Geografía de la grieta

24 de mayo, 2019

macri cristina campaña política

Por Carlos Leyba 

 

La palabra grieta supone dos partes y sólo dos. Es una abertura larga y estrecha entre dos partes que tienen identidad. La grieta no (es lo que no es). Un tercero en escena es una isla entre dos continentes.

 

La grieta es una hendidura. Conceptualmente es aquello que impide la solución de un conflicto. Una grieta “cruje”.

 

Estamos sometidos al “escenario geográfico de la grieta”. Que son muchas.

 

La social proyecta una sombra espantosa sobre el futuro. Es la grieta entre el continente de los que no son pobres y el de los que definitivamente lo son.

 

En uno de ellos se desarrolla una vida en que es posible aproximarse a la vida media de las personas que habitan el primer mundo. El territorio de la “buena vida”. No es igual para todos los que lo habitan.

 

Están ahí los que piensan como ciudadanos globales con consumos y vida cotidiana en los que predomina el hábito del primer mundo. Y también están allí los que aspiran o merodean ese mundo y perciben que no están lejos. También están los que cada tanto participan y que cuando les toque estarán preparados para hacerlo.

 

Grieta por medio en el otro territorio se desarrolla una difícil supervivencia.

 

Son, aquí y ahora, millones de argentinos para los que entre su territorio de vida y el de la “buena vida”, hay una grieta suficientemente extensa, ancha y profunda, que cruzarla – a la búsqueda de la “buena vida” que transcurre del otro lado- es literalmente imposible.

 

No hay manera de cruzar el territorio por los propios medios.

 

La grieta social es un verdadero abismo a futuro.

 

El territorio de la “buena vida” tiende a concentrarse (modelo económico de distribución regresiva del ingreso) y el de la “vida en pena” tiende a superpoblarse.

 

Como se sabe el hacinamiento es la madre de la violencia. Allí están los más de 13 millones de personas bajo la línea de pobreza, el 50% de todos los menores de 14 años, y una fecundidad que denota una demografía muy distinta a la de hace 40 años atrás.

 

¿Estamos condenados a la grieta social? La grieta social no ha crujido. ¿Podrá hacerlo?

 

La otra grieta, que nos asegura un futuro difícil, es la económica.

 

Nuestro sector agropecuario tiene una productividad insuperable. No es sólo producto de una naturaleza privilegiada. A ese don heredado de la Providencia, se le suma un know how acumulado desde las generaciones nacidas con el amanecer de la Patria.

 

La líneas de arado de la estancia “Los cerrillos”, el manual agropecuario ISO 9000 de Juan Manuel de Rosas y los textos de manejo agropecuario de José Hernández, el poeta criollo, fueron mojones que atestiguan el nivel y la pasión por el trabajo agrario, que permiten afirmar, sin ninguna duda, que las bases sólidas de la Argentina moderna y progresista la construyeron las generaciones de criollos que generosamente recibieron a los hombres y mujeres de otras patrias que quisieron habitar nuestro suelo: trabajo y generosidad, virtudes criollas, detrás de esta inmensa productividad agropecuaria.

 

Dones y virtudes innegables construyeron un territorio económico de inmensa productividad. Un territorio a todas luces insuficiente para contener y brindar las mejores condiciones de vida a 42 millones de argentinos.

 

La necesidad de albergar a una población creciente, la vocación para brindar a todos una vida decente, llevó a construir un territorio de la industria que fuera capaz de completar lo que el trabajo rural brindaba. Tempranamente y cuando ya hacían sus armas las industrias en el país, Carlos Pellegrini, el único piloto de tormentas, anunció un trabajo imprescindible: “Sin industria no hay Nación”.

 

Sin construir ese territorio de la industria, para albergar a todos los que forman la Nación, la Nación no se forma.

 

Nuestra realidad es que mientras, en lo económico, el territorio de lo agrario goza de una extraordinaria productividad que ha crecido sin pausa, el territorio de la industria, imprescindible y complementario para hacer de lo nuestro una Nación, es una construcción, tan necesaria y posible, como incompleta.

 

Y de esa incompletitud de este territorio y la productividad del otro territorio agrario, surge una grieta descomunal que “cruje” al compás de la crisis del sector externo.

 

Un territorio de alta productividad y otro de una productividad estancada como consecuencia de las decisiones equivocadas de la política económica de los últimos cuarenta y cuatro años.

 

Así como la grieta social separa artificialmente la unidad de la Nación en dos territorios. En uno se brindan las condiciones de la “buena vida” y en el otro se agiganta las condiciones del malestar. La grieta económica, la productividad del continente rural y el atraso de productividad del continente industrial, nos perturba la visión del futuro.

 

Unir los territorios a los que separa la grieta social es una prioridad colectiva e inmediata. No es fácil.

 

Pero el primer paso hacia la solución es el puente, el encuentro, o como queramos llamarlo, que repare las distancias.

 

Sin el puente es imposible pensar la Nación como proyecto de vida en común. Sin proyecto de vida en común no hay destino para las futuras generaciones.

 

De la misma manera unir los territorios de la economía, las colosales distancias de productividad entre el territorio agropecuario en su conjunto y el territorio industrial en promedio, es el principal desafío del presente: toda la estrategia económica de largo plazo debe estar centrada en lograr una transformación cualitativa del territorio económico de la industria.

 

El puente, lo que una el nivel de productividad de ambos territorios para hacerlos uno, requiere de una estrategia de desarrollo que no admite dilaciones.

 

De la misma manera que la pasividad frente a la grieta social hace que se convierta en abismo irreparable; la grieta de ambos territorios productivos exige una política (la política es finalmente asignación de recursos) que transforme y viabilice el desarrollo conjunto de ambos.

 

Las estadísticas se han convertido en boca de Mauricio Macri en petardos estúpidamente falsos para disculpar, con la mentira del pasado, sus lamentables fracasos. Observaremos la fecha de origen de la actual decadencia nacional.

 

Mentir sobre el origen de la grieta social es un flaco favor para el ánimo de resolverla. En 1974 los pobres eran el 4% de la población, 800 mil personas. Hoy son el 32% de la población, 13, 4 millones de personas. La población se duplicó y las personas bajo la pobreza se multiplicaron por 16,8 veces. Ocurrió en los últimos cuarenta y cuatro años.

 

En la década de los ´70 del Siglo XX el Gasto Publico era aproximadamente 20% del PIB. Hoy representa el doble. La industria generaba 23% del PIB y hoy orilla 17%.

 

Martín Lagos y Juan Llach señalan que entre 1870 y 2008 hubo siete “etapas del desarrollo respecto del mundo avanzado”. La etapa de mayor crecimiento fue la de 1963/1975 (3,32% anual del PIB per cápita), superior a la de los países avanzados y lejos de la de 1870/1910 (2,72% anual) 1.

 

“A principios del Siglo XX, el PIB per cápita de un argentino osciló entre el 70% y el 80% del de un australiano, una relación que se mantuvo relativamente estable hasta mediados de los años ‘70” (y) “si durante 1975-1990 Argentina hubiera mantenido la tendencia de crecimiento que llevaba desde 1930 hasta 1974 (un promedio de 1,7% anual), nuestro ingreso por persona sería, no el 43% del australiano que hoy tenemos, sino el 73%, un valor idéntico al que tuvimos a principios del Siglo XX”, dijo Federico Sturzenegger en “Yo no me quiero ir” (Planeta).

 

¿Podemos seguir tolerando que un Presidente desconozca lo más elemental? Según Penn World Tables (2019), como todas las series largas disponibles, en el período 19501974 el PIB por habitante creció a 3,09% anual acumulativo y en 1975-2014, 0,97%.

 

Estas ifras señalan cuando se abrió y empezó a crujir la grieta social y económica. La fecha coincide con el surgimiento dominante del pensamiento de Mauricio Macri que, como el personaje de Moliére, “habla en prosa sin saberlo.

 

Con esa deformación estadística, sobre ambas grietas, Macri milita y hoy conduce un territorio de la grieta política en la que habita aproximadamente 30% de la población.

 

El otro territorio de la grieta política lo conforma el 30% que habita el territorio kirchnerista que tampoco entiende que durante doce años, desde su inicio, al desperdiciar la oportunidad única del viento de cola, nada hizo para transformar la economía nacional: aumentó el peso de un Estado fallido en educación, salud, seguridad, infraestructura, no logró, ni intentó, atacar el origen de la pobreza, continuó vaciando la estructura industrial e incrementó el monocultivo exportador: es decir contribuyó a la grieta económica y a la grieta social.

 

Macri y el kirchnerismo representan sin duda la grieta política, inmensa, profunda. Pero en ninguno de esos territorios políticos se diseña, se madura, una estrategia política para lograr cerrar las grietas social y política.

 

La disputa está instalada en aumentar la grieta política: todos los días el PRO y el kirchnerismo actuan en espejo para mantenerla.

 

La desgracia mayor de estos días es que en ambos territorios políticos, que comandan Mauricio y Cristina, no ha surgido nada que se proponga realmente superarlas.

 

La única manera de unir los territorios políticos es un puente para que en cada territorio ocurran espacios de encuentro.

 

No hay consenso nacional en un tercer territorio del 40%. Es decir,es una isla y no un puente que procure conformar una mayoría en la que queden aislados los extremos, de cada territorio, a cada lado de la grieta.

 

Sin esa fuerza, sin ese vigor, no hay manera de superar las grietas que ocluyen el futuro que son la social y la económica.

 

Mientras la política ramplona discute protagonismos, el ejercito de pobres aumenta y las industrias se cierran. No se trata de construir una tercera grieta sino un puente entres las que ya existen. Parece obvio.

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