Hablemos de otra cosa

18 de enero, 2019

Se adelanta el MNI de $12.000 para la textil

Por Carlos Leyba 

 

Si no fuera dramático sería una broma de verano, pero cómo olvidar que, siendo candidato, Mauricio Macri dijo, ante el estupor de Mirtha Legrand y su esposa, “la inflación, en mi Gobierno, no será un problema”.

 

Estupor premonitorio. Terminó 2018 con 47,6% de inflación. La más alta en veintisiete años.

 

No era cierto, entonces, que omitieron hacer público las desgracias heredadas de la gestión K. Es que creían que los problemas se resolvían con su sola presencia: no hacía falta ni la identificación de los mismos ni un programa. Subestimación de la realidad y sobreestimación de su propia capacidad (Luis Tonelli dixit).

 

Alfonso Prat-Gay confesó, ante Carlos Pagni, que al llegar pensaba gestionar con un acuerdo de política de ingresos, lo que implica un programa. La ausencia de programa implicó la inviabilidad de un acuerdo. Prat-Gay se enteró tarde.

 

Por eso, en lugar de articuladores de un programa y un acuerdo, entró a la cancha un “equipo” de ex dirigente de Boca Juniors y supuestos Ceo. Aquellos con formación o experiencia pública nacional, como Alfonso, fueron degradados o expulsados.

 

Resultados: 2019 dejará un PIB por habitante 10% por debajo del de diez años atrás y un servicio de la deuda del 3,5% del PIB. Entre 2022 y 2023 tendremos que cancelar US$ 45.000 millones con el FMI y, por todo eso, tenemos un riesgo país que nos descalifica como prestatarios.

 

Consecuencia de no haber tenido ni un programa ni un acuerdo, imprescindible para sostenerlo, y de tres años a los tumbos, al Gobierno, dada su rechazo al acuerdo, no le quedó otra que aceptar que la macroeconomía sea gobernada por los compromisos adoptados en el segundo programa del FMI, que generó el alivio financiero de estas horas.

 

Gobernar sin acuerdo político, económico y social, algo propio de la filosofía PRO, y después de la rifa de miles de millones de dólares, entregados a los ciclistas de las finanzas, realizada por Federico Sturzenegger y Luis Caputo, estrellas fugaces del firmamento PRO, lo llevó a la encrucijada: default o FMI.

 

Compromiso y crédito del (y con) FMI, son los dominantes: economía hacia abajo, ajuste recesivo exigido por el prestamista y, por otro lado, pax cambiaria, con la tendencia del dólar hacia abajo que entusiasma al Gobierno, aunque los precios están alineados a la cotización de $40 por dólar que fue tapa de los diarios.

 

La economía sigue dando señales de alarma o de desinterés, según sea la sensibilidad de los intérpretes.

 

Diciembre: derrumbe de la construcción (venta de materiales abajo 32%) y de la industria automotriz (producción, menos 38,5%). En análisis de coyuntura se decía “si la construcción y la industria automotriz van, entonces, toda va”. ¿Entonces?

 

En noviembre la capacidad industrial instalada utilizada disminuyó hasta 63,3%, lo que implica aumento de suspensiones. El salario real cayó en el año 10% y el desempleo abierto cerró igual cifra.

 

En ese marco, los anuncios de inversión, según la agencia oficial, estuvieron debajo de 2016. Síntesis en boca de Nicolás Taranto, un empresario líder del autopartismo, “este Gobierno no tiene mucho interés en la industria”.

 

Contrapartida, el Gobierno inaugura parque eólicos, visita represas de prioridad y retorno discutible y celebra Vaca Muerta (¿los subsidios tendrán algún impacto?), el ingreso de turistas extranjeros, la contención del déficit primario nacional, el equilibrio fiscal de varias provincias y la acotada mejora en el saldo de la Cuenta Corriente del Balance de Pagos, básicamente producto de la caída de importaciones (baja del PIB), y no del impacto exportador.

 

Con otra sensibilidad, las caídas de la producción global y de la urbana en particular, no son importantes para el Gobierno: no representan un problema. Dicen, eso pasó. Fue la sequía y la guerra comercial de Donald Trump con China. No puedo hacer llover en el pasado y no pude convencerlo a Donald. Con esa tónica ¿podemos esperar que se anticipe a males mayores?

 

La mentalidad PRO no pondera el tránsito concreto real, tocable, sino el resultado “esperado”.

 

Creen que algún día los cuerpos, arrojados desde la ventana, llegarán finalmente al piso. Ese será el fin del vuelo hacia abajo. Mauricio dice “lo peor ya pasó”. Desde allí la economía rebotará. Y tienen razón. Alguna vez, no importa cuándo y ni qué pasa entre tanto, volveremos a crecer: llegados a la parálisis total cualquier movimiento, por pequeño que sea, es signo de vida. La gran esperanza PRO de signos de vida antes de las elecciones.

 

Puede que algunas producciones no reboten. Para el PRO se lo merecerán por improductivos e incapaces de aguantar una década de estancamiento y un final de tasas de interés que consumen el capital y de una recesión que acumula stocks que obligan a endeudarse. Chicos malos.

 

Los nuestros, dicen en el oficialismo, serán los que aguanten. ¿Cuál será el motor que los haga aguantar o los empuje? ¿Una política? ¿Brasil? ¿China? Política activa, olvídalo, no está en la naturaleza PRO. Nada indica que China retome las viejas tasas de expansión de demanda y tampoco que ese disminuido impacto (que Brasil también sufrirá) haga el milagro de un empuje regional.

 

El PRO señala que el motor serán las inversiones del sol, el viento, los paisajes, los minerales y Vaca Muerta. Nada de trabajo productivo urbano. ¿Una economía más primarizada es o no es la base de una sociedad más primarizada? La mitad de los menores de 14 años sobreviviendo en la pobreza sintetizan todas las estadísticas del futuro. ¿O no?

 

Sin embargo la opinión pública, las encuestas, a fin de diciembre, señalaban una mejora de la imagen del Gobierno. Nada que se compadezca con esta situación de la economía y de la sociedad.

 

Para la cultura de marketing PRO esa mínima reacción positiva, en ausencia de una oferta política alternativa potente, es suficiente como para encarar el futuro, no resolviendo los problemas sino proponiendo que “hablemos de otra cosa”.

 

O “de eso (el fracaso económico presente y las sombras del futuro) no se habla”.

 

Por lo pronto, la opinión pública – en diciembre – ha mejorado por el efecto cholulo del G20 que salió bien. Las principales figuras del mundo llegaron, visitaron la librería más linda del mundo (Emmanuel Macron)y comieron un asado como Dios manda (Angela Merkel). El PRO deduce que, entonces, poco tardará el planeta en venir a invertir en malón. Infelizmente, la agencia oficial dijo que las inversiones no llegan. Nosotros decimos, los males quedan.

 

Muchos, la opinión pública entusiasta, cree que, como decía Julio Grondona, ex presidente de la AFA y, según declaraciones de Jaime Durán Barba, su líder espiritual, “todo pasa” y de ahí coligen que lo pésimo de la economía también pasará. Una sola excepción para esos creyentes: si el dólar sube, se pudre todo. Para Mauricio el éxito es el dólar para abajo. Hace años que eso junta votos. La contínua revaluación del peso le sumó puntos a la imagen del Gobierno. Con el final de las vacaciones se sentirá el tarifazo. La cadena 6,7,8 del periodismo militante PRO, con mucho más éxito que en épocas de CFK, ha recibido, como alimento distractivo, la buena nueva de “la política” de seguridad la que provocará discusiones mediáticas eternas de panelistas expertos sólo en discusiones mediáticas.

 

Al G20 (un hecho festivo e intrascendente para el futuro de Argentina) le ha sucedido la pax cambiaria, hija del desvastador efecto de la megatasa de interés y de la seca monetaria de extraordinarios efectos recesivos, y ahora la reinstalación del tema de la seguridad en la vida cotidiana. Reinstalación porque muchas de las “nuevas propuestas” son todo menos nuevas y, más allá de la necesidad de atacar la cuestión con el mayor vigor y seriedad que sea posible, sin duda tienen la mezquindad de un planteo distractivo y electoralista. Es que, como en todo lo estructural, la lógica de la previa búsqueda del acuerdo conspira contra el uso mediático de los debates de vuelo bajo. Todo, lamentable, imaginación de Durán Barba.

 

¿Puede una política de un solo objetivo, una reducción de la realidad, tener resultado a largo plazo? Definitivamente, no en la economía y tampoco en la seguridad.

 

La inflación, como los niveles de inseguridad que padecemos que, por ahora, no son tan graves como los de Brasil, no son pasibles de solución con la visión de un objetivo aislado de la estructura que los alimenta.

 

Las políticas de un solo objetivo han sido la tradición y el fracaso de cuatro décadas de gobiernos regresivos. José A. Martínez de Hoz sostuvo que el nivel de las reservas era la medida del éxito ya que las crisis argentinas, decía, se generaban por falta de reservas. Domingo F. Cavallo sostuvo que la estabilidad de precios era condición suficiente para el desarrollo. Los Kirchner apostaron a que el éxito dependía del continuo incremento del consumo popular.

 

Todos tuvieron “éxito” por un tiempo. Todos dejaron una herencia irremontable. Reservas y estabilidad fueron tan efímeras como la deuda externa que las había generado y el consumo popular tan efímero como el agotamiento de stocks que lo había permitido.

 

Macri con la inflación, aunque baje a 28%, habrá fracasado por el costo descomunal de la pobreza acumulada, la recesión y la deuda que ha generado. Todo es consecuencia de no tener un programa sistémico de largo plazo, el que es imposible sin acuerdo.

 

De la misma manera no hay éxito duradero para una política de seguridad aislada de una visión sistémica, de largo plazo y acordada. Esa visión obliga a un programa de lucha contra la pobreza y de inmediata contención integral de la niñez que sobrevive al desamparo de la miseria. Esto es impostergable. La energía PRO puesta en impactos mediaticos, como las cuestiones aisladas del dólar y de la seguridad, se acompaña con el pícaro loteo de la oposición multiplicando candidaturas. Lo mismo hizo Néstor K. También lo imitan cuando insisten en “hablar de otra cosa”. Y no de cómo detener la decadencia.

 

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