Lo que se ve y lo que no se ve

18 de marzo, 2019

Bastiat

Por Jorge Bertolino Economista

 
Claude Frédéric  Bastiat (1801-1850) fue un prestigioso economista francés al que se considera uno de los mejores divulgadores de las ideas de la libertad de la historia mundial. Fue parte de la Escuela liberal francesa y como tal, un entusiasta propulsor del libre comercio y del pacifismo.

 

Conocido también como “el Cobden francés”, en alusión a uno de los máximos inspiradores de la Escuela de Manchester que, a su vez, formó parte, desde el ángulo intelectual, de un amplio movimiento social que rechazaba las ideas mercantilistas, militaristas e imperialistas de la época.

 

El librecambismo manchesteriano estuvo fuertemente ligado al pacifismo internacional y se opuso al intervencionismo y la política colonialista del Imperio Británico. Los manchesterianos apoyaban la expansión del comercio mundial pero rechazaban los métodos victorianos, las campañas militares y la anexión de territorios.  En cambio favorecían las relaciones consensuadas y pacíficas entre los pueblos.

 

Según Richard Cobden, el comercio libre sería la base de unas relaciones internacionales pacíficas. Dicho comercio debía basarse en el principio competitivo de que cada mercancía fuera suministrada a los mercados mundiales por los productores más eficientes, especializándose, cada territorio o nación,  en aquellos productos o servicios para los cuales dispusiera de mayores ventajas comparativas.  ​ Cobden consideraba que el libre comercio era un principio al servicio de otro moralmente mayor: la promoción de la paz en la tierra y la amistad y concordia entre los pueblos.

 

Como buen manchesteriano, sostenía que las variables económicas siguen un derrotero marcado por las leyes naturales que guían su comportamiento. Intentar violentar esta respuesta espontánea con medidas de política económica, suele arrojar resultados sólo en el corto plazo, retardando pero no impidiendo su efecto pleno, que inexorablemente sobrevendrá.

 

La falacia de la ventana rota

 

De lo expuesto anteriormente, se deriva la idea de Bastiat que más ha perdurado en la literatura económica. Es la que explicó con la “falacia de la ventana rota”, que consiste en que para determinar si una medida de política económica es buena o mala, han de mirarse sus consecuencias a largo plazo para toda la población, y no sólo las que tienen lugar a corto plazo para una parte de la misma.

 

El arte de la Economía, decía, consiste en considerar los efectos más remotos de cualquier acto o política y no meramente sus consecuencias inmediatas. En calcular las repercusiones de tal política no sobre un grupo, sino sobre todos los sectores.

 

En “el cristal roto” se describe el incorrecto razonamiento de algunos economistas de la época que suponían que la renovación del  mismo incrementaba el bienestar de la sociedad, ya que su compra derivaba en un ingreso para el vidriero. Este último, al gastar este dinero, generaba una nueva demanda que, a su vez, derivaba en mayores jornales para los trabajadores que elaboraban estos nuevos artículos. Estos últimos gastaban estos nuevos ingresos, generando una nueva ola de demanda,  y así sucesivamente, obteniéndose, al final del proceso descripto, un resultado similar al que predice lo que más tarde se conocería como el “multiplicador del gasto público” keynesiano. Todo esto, según Bastiat, es “lo que se ve”.

 

Una derivación interesante sería justificar de aquí la maximización de las erogaciones del Estado, asignando a ellas la dinamización del mercado interno, el empleo y los salarios.

 

El hombre olvidado

 

Según Bastiat, el buen economista analiza también “lo que no se ve”. El hombre olvidado es, en su narrativa, el sastre que no puede suministrar el abrigo que pensaba adquirir el dueño de la ventana rota, con el dinero que tuvo que destinar a la reposición del vidrio destruido. El multiplicador del “no gasto” anula totalmente el efecto descripto en el apartado anterior, mostrando la insolvencia del argumento que pretende justificar el gasto improductivo, amparándose en el supuesto efecto dinamizador de la economía y en la mejora de los ingresos y el bienestar de la población.

 

Los impuestos y el gasto público

 

Uno de los reclamos más insistentes y menos comprendidos, de muchos economistas, que intentamos realizar nuestro análisis desde  el punto de vista de “lo que se ve y de lo que no se ve”, consiste en auspiciar una baja conjunta y de gran cuantía, de la carga impositiva y del estipendio estatal.

 

Los partidarios de “lo que se ve” argumentan que bajar los impuestos beneficiará a los ricos en detrimento de los pobres. Aumentarán las ganancias de las empresas y, como contrapartida, habrá una pérdida de participación en el ingreso nacional del sector asalariado.

 

Bajar el gasto público, por otro lado, implica disminuir la demanda agregada, generando recesión, menor actividad y menores salarios.

 

“Lo que no se ve” es que las mayores ganancias de las empresas incrementarán la oferta agregada, generando demanda de empleo y mayor volumen de salarios. Esto último generará a su vez, una mayor demanda de consumo, realimentándose la rueda virtuosa del crecimiento genuino por mayor rentabilidad en la producción. Basta estudiar la simple curva de oferta que se enseña en los primeros cursos de Economía para entender este sencillo razonamiento. Mentes obtusas, abstenerse. No hay lectura alguna que cambie los prejuicios ideológicos sin fundamento.

 

Otra consecuencia de la mayor rentabilidad que ocasiona la baja de los impuestos, que también se estudia en Microeconomía Uno, es un aumento de la demanda de los consumidores, como consecuencia de una baja en el precio de los bienes y servicios de la economía, ocasionada por la disminución de los costos de producción de los mismos.

 

Resumiendo los dos efectos descriptos: mayor oferta de las empresas y mayor demanda de los consumidores. Como predice la “Ley de Say”: es la oferta la que genera demanda. Algunos “economistas” argentinos pretenden que es la demanda la que genera oferta, poniendo el carro delante de los caballos. Esta absurda pretensión hace casi un siglo nos tiene sometidos a la dura carga del “populismo gastomaniaco inflacionario”.

 

Por último, la menor carga impositiva derivará en un mayor volumen de inversión en máquinas, edificios, rodados y demás elementos utilizados en la producción de bienes y servicios. De esta manera, se incrementa la capacidad productiva de la economía, se necesitan más trabajadores, se pagan más salarios, aumenta el consumo y “la rueda de la fortuna” gira sin parar.

 

La redistribución del ingreso

 

¿Puede detenerse este círculo virtuoso? Si y sólo si surge un nuevo liderazgo político que convenza a la sociedad sobre la necesidad de subir los impuestos y el gasto público para combatir la “injusta desigualdad” que existe en la “distribución del ingreso”.

 

Esto fue lo que sucedió en nuestro país con la importación de ideas del continente europeo, que trajeron consigo la marea de inmigrantes que vinieron a usufructuar los beneficios del modelo librecambista de la generación del ochenta.

 

La incorporación de nuevas opiniones, de miras clasistas y cortoplacistas, de “lo que se ve”, trajo como consecuencia el comienzo de un lento pero constante deslizamiento de la otrora pujante economía argentina, granero del mundo, número uno del mundo en PIB per cápita en 1895 y 1896, hacia “lo que no se ve”: el estancamiento, la falta de inversión, el crecimiento amarrete, el descenso en el ranking mundial de PIB per cápita hasta el puesto 170 aproximadamente, entre otras calamidades que sería interminable enumerar.

 

La manera más sencilla y taquillera de “redistribuir el ingreso” para los populistas criollos es aumentar los impuestos (sacarle a los ricos) y el gasto público (darle a los pobres).

 

La miopía ideológica nubla las mentes y lleva a suponer, con un voluntarismo rayano en la locura, que el aumento de los impuestos, modificará los costos de las empresas, pero estas no lo trasladarán al precio de venta de sus productos. Antes que el dinero llegue a “los pobres” ya lo gastaron por el mayor costo de su canasta de consumo.

 

Uno de los destinos preferidos del aumento de la recaudación impositiva de los políticos argentinos es aumentar la dotación de personal del sector público, tanto a nivel nacional, como provincial y también municipal.

 

Creen ingenuamente que contribuyen a disminuir el desempleo cuando en realidad lo aumentan. ¿Sorprendido por esta aseveración? Bastiat acude presuroso, como el Chapulín Colorado cuando se invoca por su ayuda. Su razonamiento sería el siguiente: cada salario que se paga en el Estado proviene de un salario que dejará de pagar el empresario que destinará ese dinero a erogar la mayor carga impositiva.

 

Pero podemos agregar algo más (no contaban con mi astucia): El salario que se deja de pagar en el sector privado significa una menor producción de bienes útiles para la sociedad, mientras que el nuevo salario que se paga en el sector público solo agrega una presencia inútil al gigantesco e improductivo Leviatán destructor de bienestar y progreso que es el Estado, cuando sus dimensiones superan lo razonable.

 

¿Cuál es el punto que define la razonabilidad? Aquel en el cual ya están satisfechas las demandas de bienes públicos que requiere la vida en sociedad. Y esto debe lograrse con la menor cantidad de recursos humanos posibles. Los que miran solo “lo que se ve” dirán muchas cosas sin sentido, como siempre. Que aumentará el desempleo, que habrá más pobreza y un montón de lindezas más.

 

La verdad es que la multitud de empleos redundantes deben ser eliminados, aunque con cuidado y gradualmente,  para poder generar la oferta de trabajo que necesitamos en el sector productivo.  En lugar de que estén pasando gratamente el tiempo sin hacer nada en el Estado, cercenando recursos valiosísimos a la sociedad, es menester ocupar la mano de obra en generar más y mejores bienes y servicios para poder destinarlos al consumo, la inversión y la exportación.

 

Bajar los impuestos y el gasto público disminuye el tamaño del Estado (lo que se ve) y aumenta el tamaño del sector privado (lo que no se ve). La gran diferencia es que uno produce bienes y servicios útiles para la sociedad y el otro sólo produce frustraciones y desánimo.

 

No todo está perdido: los ciudadanos debemos exigir a los políticos (nuestros empleados) que cumplan con nuestro mandato. Pero este debe ser claro y expreso. No hay más lugar para la tibieza. El mundo se olvidó hace mucho de nosotros y vamos camino a ser uno de los países con más pobres de Sudamérica.

 

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