Hoy por vos, mañana por mí

22 de julio, 2019

Mosaico pesos problemas Argentina salarios

Por Alejandro Biondi Coordinador de Proyectos en el Programa de Protección Social del CIPPEC

 

En 2030 nacerá la generación que se volverá adulta en una Argentina envejecida, en la que la proporción de personas dependientes superará a la de aquellas en edad económicamente activa. Según los censos de 1991 y 2010, mientras la población de niños de 0 a 4 años se mantuvo en el mismo nivel durante veinte años, la proporción de adultos mayores de 65 años o más creció 42%.

 

Estos datos ilustran lo que se conoce como “transición demográfica”, la trayectoria de las sociedades entre dos escenarios de igualmente bajo crecimiento poblacional, pero por razones muy diferentes. En el primero, el crecimiento es bajo por una combinación de alta fecundidad, alta mortalidad y muy baja esperanza de vida. En el segundo, el crecimiento demográfico también es limitado pero se explica por los valores opuestos en las variables: baja fecundidad, baja mortalidad y alta esperanza de vida. Es hacia este último escenario, de envejecimiento poblacional, que la Argentina transita de forma inexorable.

 

Sin embargo, al igual que otros países de América Latina, nuestro país atraviesa actualmente una etapa previa, distinguida por el descenso relativo y temporario de su tasa de dependencia: hoy todavía hay más personas en edades económicamente activas que niños y adultos mayores dependientes. En otras palabras, Argentina goza de un “bono demográfico”, una oportunidad única para el desarrollo en condiciones de equidad.

 

Durante esta etapa, se requiere un menor esfuerzo relativo de la población activa para incrementar los recursos destinados a los niños y adolescentes, garantizar sus derechos y mejorar sus niveles de bienestar en el presente. Estas transferencias intergeneracionales de recursos hacia los más jóvenes, tanto públicas (políticas de educación y salud, por ejemplo) como privadas (cuidados y alimentación por parte de las familias) tienen un gran impacto para potenciar la productividad social futura, clave para enfrentar el envejecimiento poblacional.

 

En nuestro país, según las estimaciones de Gragnolati et al. en “Los años no vienen solos”, la tasa de dependencia ya alcanzó su nivel mínimo en 2010 y se mantendrá ahí hasta 2040, cuando comenzará a ascender de forma rápida y sostenida. Aprovechar la ventana de oportunidad hoy y durante las próximas dos décadas es crítico para enfrentar las tensiones del sistema de protección social que aparecerán a medida que la tasa de dependencia aumente.

 

¿Qué necesitamos tener en cuenta para lograrlo? En primer lugar, el potencial que ofrece el escenario demográfico actual no debe sobreestimarse. La ventana argentina durará menos que el bono promedio de la región y el descenso de la tasa de dependencia es menos profundo que el ocurrido en países industrializados más desarrollados y avanzados en la transición, así como el proyectado para los casos de Chile, Brasil y México.

 

Además, en tanto país desigual y heterogéneo, sin políticas redistributivas adecuadas las ventajas del bono en Argentina no podrán aprovecharse en igual medida entre grupos socioeconómicos y provincias, dadas las brechas y falta de convergencia en las variables demográficas por nivel de ingreso y región.

 

En segundo lugar, como advierte la Cepal, el bono no se volverá efectivo de manera automática. Si bien la población en edad activa está en aumento, la coyuntura económica y el mercado laboral deben acompañar esta tendencia con oportunidades de empleo decente (según lo define la OIT), en las que puedan insertarse las nuevas cohortes de jóvenes económicamente activos y también puedan continuar trabajando los adultos mayores si así lo desean. La equidad económica de género también es impostergable. Hoy las mujeres enfrentan mas barreras para acceder al trabajo decente, debido, entre otros factores, a la injusta distribución por género del trabajo doméstico no remunerado y de las responsabilidades sociales de cuidado de personas dependientes.

 

En tercer lugar, siguiendo al sociólogo Fernando Filgueira, los esfuerzos del Estado deberían centrarse en tres objetivos para aprovechar el bono demográfico y prepararse para la realidad de una sociedad envejecida en el largo plazo: 1) sostener una tasa de fecundidad en torno al nivel de reemplazo y convergente entre grupos socioeconómicos; 2) lograr altas tasas de empleo femenino en todos los grupos sociales, y 3) erradicar la pobreza infantil y promover el efectivo goce de derechos de parte de los niños.

 

Garantizar los derechos sexuales y reproductivos, un esquema de protección social adecuado y políticas que reconozcan, reduzcan y redistribuyan el trabajo de cuidados que realizan en mayor medida las mujeres es crítico de cara a estas tres prioridades. En particular, fortalecer la oferta de servicios públicos de crianza, enseñanza y cuidado de calidad para los niños (y hacerlo con perspectiva de género) tiene un amplio potencial de cara a las prioridades mencionadas, dado que contribuiría tanto a la autonomía económica de las mujeres como a garantizar los derechos de los más pequeños.

 

El futuro demográfico argentino interpela al Estado, al sector privado y a la sociedad en su conjunto y debemos ponerlo en agenda hoy. ¿Qué contrato social entre generaciones y géneros queremos? ¿Qué modelo de desarrollo económico, instituciones y financiamiento para habilitarlo? ¿Qué gobernanza federal? ¿Qué combinación de Estado, familia, mercado y comunidad en la producción y distribución de bienestar para garantizar mayores niveles de equidad? ¿Qué políticas públicas concretas de salud, educación, empleo, cuidados y protección social? En los próximos diez años, nuestras respuestas a estas y otras preguntas determinarán cómo será la Argentina del final de la transición demográfica.

 

La columna se publicó originalmente en “Ideas para la Argentina del 2030”.

Dejá un comentario