Las proyecciones del FMI y el debate de política económica

6 de mayo, 2019

FMI crecimiento global economía

Por Ricardo Carciofi Investigador del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de Buenos Aires (IIEP) de la UBA

 

Con el ajetreo de la volatilidad cambiaria, los datos de inflación y las opiniones sobre cómo gestionar la complicada coyuntura económica, el análisis de posibles escenarios de mediano plazo parece un ejercicio de escasa utilidad práctica. El propósito de esta nota es argumentar en sentido contrario de esa noción.

 

Precisamente, las dificultades económicas actuales aconsejan una mirada analítica sobre las perspectivas de crecimiento de la economía Argentina más allá del 10 de diciembre de 2019.

 

Por razones que serán evidentes al final del texto, tomaremos como punto de partida la proyección que realiza el FMI en su reciente informe de fines del pasado mes de marzo.

 

En primer lugar, veamos los datos principales en el cuadro resumen.

 

Es interesante una lectura e interpretación de la proyección. En primer término, debe observarse el pronóstico de crecimiento: hacia el final de la serie alcanzaríamos niveles de 3,6% anual, comenzando por 2,2% en 2020. De obtenerse ese resultado, Argentina estaría creciendo el próximo año a un ritmo inferior al promedio mundial que estima el propio FMI (3,6%), pero significativamente por debajo de la expansión de las economías emergentes (4,9%)[1]. También cabe mirar el otro lado de la moneda: la trayectoria de los próximos cinco años, luce atractiva cuando se la compara con el estancamiento del período previo.

 

En segundo término debe repararse que el consumo privado crece con ritmo superior al nivel de actividad proyectado. Aquí también la noticia positiva es que dicha magnitud sería apreciablemente mayor al quinquenio pasado (1,1%). El requisito para asegurar estos resultados que prevé el FMI es que las cuentas públicas del Gobierno Federal alcancen un superávit primario de 1% del PIB, en los años venideros.

 

En tercer lugar, cabe notar que la cuenta corriente resulta negativa todos los años. Lo que equivale a suponer que Argentina debe acceder al financiamiento externo y a la inversión extranjera en la magnitud estimada para cubrir las necesidades de sus cuentas en dólares. De manera complementaria, debe tomarse nota que dicho resultado del déficit corriente externo es una síntesis del resultado comercial, dentro del cual se destaca la evolución prevista de las cantidades exportadas, y de los servicios financieros. Con independencia de cuales hayan sido los supuestos considerados por detrás de los números (los cuales desconocemos), el pronóstico comporta un importante desafío: las exportaciones deben alcanzar una tasa de crecimiento no sólo superior al promedio mundial de los años recientes, sino que también deberían ubicarse en una dinámica que ha estado ausente en la economía argentina desde 2011[2].

 

El panorama que describen los datos de la proyección del FMI puede resumirse desde el ángulo de la política económica de la siguiente manera. Argentina lograría ubicarse en un sendero de expansión razonable de crecimiento y consumo, toda vez que mantenga encuadrada la política fiscal (superávit primario) y un grado tal de solvencia externa que no exceda el desequilibrio proyectado de la cuenta corriente. Todo ello bajo el supuesto que las exportaciones reaccionan de manera dinámica y que no hay mayores dificultades para el acceso a los mercados externos[3]. Precisamente, el ejercicio asume que el balance comercial resulta positivo en el orden de U$S 10.000 millones por año.

 

 

Corolarios e interrogantes

 

Un corolario importante que se desprende del escenario trazado es la necesidad de regresar al financiamiento de los mercados. Por ello se implica una definición clave: el manejo de la demanda agregada –a través de los instrumentos monetarios y fiscales– debe ser tal de asegurar dicho resultado y, según se afirmó arriba, que se obtenga la respuesta esperada de las exportaciones. La generación de superávit comercial es un ingrediente necesario de solvencia y liquidez externa.

 

La otra implicancia relacionada con la anterior remite a una pregunta. ¿Qué ocurriría en caso de un déficit mayor de cuenta corriente? El camino más inmediato es que Argentina debería obtener el financiamiento adicional y esto dependerá de la demanda de los mercados por papeles que emita el país. Resulta difícil hacer un pronóstico a esta altura, cuando el riesgo país cotiza en la franja de 800 puntos. Si eso no es viable, la alternativa es lograr un mayor saldo de la cuenta comercial, sea mediante aumento de las exportaciones, lo cual parece improbable por las razones comentadas arriba, o bien una menor expansión de las importaciones mediante una contracción del gasto.

 

El tercer aspecto remite al cierre de este año. La proyección fiscal de 2019 supone alcanzar la meta de equilibrio primario que, según el propio informe, registra desvíos alcistas que necesitan medidas de corrección.[4] Más aún, se proyecta pasar a un superávit primario de 1% en 2020. Este mayor ahorro fiscal no sería obstáculo, según el FMI, para que la economía se ubique en un sendero de crecimiento. El expediente al cual se apela es la expansión del consumo privado (6,6%). Este suministraría en 2020 el necesario impulso de demanda.

 

Finalmente, parece claro que todas estas proyecciones de magnitudes reales están sujetas al proceso de estabilización en curso, cuyas metas aún no se han alcanzado. Hasta el momento, el FMI con acuerdo del Gobierno ha insistido en la astringencia monetaria con flotación cambiaria. De manera algo peculiar en el comunicado del 5 de abril pasado, la directora gerenta aludió a la “inercia inflacionaria”, aunque en el análisis que se desarrolla en el documento no se discute esta cuestión. Adicionalmente, en estos últimos días y frente a la volatilidad reinante y la retracción de la demanda de dinero se ha acordado un esquema de flotación sucia. La regla cambiaria ha sido así un objeto en modificación continua desde que se aprobó el acuerdo stand-by el 20 de junio del año pasado.

 

En síntesis, habrá que observar cuál será el posible desvío en la meta fiscal y la evolución de la inflación para examinar luego en qué medida la economía se puede ubicar en el sendero de las proyecciones reseñadas en el cuadro.

 

Certezas y varias incógnitas

 

A esta altura el lector se habrá persuadido que las proyecciones que hemos comentado sirven sólo como auxilio para mapear el terreno y ayudar al análisis. Sería erróneo interpretar los números del ejercicio como un pronóstico al que se le puede adosar una probabilidad de cumplimiento.

 

Sin embargo, hay dos aspectos que afloran al primer plano cuando se observa el escenario de mediano plazo. El primero es que hay un estrecho desfiladero para ubicar a la economía en el sendero de crecimiento, dentro del cual es factible amalgamar cierta expansión del consumo con el necesario marco fiscal. El segundo se refiere a la persistencia del déficit de cuenta corriente pese a la hipótesis relativamente optimista por el lado de las exportaciones.

 

Lo anterior implica afirmar que tanto la solvencia externa como fiscal son dos cuestiones de importancia clave. Sobre ambas cuestiones hay lecciones útiles de la experiencia reciente que es necesario tener en cuenta. En materia externa, especialmente en lo que concierne al dinamismo exportador, parece quedar claro que la necesaria asignación de recursos hacia la producción transable no es invariante ante cualquier nivel de tipo de cambio real. En otros términos, la necesaria estabilización que aún es tarea pendiente, no puede poner en riesgo la competitividad cambiaria. La aplicación vernácula del inflation targeting nos ha costado un duro aprendizaje en esa materia. Una interpretación análoga puede hacerse en el frente fiscal: uno, la corrección de las cuentas públicas es algo más aliviada en un contexto de crecimiento; dos, parece conveniente que la reducción de la presión tributaria sea complemento de un programa firme de reducción del gasto antes que la creencia en la versión criolla del “efecto Laffer”.

 

Finalmente, sin apelar a mucha imaginación cabe identificar una tercera certeza: el FMI será un actor presente y activo en el futuro. Sea este Gobierno o el que lo suceda, corresponderá negociar con el organismo para finalizar la ejecución del standby en curso y obtener los desembolsos programados con posterioridad al 10 diciembre (U$S 6.800 millones). Y habrá que renegociar también un acuerdo futuro. Las amortizaciones venideras del actual préstamo deberán ser atendidas con un nuevo crédito, probablemente bajo el formato de un Extended Fund Facilities (EFF). Esta es la vía financieramente más atractiva y es deseable que sea también la más conveniente en términos económicos. La característica central del EFF es la fijación de condicionalidades de desembolsos atadas al cumplimiento de reformas estructurales. Nuevamente se trata aquí de evitar el conocido mito que la adopción de reformas dispara por sí la inversión privada. No sólo hay pocas evidencias para tal afirmación –la “lluvia de inversiones” nos lo recuerda–, sino que el contexto internacional regional y global habrá de condicionar también las respuestas de la inversión extranjera directa en particular.

 

A modo de conclusión

 

A propósito del debate en ciernes sobre qué hacer con la economía en 2020 parece útil poner el foco de atención sobre los temas que se han analizado aquí. En el plano nacional sería conveniente conocer cual es el diagnóstico que tienen las distintas fuerzas políticas, incluido el oficialismo, respecto de como se deben encarar los desafíos que están sobre la mesa, especialmente en materia fiscal y externa. Cuanto más precisas sean las definiciones sobre estos temas, menor será la incertidumbre reinante.

 

Una extensión obvia de lo anterior es establecer los principales puntos para la negociación con el FMI. Al respecto, lo ocurrido en estos meses deja en claro algunos puntos que será necesario sumar a la conversación futura con el organismo. La lista de mínima es: el tipo de cambio real es una señal clave para la expansión de las actividades transables, el crecimiento ayuda a la corrección fiscal, el control y la reforma del gasto es anterior a la reducción de impuestos, la respuesta de la inversión a las reformas también dependen del contexto en el cual se realizan y, finalmente, dar cuenta del componente inercial de la inflación en el diseño de la política de estabilización.

 

 

[1] Léase IMF: World Economic Outlook de abril de 2019

[2] En un trabajo anterior también hemos señalado el sesgo alcista en la proyección de exportaciones realizada por el FMI, véase, Las proyecciones del FMI: crecimiento y cuentas externas. Alquimias Económicas, Enero 2019

[3] Cabe señalar que la actual proyección de exportaciones de 9,1 % para 2019 implica una corrección a la baja del cálculo anterior. En la II Revisión del programa realizada en Diciembre 2018, el FMI estimó un crecimiento de 12,1 % de las exportaciones

[4] Véase IMF: Argentina: Third Review Under the Stand-By Arrangement. Staff Report de abril de 2019

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