La fórmula de paz que sólo aporta estallidos bélicos

19 de marzo, 2019

india Pakistán Cachemira

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

Como era previsible, los nuevos enfrentamientos entre India y Paquistán relacionados con la eterna disputa territorial sobre Cachemira, activaron las alarmas de todos los geo-estrategas y especialistas internacionales que siguen de cerca los relevantes problemas de defensa. Se trata de dos países con capacidad nuclear que albergan en su seno diversos y muy sensibles conflictos sociopolíticos. La región que de hecho sigue afectada por la disputa se halla ubicada en el norte del subcontinente indio, ya que resulta obvio que la solución concebida por la diplomacia jamás logró establecer un buen escenario de paz y convivencia.

 

La historia reciente nos dice que en 1947, cuando India dejó de ser colonia tras independizarse de la corona británica, los territorios que tenían mayoría musulmana constituyeron, salvo lo que entonces se conocía como el principado de Cachemira, la nación que hoy se conoce como Paquistán. El tratamiento de excepción aplicado para hacer que Cachemira formase parte de la India tras pedir la protección de Nueva Delhi, se originó en la necesidad de sofocar una ardua rebelión interna.

 

Desde entonces esa asignatura pendiente originó tres guerras entre ambas naciones, las que resultaron influidas por un control territorial que fue determinante en este proceso (conflictos que ocurrieron en 1947,1965 y 1999). El control sirvió para preservar el contorno determinado por el arreglo. En virtud de esos y otros desarrollos, Cachemira quedó dividida entre ambas naciones y su superficie separada por una transitoria línea referencial, que en la actualidad supone una frontera de facto en la que se produjeron numerosos incidentes entre ambos ejércitos. A ello se agregó que, desde los años noventa, el Estado indio de Jammu y Cachemira e inclusive Nueva Delhi y Mumbai sufrieron las acciones terroristas de los militantes del Frente de Liberación Jaish-e-Mohammed (o JEM) y del llamado Lash-kare-Taiba facciones que, según el Gobierno indio, son apoyadas por el Gobierno de Paquistán.

 

Al costado de esos desarrollos, el conflicto central tiene identificables derivaciones sobre Afganistán. A fines de los años noventa, el poderoso servicio de Inteligencia de Islamabad, Paquistán (el ISI), ayudó al Talibán a convocar efectivos de distintos orígenes para ingresar en Cachemira y atacar a las tropas indias. El dato ayuda a entender porque ahora, en momentos en que el Gobierno de Donald Trump se empeñó sin mucha reflexión en retirar sus 14.000 soldados de Afganistán (intención que estaría racionalizándose con el paso de la semanas), es preciso llegar a un acuerdo negociado con el Talibán, facción que controla cerca del 40% del territorio afgano, lo que hizo recordar a la Casa Blanca que la cooperación paquistaní resulta esencial en este peculiar teatro de operaciones. Por otro lado, están los replanteos que condicionan la participación de Washington en calidad de mediador imparcial, función que ejerció en pasados enfrentamientos entre Paquistán e India.

 

A esos sensibles insumos se agrega el hecho de que Paquistán mantiene excelentes vínculos estratégicos con China, un poder que en estos días se convirtió en la fuerza política más dinámica del Asia, un papel que antes era ejercido con naturalidad por Nueva Delhi.

 

La prioritaria ansiedad internacional que surge de la tensión entre estos vecinos países descansa en que tanto India (desde 1974) como Paquistán (desde 1987) son poseedores de armas nucleares y no son miembros, y por lo tanto no están supervisados por los órganos y las disciplinas del Tratato de No Proliferación Nuclear (TNP). Con el agravante de que el TNP dispone de fuerzas militares inferiores, motivo por el que, en determinadas circunstancias, puede llegar a utilizarlas, pues se encuentra en una situación similar a la que tenía la OTAN frente a la URSS durante la Guerra Fría, cuando las armas nucleares tácticas servían de contrapeso para detener a fuerzas armadas superiores en número y poder.

 

Adicionalmente Paquistán consiguió desarrollar armas nucleares, inclusive aquellas que son de alcance limitado, sin haber realizado una declaración de compromiso destinada a indicar que no será la parte iniciadora en hacer uso de tal arsenal. A pesar de ello, el pasado 27 de febrero el primer ministro de ese país, Imran Khan, aprovechó una exposición sobre el conflicto para destacar la peligrosidad de la reciente crisis y mencionar los riesgos de que, ante tales situaciones, no siempre resulta posible descartar los errores de cálculo. Kham es un líder carismático (ex estrella de cricket, que es el deporte nacional), alguien que llegó al poder con una plataforma populista que asignó gran énfasis a la política anti-corrupción y cuenta con el apoyo de los militares sin pertenecer a los partidos tradicionales que siempre les disputaron poder.

 

La comunidad internacional tampoco pierde de vista que Paquistán contribuyó a la proliferación nuclear al transmitir sensible tecnología de esa actividad sectorial (especialmente la referida al enriquecimiento mediante centrífugas, a cargo del científico Abdul Qadeer Khan, que obtuvo experiencia trabajando en URENCO de Holanda) a Irán y a otros Estados, acciones que abarcaron una muy amplia cooperación militar con Arabia Saudita, cuyo gobierno la suele compensar con un generoso apoyo financiero.

 

El punto es que si bien hace setenta y cuatro años (1945 a la fecha) que el planeta no registra el uso de un arma nuclear, oportunidad en que fue empleada por Estados Unidos contra Japón, la innovación tecnológica y la competencia estratégica aumentaron sobremanera los riesgos ciertos de algún desborde en éste área. Por otro lado, la antigua lógica de la disuasión no parece estrictamente aplicable a los casos de India y Paquistán, por lo que subsiste el riesgo de una confrontación nuclear limitada, relativamente abierta y devastadora.

 

Ejemplo de ello, es que el último 14 de febrero el grupo Jaish-e-Mohammed realizó un ataque suicida en Jammu y Cachemira contra un grupo paramilitar indio, causándole graves bajas. Doce días después la aviación india procuró destruir el aparato logístico del JEM atacando lo que calificó como un campo de entrenamiento bélico y terrorista, el que se hallaba muy dentro del territorio paquistaní, a 100 kilómetros de Islamabad. Al día siguiente se produjo una reacción militar de Paquistán y una batalla aérea entre ambos países, quienes se adjudicaron, en forma recíproca, el derribo de aviones del contrincante. Por lo pronto, y acción psicológica al margen, un piloto indio fue capturado por los paquistaníes y luego devuelto a su país en señal de distensión. Esto episodios superaron la posible dimensión de las acciones militares de las partes, lo que nunca se había alcanzado desde 2002, cuando ambas habían estado en pie de guerra. Otro desarrollo positivo consistió en que, el 6 de marzo, y como resultado de la presión internacional, el Gobierno paquistaní inició una acción importante al intervenir 216 seminarios religiosos y otras facilidades vinculadas con grupos terroristas. El operativo llevó a la detención de cientos de personas, algo que fue una módica respuesta a la presión internacional.

 

Un factor importante que se advierte en este escenario, es que el primer ministro de la India, Narendra Modi, del Partido Bharatiya Janata (BJP), quien fuera visitado recientemente por el presidente Mauricio Macri con el objeto de incrementar las relaciones comerciales enfrenta, en ésta época, a Rahul Gandhi del tradicional Congreso Nacional Indio –cuyas opiniones políticas son muy distintas a las del oficialismo y se opuso a la fuerza que en estos momentos ejerce el poder-, se medirá con el actual mandatario en las elecciones que se habrán de realizarse entre abril y mayo próximos.

 

Hasta el momento, hay gran reticencia a pronosticar el resultado de la votación. Aunque Modi se halla al frente del Gobierno desde 2014 y pudo llevar el crecimiento económico a la envidiable tasa del 7% anual, introdujo muchos cambios sustanciales en la administración del país y su partido, el BJP, controla 21 de los 29 Estados provinciales que componen la India, nadie asegura que saldrá victorioso. Su gestión se caracterizó por un acentuado nacionalismo y por la importancia que asignó al hinduismo, una corriente que ampara al 80% de la población (que tiene identidades muy diversas) hecho que, por default, generó algunas decisiones que acentuaron la discriminación de los musulmanes (una minoría que cubre al 10% de los habitantes).

 

La suma de los hechos que hasta ahora configuran el escenario doméstico de ambos países, inducen a pensar que todo ello es un pésimo telón de fondo para resolver o apaciguar la controversia territorial y religiosa de Cachemira, un escenario que sin duda podría desestabilizar a importantes porciones de Asia y una perspectiva que de ningún modo pasa desapercibida por quienes son la masa crítica de la comunidad internacional.

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