La novedad para el peronismo llega desde el interior

17 de mayo, 2019

Por Javier Cachés Politólogo

 

Mientras se desarrolla el ciclo electoral, se puede estar asistiendo a un fenómeno discreto pero trascendente: la llegada de dirigentes peronistas a municipios grandes de la zona núcleo del país. El justicialismo ya se impuso en la capital de Córdoba, un bastión radical; tiene muchas chances de vencer en Paraná, un distrito bipartidista y aspira a dar el batacazo en Rosario, territorio dominado desde hace treinta años por el socialismo.

 

El arribo de esta oleada de peronistas a una serie de municipios estratégicos tendría por lo menos tres importantes consecuencias para el partido. Primero, le permitiría disponer de una nueva fuente de renovación de sus liderazgos. Segundo, lo habilitaría a contar con una red de ciudades desde las cuales mostrar eficiencia en la gestión. Y por último, le serviría para reacondicionar su repertorio discursivo.

 

Desde el retorno democrático, las gobernaciones operaron como un trampolín para la construcción de liderazgos nacionales dentro del peronismo. Tanto Carlos Menem como Néstor Kirchner se desempeñaron como mandatarios provinciales antes de acceder a la Presidencia de la Nación. En los últimos cuatro años, sin embargo, la liga de gobernadores del Partido Justicialista fracasó en la pretensión de consolidar un candidato presidenciable.

 

La emergencia de una nueva camada de dirigentes al frente de las ciudades más importantes del “centro productivo” del país representaría para el peronismo la posibilidad de contar con una cantera paralela de construcción de líderes. La conducción de ciudades con visibilidad nacional como Córdoba o Rosario puede ser un vehículo para una trayectoria política mayor. No para saltar desde allí a la Casa Rosada –la experiencia demuestra que no se llega a la presidencia desde los municipios– pero sí para procesar mejor la necesaria renovación generacional de la dirigencia posgrieta. Al final de cuentas, la acumulación de poder en Argentina se hace desde las administraciones ejecutivas. Si esos distritos son además ricos, las perspectivas son mucho más auspiciosas.

 

A diferencia de los alcaldes del conurbano bonaerense, los intendentes de las principales ciudades del eje sojero del país administran recursos y no escasez. Tienen autonomía relativa y pueden pensar en algo más que en apagar incendios cotidianos. En otras palabras: pueden mostrar gestión. Gobernar con cuentas equilibradas, brindar servicios públicos de calidad y exhibir logros inmediatos. Para el peronismo, acostumbrado a gobernar los municipios más rezagados de la primera y la tercera sección electoral de Buenos Aires, este escenario configuraría todo una novedad. Y le permitiría, además, hacerle un contrapeso a esa gran vidriera PRO que es la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

 

La tercera implicancia es de orden discursiva. La mitología peronista se alimenta sobre todo de conceptos e imágenes del orden nacional: un Estado fuerte, la defensa de los trabajadores y la justicia social como bandera característica. Si llega a gobernar este tipo de distritos urbanos, el peronismo podría desarrollar una agenda de propuestas más concretas, de proximidad, que no reemplace su programa clásico, sino que lo complemente. Un relato pensado para ciudades grandes, del que el peronismo hoy carece, le ofrecería al movimiento un recurso nuevo desde el cual aceitar su permanente capacidad de adaptación y supervivencia a los cambios de época.

 

Como era de esperar, en este año electoral, la competencia por la presidencia concentra la atención de la opinión pública y los actores políticos. En paralelo a esta carrera, sin embargo, el peronismo puede estar protagonizando una transformación del orden local y territorial con fuertes implicaciones a nivel nacional.

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