“El fracaso del presente le resta credibilidad al Gobierno en sus propuestas”

26 de abril, 2019

Eduardo Levy Yeyati

Entrevista a Eduardo Levy Yeyati Decano de la Escuela de Gobierno de la UTDT Por Néstor Leone

 

“Más allá de si sirve o no en las urnas, la estrategia de polarización es una de las causas de nuestras penurias económicas. La campaña permanente le ha hecho al país un daño irreparable”, sostiene Eduardo Levy Yeyati, ingeniero civil por la Universidad de Buenos Aires y doctor en economía por la Universidad de Pennsylvania.

 

Decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella y fundador de la consultora Elypsis, Levy Yeyati tuvo a su cargo el programa “Argentina 2030”, que depende de la Jefatura de Gabinete de Ministros, un espacio de intelectuales que pretende pensar el país más allá de la coyuntura y que hoy dirige Iván Petrella. “Los problemas económicos del país son antiguos y profundos. La ilusión de que todo era cuestión de derrotar del populismo llevó a cierta displicencia técnica que terminó empeorándolos”, señala en esta entrevista con El Economista.

 

El Gobierno pasó de ganar una elección de medio término y preparase para una reelección posible, a un escenario de incertidumbre creciente, en el que las elecciones parecen lejanas debido a lo impredecible de la crisis. ¿Estaba en la naturaleza del camino elegido por Cambiemos? ¿Qué falló, entonces?

Nada en economía está predeterminado, pero sí creo que la victoria electoral y la crisis se relacionan. El Gobierno pensó en 2015 –y, de nuevo, en 2017; incluso algunos lo piensan para 2019– que una victoria de Cambiemos mejora la economía, porque atribuyó la falta de inversión y crecimiento al populismo –y, más tarde, al riesgo de una reversión al populismo, al que identifica con el peronismo–. Y supuso que la combinación de políticas de oferta (recorte de impuestos, liberación cambiaria y financiera) y un discurso liberal aperturista eran suficientes para despertar los espíritus animales del inversor. Podría decirse que el Gobierno asumió como real un relato estilizado que rindió bien en las urnas. En 2016, para asegurar una victoria sobre el populismo, subordinó la economía a la política, y postergó las reformas previsional y tributaria necesarias para consolidar el déficit, que se financió con deuda. Y abusó de la apreciación cambiaria para alcanzar unas metas de inflación incumplibles. En este sentido, la victoria de 2017 fue a expensas de la crisis de 2018.

 

Aun si se recupera el acceso a los mercados, la deuda será una carga que inhibirá la inversión y el crecimiento.

 

Con el cambio de rumbo promovido a partir de 2015, no llegaron las inversiones prometidas por Cambiemos. Y se complicó también el frente financiero, cuando debía darse por hecho de que el elenco gubernamental hablaba un mismo lenguaje con esos actores. ¿Hubo error de diagnóstico?

Las inversiones no son una cuestión de lenguaje sino de rentabilidad, y en 2016 no había rentabilidad en la Argentina más allá del campo, y de algunos sectores subsidiados o protegidos. Además, el mensaje al inversor no fue claro: por ejemplo, se habló de apertura y exportaciones mientras se apreciaba el tipo de cambio para bajar artificialmente la inflación. Y la promesa de una reducción de la carga tributaria chocaba con la postergación de las reformas y la lentitud para reducir el déficit fiscal. Pero no hay que perder de vista que los problemas económicos del país (la falta de dólares por la insuficiencia de las exportaciones, la falta de moneda por décadas de política erráticas y abuso del ancla cambiaria) son antiguos y profundos. La ilusión de que todo era cuestión de derrotar del “populismo” llevó a cierta displicencia técnica que terminó empeorándolos.

 

¿Cómo hará campaña Cambiemos en este contexto, sin indicadores económicos y sociales para mostrar, pero también con una idea de futuro posible que parece averiada?

Esa es una pregunta para los estrategas de campaña de Cambiemos. Por ahora viene repitiendo el libreto de 2015 y 2017, asociando las penurias a la herencia en el primer caso o a la posibilidad de retorno al pasado en el segundo. En este contexto, ese guión suena obsoleto y desconectado de la realidad. Dicho esto, el oficialismo nunca terminó de definir una visión, un discurso sobre el futuro más allá del aspiracional que apuntaba a un cambio indefinido, planteado desde lo individual, o a conceptos ambiguos como las reglas de juego o la modernidad. Naturalmente, el fracaso del presente le resta credibilidad a cualquier discurso prospectivo.

 

El Gobierno juega con el temor, supuesto o real, al regreso de Cristina por parte de los “mercados”, pero también de segmentos de ciudadanos. ¿Cuánto puede contribuir a sumar votos, más allá de su núcleo duro, y cuánto de límite tiene la estrategia?

Si lo que dice el Gobierno es cierto y la crisis financiera que hoy lo jaquea en las encuestas es, al menos, en parte un reflejo del “riesgo Cristina”, ¿hasta qué punto la polarización con Cristina, si no promovida al menos tolerada por el Gobierno para potenciar sus chances electorales, termina jugándole en contra? No tengo una respuesta cuantitativa a esa pregunta, porque depende de qué tanto se profundice la crisis. Lo que sí puedo decir es que, más allá de si sirve o no en las urnas, la estrategia de polarización es una de las causas de nuestras penurias económicas. La campaña permanente le ha hecho al país un daño irreparable.

 

El oficialismo nunca terminó de definir una visión sobre el futuro, más allá del aspiracional o a conceptos ambiguos.

 

¿Cuáles considera que serán los temas o ejes que definirán la elección, más allá de las estrategias de los distintos espacios y pensando que será el votante indeciso o independiente el que torcerá la balanza hacia uno u otro lado?

El escenario cambia todo el tiempo en función del contexto, así como pueden cambiar los candidatos. Esperaría que, definidos los nombres, los mensajes nos informen de qué harán el día después de la elección para evitar un nuevo 2001, que es el fantasma que nos acompañará al cuarto oscuro. Esperaría, por ejemplo, que se discutiera como instrumentar un acuerdo de precios y salarios para contener la inflación, o que se debatiera cómo debería ser la reforma previsional pautada en la ley de Reparación Histórica aprobada en el Congreso en 2016, o una reforma tributaria que facilitara la formalización de empresas y trabajadores que es condición necesaria para una reducción de impuestos. Pero me temo que esto sea sólo una ilusión racionalista, y que el debate se centre en causas judiciales, estadísticas sesgadas y montajes de archivo.

 

¿Qué dejará Cambiemos como herencia, más allá de que pueda ser reelecto o no? ¿Cuáles piensa que serán los desafíos para la Argentina que viene?

No creo que sea posible narrar la Historia mientras sucede. Pero creo que ya se pueden anticipar algunas cuentas a pagar por un próximo gobierno. La capacidad de volver a los mercados para financiar la transición a una consolidación fiscal fue una herencia positiva (aunque involuntaria) del kirchnerismo que el macrismo consumió rápido; aun si se recupera el acceso a los mercados, la deuda será una carga que opacará el esfuerzo fiscal e inhibirá la inversión y el crecimiento –y el endeudamiento– sólo se reduce con crecimiento.

 

Reduce los márgenes de maniobra…

Por otro lado, la recurrencia de la crisis convalida la visión fatalista, a mi juicio errada, de una Argentina condenada a la medianía y el fracaso, y hace más difícil recrear el entusiasmo y la confianza. ¿Con qué argumentos el próximo gobierno les pedirá a los votantes desencantados, a quienes hoy pagan los costos de las malas decisiones políticas, la paciencia necesaria para salir de este loop? Y ya mencioné la polarización, ese veneno silencioso que consolida este equilibrio no cooperativo que nos hunde hace décadas. Todo esto deberá sumarse a los dos hándicaps económicos ya mencionados: la falta de dólares y la falta de moneda. Por esto, por la complejidad de la herencia, es que vale la pena mirarla de frente y hablarle a la gente con la verdad, para no repetir el error de maquillarla con placebos mágicos y expresiones de deseo, que no son más que otra variante del populismo.

 

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