Victoria con sabor a derrota en las elecciones de la UE

28 de mayo, 2019

European Union Unión Europea UE elecciones

Por Atilio Molteni Embajador

 

Es cierto. No se produjo el depredador aluvión de votos populistas y nacionalistas contra la hegemonía de los partidos proeuropeístas del Viejo Continente (que todavía representan algo más del 65% del electorado) tras las elecciones destinadas a escoger a quienes serán, por cinco años, los futuros integrantes del Parlamento regional con sede en Estrasburgo.

 

Si bien los cómputos provisorios parecían indicar que aumentó desde 20% hasta 23%-25% la presencia de los movimientos de la ultraderecha radical como los de Marine Le Pen en Francia, quién sacó más votos que el debilitado oficialismo del presidente Emmanuel Macron; obligan a mirar el buen resultado que obtuvo Matteo Salvini, la versión italiana de Donald Trump o la caótica victoria del partido proBrexit encabezado por Nigel Farage en el Reino Unido, las que se suman a los hegemónicos y cuasi totalitarios regímenes de quienes ostentan el poder en Hungría y Polonia, así como a los ecos muy preocupantes que emergen en Alemania, Europa no dio por terminada su fe básica en la integración continental.

 

Tampoco logró resultados como para salir, lanza en ristre, a dar seguimiento a muchos programas de expansión hacia el mundo exterior que son irritativos para los sectores mimados por la opinión pública, como los que dan sustento a la iconografía agrícola. Si fuera necesario hacer una predicción, éstos no son los mejores vientos o parámetros para suscribir el eternamente postergado acuerdo birregional de librecomercio con el Mercosur, a la hora de lograr un compromiso de sustancia, no un papelito y una efímera fotografía que no será historia. Ello sin contar lo que pasa en las contorsiones de la política brasileña, uruguaya y argentina, las que son objetadas por los centros de poder del Viejo Continente.

 

Pero sería muy imprudente suponer que hay otros motivos para festejar estos hechos. Por empezar, es obvio que la opinión pública europea hizo notar que espera reformas más tangibles para el bienestar de sus ciudadanos. La gente no está contenta con los flujos masivos de inmigración africana y asiática (como la proveniente de las naciones menos desarrolladas del exmundo socialista) ni con los supuestos paños tibios hacia el nivel de reverdecimiento económico, una pantalla muy efectiva para disfrazar el avance del proteccionismo regulatorio en el ámbito de la agricultura, la industria y los bolsones de producción energética atenazados a combustibles altamente contaminantes como el uso del carbón en Polonia.

 

Los verdes quieren políticas más verdes, lo que supone aceptar, por corrección política, sus enfoques cuasi religiosos acerca del tratamiento a la sanidad animal, vegetal, los sistemas ecológicos y climáticos. Los empresarios están saturados por el exceso de burocracia, los costos fiscales y las engorrosas reglamentaciones que producen Bruselas y Estrasburgo, así como por las enormes cargas públicas desalientan la inversión y la creación de empleos. Y la lista es ilustrativa, no exhaustiva. Lo que si resulta posible aventurar como tendencia cuando pierden fuerza o atractivo las mayorías tradicionales, es que los partidos políticos declinantes se concentren en absorber una parte de la plataforma de sus adversarios para no ceder más terreno y apoyo popular. Pero ello recién empezará a verse al desaparecer la polvareda electoral y se conozca la dirección de los nuevos proyectos del Parlamento electo.

 

Es importante destacar que el Reino Unido participó en las recientes elecciones ante la indefinición de su salida de la UE, cuya fecha límite se extendió hasta el 31 de octubre.

 

Para entender la complejidad del proceso de votación que acaba de efectuarse para ensamblar el plantel de eurodiputados, es preciso tener en cuenta que la UE constituye la mayor democracia del mundo (exceptuando India) al computarse el número de votantes que eligen por sufragio directo a los 751 diputados que integran el foro. Los legisladores representan a un país -como única circunscripción electoral para las bancas que le corresponden- y luego se distribuyen en el Parlamento en grupos políticos que exhiben una orientación común.

 

Según el reglamento del Euro Parlamento, cada grupo debe tener por los menos 25 diputados y representar la cuarta parte de los Estados miembros. Hasta ahora existen ocho grupos políticos diferenciados, pero su nueva composición política puede agregar más expresiones. Tradicionalmente, la fuerza mayoritaria fue el “Partido Europeo del Pueblo” con 217 bancas de demócratas cristianos y liberales, seguido por la “Alianza Progresiva de Socialistas y Demócratas” con 186 bancas, todos ellos en favor de la unidad europea. Esas agrupaciones siguen teniendo gran peso, pero perdieron más de 80 bancas en la votación que se acaba de realizar.

 

Antes de estas últimas elecciones, no se descartaba que una tercera parte de las bancas pudiera ser obtenida por los partidos populistas que reniegan de las élites liberales y cosmopolitas, como los ya mencionados en los casos de Italia, Hungría y Francia. Obviamente, eso no sucedió. Ante semejante escenario, habían previsto crear la “Alianza Europea de Pueblos y Naciones” con la finalidad de actuar en forma cohesionada, lo que podría dar un sesgo paralizante en los grupos de trabajo parlamentarios como el de presupuesto y el referido a la aprobación de los acuerdos comerciales con otros países, como el birregional que desde hace más de dos décadas negocian el Mercosur y la UE.

 

El Euro Parlamento es la única institución de la UE directamente elegida por sus ciudadanos y constituye un medio de balancear el equilibrio de poder respecto de las facultades que competen a la Comisión de la UE, el órgano encargado de decidir y ejecutar las políticas regionales. Entre sus funciones se cuentan la de elegir al presidente y nombrar a los integrantes de la Comisión; aprobar las leyes y el presupuesto de la UE; definir la agenda política y social de la Organización que es muy amplia, pues sus objetivos incluyen, por ejemplo, el crecimiento de la economía.

 

Según el Consejo Europeo para las Relaciones Exteriores (European Council on Foreign Relations o ECFR), que es una entidad de estudios muy representativa, el desafío más importante para la UE no es el euroescepticismo ni el antieuropeísmo sino el europesimismo. Recientes encuestas indican que dos tercios de los europeos piensan que la integración regional fue positiva para sus países, lo que constituye la cifra más alta desde 1983 y favorecen al concepto de identidad europea. No obstante lo anterior, la mayoría de los consultados piensa que la UE puede colapsar dentro de 10 o 20 años.

 

A pesar de haber sido concebida para asegurar la paz después de dos guerras mundiales mediante la integración de sus Estados, este estudio destaca que el 28% de los votantes creen que es posible un conflicto armado entre algunos de sus miembros, lo que demostraría que el objetivo pacifista ha perdido importancia para generar apoyo a la UE debido, entre otras razones, a que la paz en Europa se ha vuelto normal. Esta opinión es sostenida, sobre todo, por los partidos populistas que descreen de las instituciones liberales y sostienen una lógica de combate, competencia y conflicto al sembrar dudas y divisiones en la sociedad europea; predican sin complejos el nacionalismo, la religión y las tradiciones, al amparo de los desequilibrios y fracasos de carácter económico o político, o por la amenazas que perciben ante la existencia de las nuevas corrientes migratorias. En lo esencial, los ciudadanos del Viejo Continente quieren estar libres de influencias externas y restringir la competencia de las instituciones comunitarias de Bruselas. El ECFR también subraya que el mayor conflicto no se plantea entre quienes están a favor de Europa y los nacionalistas, sino en como perciben sus habitantes al actual sistema democrático. El otro enfrentamiento se genera por la prevalencia de emociones, más quede actitudes o ideologías, entre quienes cuestionan el orden europeo y se apoyan en las experiencias negativas compartidas. Se trata de grupos que buscan movilizar a los votantes mediante la retórica y la pasión, sin apelar al debate o a la evaluación de alternativas.

 

Una consulta realizada en catorce países miembros sobre cuáles serían las mayores pérdidas que resultaría de un eventual colapso de la UE, estableció que éstas serían: la posibilidad de comerciar libremente en Europa en un mercado único (38%); viajar libremente en la UE (37%); trabajar y vivir libremente en otro país de la región (35%); la falta de una posición común en seguridad y defensa (28%); tener un bloque común y ser un actor global frente a Estados Unidos y China (25%); el Euro como moneda común -17 países miembros- (20%) y la protección de los derechos humanos (20%).

 

Una de las consecuencias importantes de esta elección es el futuro de la gestión del presidente francés, que ante la decreciente influencia de Angela Merkel, condicionada por el surgimiento del partido “Alternativa para Alemania”, asumió el papel de líder del libremercado, de la globalización y de una mayor integración regional. Alertó repetidamente acerca de una forma de “guerra civil europea” que pueda amenazar a sus valores esenciales, debido al avance del populismo autoritario y de un nacionalismo egoísta. A su juicio la democracia liberal y la construcción de una nueva soberanía europea, son las mejores alternativas para proveer protección a sus ciudadanos y responder al desorden global. Sin embargo, su relato progresista enfrentó problemas muy serios, como lo demuestra el embate de los “chalecos amarillos” y la derrota electoral que acaba de infligirle Marine Le Pen.

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