En respuesta a Guillermo Calvo

29 de julio, 2019

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Por Ignacio Labaqui

 

En un reportaje concedido al Diario Financiero de Chile, el economista argentino Guillermo Calvo realizó una serie de declaraciones provocativas. De acuerdo a Calvo, el triunfo “de Cristina” sería “lo mejor que le puede pasar al país (…) porque va a aplicar el ajuste con apoyo popular, culpando al gobierno previo”. El economista no cree que los mercados sean un problema para un gobierno del Frente de Todos dado que según sus palabras “los mercados olvidan todo” y antes que mirar el pasado lo que les importa es “lo que va a pasar”. Calvo concluye: “Un Gobierno con Cristina puede ser más creíble que el de (Mauricio) Macri, que va a subir con muy pocos votos marginales, teniendo minorías (…) El ajuste que él haga va a ser en principio muy malo”. Para el economista, “Macri va a necesitar una persona de prestigio, pero no sé si quedan personas que van a ser parte de su gobierno”.

 

Las declaraciones de Calvo produjeron bastante ruido dado que la visión de consenso es que el retorno de Cristina Fernández de Kirchner al Gobierno sería un evento negativo para el mercado financiero, incluso si su regreso se produce como vicepresidenta de Alberto Fernández, cuya unción como candidato a presidente ha sido considerada como una señal de moderación.

 

Tiene un punto

 

Calvo tiene un punto al señalar que los gobiernos “populares” tienen mayor capacidad de llevar adelante un ajuste y realizar reformas estructurales. Cuando aludo a gobiernos “populares”, me refiero a esos en los que el partido gobernante tiene una relación de cercanía y afinidad con el movimiento obrero organizado, como el peronismo por poner un ejemplo, con movimientos sociales o se trata de un partido de izquierda, como el PT en Brasil, el Partido Socialista de Chile o el Frente Amplio uruguayo.

 

Las experiencias de los gobiernos de Víctor Paz Estenssoro en los años ‘80 en Bolivia, Alberto Fujimori en los años ‘90 en Perú, Carlos Salinas de Gortari en México o el caso de Carlos Menem en Argentina dan cuenta de esa mayor capacidad. Lo mismo puede decirse del Gobierno de Lula en Brasil, que durante su primer mandato endureció la política fiscal heredada de Fernando Henrique Cardoso.

 

¿Cuál es la ventaja de los gobiernos “populares” a la hora de poner en práctica, valga la paradoja, políticas impopulares? Básicamente que cuentan con el beneficio de la duda de los sindicatos y las organizaciones sociales. Menem privatizó casi todas las empresas del sector público y la capacidad de veto de los sindicatos a su política económica fue mínima. Es cierto también, que las compensaciones a los sindicatos explican en parte por qué a grandes rasgos las organizaciones obreras no supusieron un obstáculo para las políticas del menemismo.

 

El contraste es claro: la agenda reformista bastante menos ambiciosa de Raúl Alfonsín debió soportar 13 paros generales lanzados por la CGT. En síntesis, la capacidad de control de la calle de los gobiernos de partidos que tienen una relación natural con sindicatos y organizaciones sociales es mayor que la de otro tipo de organizaciones partidarias, y ello les otorga de una ventaja inicial a la hora de aplicar políticas de ajuste.

 

Ello permite entender por qué el Gobierno de Macri optó por el gradualismo inicialmente. Elegido por una ventaja exigua en una segunda vuelta, carente de mayorías en ambas cámaras del Congreso, votado en la primera vuelta por solo un tercio del electorado y sin control de la calle, lanzar un ajuste draconiano al comienzo de la gestión hubiera sido fatal para el gobierno de Cambiemos. El ajuste debió hacerse a las apuradas, y para peor en la asegunda mitad del mandato presidencial. El problema no fue optar por el gradualismo. El problema fue un severo error de diagnóstico acerca de la herencia recibida y acerca de la capacidad de solucionar los problemas heredados.

 

Los yerros

 

La apreciación de Calvo sobre la mayor capacidad ajustadora de los gobiernos populares es acertada. Sin embargo, el economista yerra en su apreciación acerca de la reacción de los mercados a un eventual Gobierno del Frente de Todos. Es relativo que los mercados carezcan de memoria. Ciertamente los Estados a veces defaultean (algunos, como Argentina, lo hacen de manera tal vez demasiado frecuente), reestructuran sus deudas y luego recuperan el acceso al crédito internacional al poco tiempo. Sin embargo, ello no quiere decir que los mercados carezcan de memoria. De hecho, el recuerdo de los gobiernos kirchneristas está bien fresco en el mercado.

 

En este sentido, la ventaja con la que contaría un Gobierno del Frente de Todos para aplicar ajustes, surgida de su capacidad de contener las demandas de “la calle”, se contrapone al desafío de credibilidad que enfrentaría en su relación con los mercados.

 

Alberto y más

 

¿Qué diferenciaría a un Gobierno de Alberto Fernández respecto de otros gobiernos “populares” que pudieron superar la desconfianza inicial de los mercados? Varias cosas. En primer lugar, están las dudas acerca del rol de Cristina Fernández de Kirchner. Alberto Fernández fue ungido candidato presidencial por la expresidenta, quien será parte del gobierno. Las preguntas acerca del “doble comando”, para desgracia de Alberto Fernández, están a la orden del día. El hecho de que el candidato presidencial del Frente de Todos haga declaraciones públicas al respecto es una prueba de ellos.

 

En segundo lugar, el caso del Frente de Todos es distinto al de por ejemplo Menem o Lula. Ninguno de ellos había ejercido la presidencia previamente. Los mercados a Cristina ya la conocen y por ende no es ilógico que razonen al modo del conocido refrán: “El que se quema con leche, cuando ve una vaca llora”. Es cierto que el presidente será Alberto, pero la presencia de Cristina genera la duda en los mercados acerca de si un Gobierno del Frente de Todos será de Alberto con los gobernadores peronistas o de Cristina y La Cámpora.

 

El caso de Dilma Rousseff es un buen caso para entender la memoria de los mercados. Reelecta en 2014, convocó a un economista ortodoxo con credenciales, Joaquim Levy, para realizar el ajuste que durante la campaña electoral negó que fuera a realizar. La experiencia no fue feliz: la base del PT se sintió defraudada y Levy, más allá de sus pergaminos, no pudo lograr que Dilma superara la desconfianza del mercado. Como a Cristina, los mercados ya conocían a Dilma por su primer mandato. Por ello, a pesar de la designación de Levy, mantuvieron sus dudas acerca de la voluntad política de Dilma de llevar a cabo el ajuste. Alberto Fernández podría convocar tal vez a una figura de la talla de Calvo al Ministerio de Hacienda o al BCRA, y ello no necesariamente daría el reaseguro a los mercados que, por ejemplo, supuso la designación de Henrique Meirelles al frente del Banco Central de Brasil por parte de Lula en su primer Gobierno.

 

El caso de Dilma merece ser observado con atención por otro motivo. Ciertamente los gobiernos “populares” gozan de una ventaja inicial por su relación con las organizaciones sindicales y sociales. Pero tampoco es que cuentan con un cheque en blanco. La decisión de violar el mandato electoral de su base al convocar a un banquero para implementar una política de ajuste no fue gratuita para la exmandataria brasileña.

 

El caso de Carlos Andrés Pérez en Venezuela es similar. Pérez fue presidente durante los años “saudíes” en Venezuela, período en el que se estatizó el petróleo y se creó PDVSA. En su primer gobierno le tocó administrar la abundancia. En condiciones radicalmente distintas, en su segundo mandato Pérez lanzó un duró plan de estabilización y reformas conocido como “el gran viraje”. Pérez perdió el apoyo de la calle, hecho evidenciado por el “caracazo” de febrero de 1989, y de las organizaciones obreras, que hasta entonces habían tenido una relación especial con su partido, Acción Democrática.

 

Un punto final refiere a la necesidad y capacidad de Macri de convocar a una figura de prestigio. Aquí Calvo nuevamente se equivoca: son los gobiernos “populares” los que deben convocar a figuras prestigiosas para superar las dudas de los mercados. Y a veces ni siquiera eso es suficiente como lo muestra el caso de Dilma Rousseff.

 

Si el ajuste, tal como plantea Calvo, es efectivamente inevitable cabe hacer una breve evaluación sobre las ventajas y desventajas de Juntos por el Cambio y el Frente de Todos. El actual oficialismo contará con la ventaja inicial de gozar de la confianza del mercado. Su principal desafío será “la calle” y el principal riesgo la complacencia. Macri probablemente no podrá ir tan rápido como quisiera, por la falta de mayoría legislativa y por el riesgo asociado a un incremento en la conflictividad social. En el caso de Alberto Fernández, su principal ventaja estará en la afinidad natural del peronismo con el movimiento obrero organizado y del kirchnerismo con las organizaciones sociales. Sus desafíos pasarán por contener a las bases y a la vez superar la desconfianza inicial de los mercados. Debido a esta desconfianza inicial, probablemente un Gobierno de Alberto Fernández deba sobreactuar el ajuste.

 

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