Llueve, al estanque para no mojarse

17 de mayo, 2019

estanque economía

Por Carlos Leyba

 

El cuerpo llegó con extrema baja presión sanguínea y con daños cerebrales; piernas hinchadas – sangrando – manos paralizadas, extremidades en estado dificilmente recuperable.

 

No había sido un accidente. Cuando decidió bajar la presión, medicándose dosis gigantes de amlodipina, no imaginó lo que produce la extrema, súbita y artificial baja de presión; la descompensación general y mucho menos las derivaciones no deseadas de la droga, como lo son la hinchazón de manos, pies, piernas, tobillos, el dolor de cabeza, los mareos y la somnolencia.

 

Con esas señales de enfermedad, irritado, enojado, consigo mismo y con el laboratorio, comenzó a los golpes para bajar la hinchazón, huesos rotos, sangre, cabezazos contra la pared a la búsqueda de la calma del dolor.

 

El personal a cargo trató, en la sala de guardia, de calmar a los interesados con una frase de antología: “Lo peor ya pasó”.

 

Era verdad “había pasado lo peor”. Nada peor para un paciente hipertenso.

 

Pero ¿qué quería decir “lo peor ya pasó”? Por ejemplo, ¿que nada peor podría pasar porque, lo que seguía, era la muerte que nos libera? ¿O que, de lo que podían pasar, esto, era la peor? ¿O que algo mejor nos depara el futuro inmediato? La primera posibilidad hace de la frase un consuelo trágico. La segunda una calificación, en mi perspectiva, correcta. Lo que está pasando es lo peor que pudo haber pasado… hasta ahora. La tercera induce a pensar que “lo bueno viene sólo”; porque todo lo malo lo hemos hecho nosotros. Y si viene, viene solo, nada estamos haciendo para que venga.

 

La frase inexplicable “lo peor ya pasó” surgió del representante del FMI, Roberto Caldarelli, que –seguramente–ignoraba que “lo peor” ya había pasado hace muchos meses si nos atenemos a las afirmaciones que pronunciara el Presidente.

 

Es poco probable – por más que lo intenten – repetir la secuencia de errores y daños que han cometido. Pero no es imposible.

 

Un indicio preocupante es que si bien es cierto que pueden celebrar que la tasa de inflación de abril es menor que la de marzo, no es menos cierto que si esa baja no es obra de la casualidad – lo que no es improbable – es obra de verdaderos desaguisados.

 

¿Cómo explicar que la inflación del 3,4% mensual conviva con estas tasas de interés, con esta sequía monetaria, con esta caída colosal en el nivel de actividad, mientras se exhiben dólares, cuya “misión estratégica”, es proveer – para que todo aquél que quiera deshacerse de pesos, es decir fugar – los dólares que son producto de deudas que alguna vez deberemos pagar. Bien plantados, aplacamos el apetito de los especuladores a costo deuda.

 

En este contexto de fracaso dice el ministro Dujovne (La Nación,15 de mayo de 2019) “Tenemos que seguir con nuestro programa”. Insólito.

 

La terapia aplicada nos está llevando al colapso. ¿Qué es lo que está bien con cualquier patrón de comparación?

 

Aclara Dujovne los objetivos del “programa”:”ir aumentando la integración al mundo”; “fortaleciendo nuestra posición fiscal” y “una economía menos volátil”, sugiere, como la que tenemos.

 

La integración al mundo consiste, hasta ahora, en un programa de primarización de las exportaciones (es decir que la cuota de trabajo argentino por dólar exportado es mínima). Exportaciones que son menores que las de hace ocho años y ni hablar de la baja de las exportaciones por habitante. Es cierto, son los precios de las materias primas que exportamos: la integración al mundo PRO es volátil, hoy la sequía, mañana los chanchos de China, pasado los enojos de Donald Trump. Toda especialización aumenta la volatilidad. La única integración inteligente al mundo es la diversificación. En el ministro, en el PRO, hay demasiada ideología. Fortalecer la posición fiscal, hasta ahora “el fortalecimiento de la posición fiscal” consiste en aumentar los impuestos en el territorio (retenciones generalizadas, eliminación de reemblolsos y reintegros, inflación galopante no descontada de nigún tributo, caza en el zoológico); endeudamiento para financiar el déficit total y reducir el nivel de las inversiones públicas que llevan, es cierto, décadas de no hacerse. Pero no parece criterioso hablar de “fortalecimiento”. La “posición fiscal” se fortalece, sí y sólo si, cuando la presión tributaria es igual o menor que la recibida. Si la presión aumenta no mejora la posición. Podrá bajar el déficit que no es lo mismo.

 

Y la misma cosa cabe para invalidar de manera categórica la frase “mejora de la posición fiscal” cuando se deja de “hacer lo que hay que hacer”, por ejemplo, inversiones públicas, para lograr bajar el gasto. Eso no es “mejorar” eso es “bajar el gasto” por el lado mas fácil y más gravoso a futuro.

 

Ni hablar del financiamiento con deuda externa. Para un país con crónico déficit del balance de pagos resolver los problemas de déficit fiscal con deuda externa es generar una hipoteca dificilmente pagable. Peor: cuando entran los dólares para financiar el gasto en pesos, se emiten pesos que luego se esterilizan a base de suculentas tasas de interés que se convierten, ¡oh tragedia! en más dólares mañana.

 

Realmente ¿una economía menos volátil? ¿Qué está mirando el Gobierno?

 

No mira la tasa de inflación, ni la tasas de interés, ni la del debate cotidiano sobre el tipo de cambio. ¿Acaso por un minuto Dujovne imagina que algún actor considera que estamos en un plano de certidumbre? ¿O más bien en una vida serrucho?

 

La ideología obnubila si no se utiliza para comprender el mundo. Si se usa como una predicación.

 

La conclusión de Dujovne, en esa entusiasta nota de La Nación, es “profundizar lo que venimos haciendo hasta ahora”. Ahora bien, los resultados están a la vista. Dicen que Albert Einstein, con toda lógica, señaló que “si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Cuesta creer que Sandleris o Dujovne, quieran repetir estos resultados. Entonces si no quieren repetir ¿por qué están empecinados en hacer lo mismo?

 

Es un misterio. Busquemos en la literatura una metáfora, un relato, que nos ayude a comprender este empecinamiento terapeútico.

 

George Sand, acumuló sabiduría que trasladó a sus obras para jóvenes, una de ellas es “La historia del veraz Gribouille” que, para “no mojarse con la lluvia, se tiró en el estanque”. Fin de la metáfora: la gente del PRO, en economía, para no mojarse con la lluvia del déficit fiscal y de la inflación, se han tirado de cabeza (¿sin saber nadar?) a un estanque traicionero como es el del ajuste por la tasa de interés sin límite, la sequía monetaria sin límite y la dependencia de los dólares prestados sin límite.

 

Se ha corrido la suerte que la comentada relación privilegiada de Mauricio Macri con el presidente Trump, habilitará para un crédito directo del Tesoro de los Estados Unidos de unos miles de millones de dólares para disuadir del riesgo de default. Sería bueno para calmar los mercados, bajaría el riesgo país, el tipo de cambio y tal vez la tasa de interés interna. Puede ser. Bueno para ganar elecciones si ellas dependen de la certeza cambiaria … transitoria.

 

Pero, convengamos, Argentina, su economía, sus conflictos, seguirán siendo los mismos aunque con más deuda en dólares.

 

Macri y Cristina son, en ese sentido, almas gemelas y uno no sabe por qué no se quieren. Cristina también cuando estaba en el arco y los goles entraban en estampida, realizó una jugada hipotecaria a fondo: cerró el swap con China que le permitió anotar unos miles de millones de dólares que, si los convertía y los usaba, devengaban el 7% anual. Eso fue lo menor. Lo mayor “las condicionalidades” a las que se obligó, envuelta en el discurso nacional y popular, fue importar “durmientes” y convalidar las normas británicas, aunque sean las del ocupante por la fuerza del territorio nacional de las islas Malvinas.

 

Las condicionalidades del FMI las conocemos (y las cumplimos). Las que no conocemos, y puede que no existan, serían las condiciones del meneado crédito del amigo Trump, que puede que sea sólo “cantar truco” sin nada. Es un juego donde si te creen ganás.

 

La verdad sea dicha todas las elecciones son eso, aquí, cantar truco sin nada. Si te creen, ganás. Así estamos.

 

¿Cómo estamos?

 

La primera condición de una buena gestión es la adecuada lectura del escenario donde se realizará la tarea para la que los presidentes se postulan.

 

¿Usted ha escuchado sesudos debates sobre el escenario de la realidad nacional en materia del aparato productivo, de la cuestión social, de los problemas del aparato del Estado, de las condiciones de los factores de poder; y fuera de casa, los vecinos, las perspectivas de la situación internacional?

 

¿Cómo se puede diseñar una estrategia sin tener claro el escenario en el que se va a desarrollar?

 

El segundo término es la “concepción”. Puede haber diferencias en los objetivos y son más de las que suponemos.

 

Pero donde hay océanos de diferencias es en las concepciones. El PRO es – desprolija, precaria – una concepción cuasi religiosa del mercado. Y dejo a un lado a los libertarios porque no tienen ni para la Sube en materia electoral.

 

Pero del otro lado, el lado no PRO que incluye a los opositores (no todos) y a los radicales socios de Cambiemos, las “concepciones” son tan desprolijas y precarias como las del PRO, aunque claramente no comulgan con la concepción religiosa del mercado.

 

Pero hasta ahora ninguno ha mostrado una arquitectura que insinué la posibilidad de apuntalar este cuerpo vencido.

 

Nos queda la izquierda. Pero, de verdad, con todo respeto sólo se agota en la protesta.

 

Así estamos. El cuerpo sobremedicado y al borde del colapso.

 

Y quienes pueden ejercer el poder clìnico y quirurgico, sin diagnóstico y sin plan de operaciones.

 

Necesitamos eso. Porque “el plan es ética en acción” (Paul Ricoer). Y sin plan no hay ética.

 

La corrupción no es solamente la infame construcción de fortunas súbitas sino también la destrucción de vidas y futuros, hecha por los que ambicionan manejar el Estado sin haber hecho el curso de manejo. Así nos va.

 

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