Venezuela, frente al espejo de Zimbabwe

4 de febrero, 2019

VENEZUELA- emigración CRISIS-MADURO-SUPPORTERS

Por Héctor Rubini Instituto de Investigación en Ciencias Económicas de la USAL

 

La caída de la economía venezolana continúa sin pausa alguna. En 2018, el PIB cayó 18% según el FMI, y para 2019 el organismo proyecta una caída de casi la misma magnitud. Entre 2013 y 2019 el PIB de Venezuela se habrá contraído en casi 60%.

 

Según la Asamblea Nacional, la inflación de diciembre de 2018 fue de 141,75% (esto es, una inflación en torno de 3% por día) y en todo el año acumuló el récord de 1.698.488%. De acuerdo al Fondo Monetario Internacional, 2019 cerraría con una hiperinflación, en torno de 10.000.000%, lo que supone una inflación promedio mensual algo superior a 180%.

 

Si bien no es un caso estrictamente comparable, el de Zimbabwe muestra ciertas semejanzas con el venezolano. El régimen autocrático y corrupto de Robert Mugabe gobernó el país africano por 37 años (1980 a 2017), en que persiguió a opositores, ejecutó una matanza de ciudadanos de la etnia ndebele entre 1981 y 1984, y se perpetuó en el poder vía comicios viciados de fraude. La base de su poder fue el control de las fuerzas armadas y del aparato de seguridad interior y el recurrente apoyo financiero de la República Popular China.

 

En 1988 y 1999 envió tropas a República del Congo para sostener al gobierno de ese país frente al accionar militar de tropas y guerrillas que ingresaban desde Ruanda y Uganda, Mugabe no logró financiar el accionar militar ni tampoco las indemnizaciones a los veteranos de esas acciones armadas. Sin embargo, esos militares se involucraron en la explotación y virtual saqueo de varias minas de diamantes del Congo. Al final del conflicto Mugabe permitió a esos veteranos ocupar tierras agrícolas en Zimbabwe, y con cada vez menos recursos fiscales profundizó el giro hacia el populismo. Abandonó las reformas promercado de los años ’80, nacionalizó las tierras privadas, legitimó las ocupaciones y ataques contra los agricultores de raza blanca, y suspendió los pagos de la deuda externa, inclusive con el FMI.

 

Zimbabwe fue objeto de sanciones comerciales de EE.UU., Reino Unido y la Unión Europea. Los gobiernos de este bloque y el FMI retiraron todo apoyo financiero a este país, al igual que el Reino Unido. La escasez creciente de divisas, junto a la caída de la producción agrícola, derrumbaron el nivel de actividad y el empleo. El creciente déficit fiscal pasó a financiarse con creciente emisión monetaria, aumentando la inflación y los saqueos y robos. La inflación, ya superior al 1.000% en 2006, se aceleró más y en 2008 su Banco Central emitió billetes de 100 billones de dólares de Zimbabwe, equivalentes a sólo una varilla de pan. Luego de tres devaluaciones de la moneda la inflación superó el techo anual de 50.000 millones, según el FMI. Sin embargo, utilizando precios del comercio informal, Steve Hanke estimó una inflación de 89,7% quintillones (10²¹).

 

Entre 2000 y 2008, el PIB de Zimbabwe se destruyó 48% y se aceleró la emigración. Buena parte de los nuevos pobres sobrevivió a través del trueque, y el régimen de Mugabe aplicó el racionamiento cuantitativo de bienes de primera necesidad y controles de precios y de cambios.

 

En 2009, el Gobierno debió retirar de circulación la moneda local y permitir el uso de dólares, euros, yuanes y las monedas de Sudáfrica, Mozambique y Zambia, pero se impuso, de facto, el dólar estadounidense. Luego de varios meses de deflación y caída de actividad, la economía volvió a crecer, pero el PIB per cápita en dólares, ajustado por paridad de poder adquisitivo, regresó al nivel del año 2003 recién en 2014.

 

Mugabe trató de resolver la crisis de liquidez interna emitiendo notas “convertibles” en dólares, pero su poder adquisitivo cayó de manera continua y hoy cotizan al 15% de su valor nominal. En el segundo semestre de 2018 la inflación mensual osciló en torno del 10%, y en octubre pasado llegó 20,9% mensual.

 

El ingreso por habitante se estancó, oscilando desde 2015 entre U$S 900 y U$S 1.000, y el actual presidente, Emmerson Mnangagwa, no logró atraer inversiones extranjeras ni resolver la escasez de alimentos, combustibles, y medicamentos. Diariamente se observan filas en las calles también para retirar efectivo de los bancos luego de aplicarse un impuesto de 2% sobre transferencias electrónicas. Los desempleados, subocupados y personas bajo condición de subsistencia y precariedad laboral suman el 90% de la población, realidad que el nuevo gobierno no ha modificado hasta ahora. El Gobierno, a su vez, acumula atrasos de U$S 1.800 millones en el pago de los servicios de su deuda externa. A fines de 2018 la deuda pública superaba el 86% del PIB.

 

Lecciones y advertencias que deja el caso de Zimbabwe para Venezuela.

 

  • Al igual que en otra hiperinflaciones, es imposible terminarla sin un programa de duro ajuste fiscal, inicialmente recesivo.
  • Esto exige un nuevo régimen político, no populista, y con capacidad de persuasión para sostener una transición costosa para todos los sectores.
  • Es imposible hacerlo si no se controla la emisión de dinero y de sustitutos del dinero como medio de cambio.
  • Al programa de estabilización se lo debe acompañar con reformas estructurales.
  • Reformas promercado y abandono de un régimen político autoritario son ambas condición sine qua non para normalizar el país.
  • El fracaso en dichas reformas, o su interrupción conducirá a nuevos conflictos y rebrotes inflacionarios por varios años.

 

En Venezuela es entendible la necesidad de poner fin a un régimen autoritario y corrupto. Hasta que no cambie el Gobierno, la actividad y el empleo seguirán cayendo, y la hiperinflación seguirá en ascenso, probablemente hacia niveles superiores al estimado por el FMI. Pero la salida de Maduro es condición necesaria, no suficiente para retomar un sendero de estabilidad y crecimiento. Cualquiera sea el sucesor de Maduro, deberá administrar una herencia desastrosa, y no desistir ante las primeras dificultades que aparecerán en su camino.