de las naciones. Pero arranca otra década, y puede ser distinta…pero solo si se hacen otras cosas, diría póstumamente Albert Einstein.

 

¿Alberto el reformista?

 

Labaqui arroja una tesis contraintuitiva: Alberto, más por necesidad que por convicción, podría ser más reformista que Mauricio. “El Gobierno de Macri, si reelige, va a tener el beneficio de la duda del mercado y la necesidad de lidiar con un Congreso dividido y con la calle. Ergo, no va a poder ir a una velocidad muy alta en materia de reformas y ajuste porque la calle se lo puede llevar puesto, especialmente si pensamos lo fría que está la economía y la perspectiva de un 2020 que no luce brillante. Más allá de que no tendrá lugar para la complacencia, menos con un FMI sin Christine Lagarde y 2020 pueda ser la única ventana de oportunidad porque en 2021 hay elecciones, no va poder ‘ir por todo’ con sus reformas”, señala. El antecedente de la accidentada reforma previsional de 2017, tan solo a pocas semanas de la estruendosa victoria legislativa, demuestra eso. Tener poder político es clave y aprovechar el envión del mandato popular también, pero acordar y negociar antes son pasos ineludibles y, sobre todo, en áreas sensibles como las que están en la carpeta reformista amarilla. La tensión reciente con los Moyano, Biró y Palazzo son una frazada corta: te cubren en 2019, pero te exponen en 2020.

 

“En cambio, si hubiera un Gobierno de los Fernández, ellos van a tener que hacer un ajuste y reformas a mayor velocidad porque el mercado los va a poner a prueba desde el primer día dado que no confían en el ‘giro moderado’ que representa Alberto, tienen dudas sobre cuál va a ser el rol de Cristina y demás”, dice Labaqui. Es una agenda incómoda y eso explica, en parte, el corrimiento de Cristina al segundo lugar del binomio. Allí, cuentan con una ventaja y un aliado corporativo clave. “Los Fernández van a tener el beneficio de la duda de los sindicatos y las organizaciones sociales. Es decir, pueden contener demandas sociales dado que hay una suerte de relación natural entre peronismo y sindicatos y entre kirchnerismo y organizaciones sociales”, grafica Labaqui.

 

Pero tampoco está claro hacia donde irá. Hasta ahora, Alberto rechazó la reforma laboral; no habló de la presión impositiva y ayer dijo que los medicamentos iban a ser gratis para los jubilados, mostrando poca conciencia del desfinanciamiento previsional. Menos aún está claro cómo se financiará eso, además del reencendido de la economía, porque la tarea del 2020 será pasar la gorra más que abrir la billetera.

 

Más allá de las agendas, las posibilidades y en la búsqueda de no hacer lo mismo (para evitar otra década perdida), los acuerdos amplios aparecen como un camino harto difícil, pero alentable y necesario. Un acuerdo que debe ser más que una “wish-list” de 10 puntos que se negocian por WhatsApp, como ocurrió hace algunos meses, y que debe incluir a los empresarios, los sindicatos y la academia. Sobre eso hablará el papa Francisco si concreta su postergada visita a comienzos de 2020. Su famosa cultura del encuentro.

 

Argentina arranca muy de atrás y el diálogo interpartidario, intersectorial (más allá de la mesas de competitividad promovidas por el actual Gobierno, una iniciativa positiva) y social en general, es una práctica en desuso. Y, además, el trecho a recorrer para normalizar algunas cuestiones es grande.

 

La inflación, un problema exótico por estos días en el mundo, es un reflejo de eso y un reclamo del acuerdismo. Casi todos saben que la dureza monetaria y la disciplina fiscal son necesarias, pero no suficientes para combatirla. Hasta el FMI, que recomendó lo anterior, lo sabe y proyecta un IPC de más de 30% para 2020. Una mesa para “desnominalizar” la economía, como la que intentó Alfonso Prat-Gay en 2016 y vetó Marcos Peña, no sería un mal arranque.

 

No es casual que la incertidumbre electoral y en las políticas no sean un rasgo coyuntural de Argentina en sus años impares sino algo estructural y secular. Tampoco es casual que algunos propongan, equivocadamente, votar cada cuatro años. A un mundo desafiante, dinámico y difícil, Argentina, como si no tuviera problemas y estuviera “sobrado”, se da el lujo de aportar su propia varianza. Bandazos, en criollo. Si no se ponen de acuerdo ellos…deben decir desde afuera. La volatilidad exagerada es un rasgo característico y la economía pasa factura (ver la serie del PIB desde 2011, por ejemplo). “El país y la dirigencia perdió un norte a dónde ir”, dice Guido Lorenzo desde LCG.

 

Por sobre esa necesidad y ese futuro acuerdista (que algunos ponderarán ucrónico), un camino también alentable, complementario y previo sería parar un poco la pelota y desacelerar un poco las cosas, aun a costa de postergar las reformas per se por un tiempo. Estas son importantes, necesarias y la posición en el Ranking de Competitividad del World Economic Forum así lo demuestra, pero la secuencia deberá ser otra.

 

Pero han sido años frenéticos y desgastantes para la sociedad. Se necesita un poco de calma y darle algo de aire a la economía para que se ponga a crecer algunos semestres sin un ruido político extra. Para que la sociedad se acomode, bajen los ánimos caldeados y la política pueda tener un terreno más fértil para concertar y consensuar los difíciles cambios que sean necesarios.

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