Triple cero

28 de septiembre, 2018

El Gobierno crisis el Decreto sobre Lealtad Comercial Argentina

 

Por Carlos Leyba

 

El 27 de octubre de 2019 se realizarán las elecciones presidenciales. Faltan unos pocos meses para que comiencen los ruidos de campaña. Mauricio Macri es, hasta ahora, el único anotado. Todos los demás no pasan de ser candidatos potenciales.

 

Hay un oficialismo que aspira a la reelección y una mayoría de electores que desea, sin duda, que eso no ocurra. Esta última es una mayoría no sólo dispersa sino contradictoria ya que va de una punta a la otra de los límites de la geografía política.

 

Por eso su significado político se licua. Por ahora Macri, lo dijo en Estados Unidos, es el único que está “listo para competir”. Dejando a un lado las consideraciones que expuso acerca de la coyuntura por la que atraviesa el país afirmó: “Estamos construyendo un nuevo país, una nueva sociedad basada en la cultura del trabajo”.

 

Esa es una afirmación programática cuyo eje es “el trabajo”. Mauricio dijo estar listo para competir por una “nueva sociedad” basada en la “cultura del trabajo”.

 

Nueva sociedad y cultura del trabajo, son dos propósitos y dos miradas que, repetidamente, han invadido el espacio de las palabras y las promesas, especialmente en períodos de crisis e inestabilidad. Estamos en uno de ellos. En uno de los más grandes que hayamos vivido. Uno que se arrastra hace muchos años y que tiene, por lo menos, dos manifestaciones poderosas.

 

La primera es el enorme fracaso social colectivo que representan los millones de argentinos que están sobreviviendo en la pobreza y cuya manifestación más desgraciada es que más de la mitad de los menores de 14 años son hijos y nietos de hogares pobres que no han tenido oportunidad de vivir una cultura del trabajo. Como dijo Quincy Jones “de niño uno quiere ser lo que ve”. Proyéctelo al futuro.

 

La segunda es una cuestión que da lugar a una grieta axiológica. La primera es la grieta social. Desde el Rodrigazo se instaló en nuestro país, con una intensidad estructurante, la cultura financiera, la visión que sostenía que los mercados financieros tenían una virtud ordenadora de la vida económica. La tasa de interés de mercado se imponía como el mecanismo que establecía el “pasa o no pasa” de una determinada actividad o proyecto. En términos vulgares la “cultura del pedal” y en términos presentes “la cultura del carry trade”. Esta visión ha predominado desde entonces.

 

Ningún gobierno, ninguna política, en toda la democracia logró superar ese canon del ordenamiento de lo real por medio de las finanzas. Esa visión dominante estableció un orden de valores, axiológico, en el que lo financiero ordenaba lo real y por lo tanto establecía el orden de prelación de lo financiero como condición necesaria y previa para lo real.

 

Obviamente no ocurrió ni el orden financiero ni el orden real. La economía real languidece hace cuarenta años y las finanzas siembran bombas de relojería todo el tiempo con nombres diversos: bonos, Lebac, Leliq… bla bla.

 

Justamente esta grieta axiológica, dos sistemas de valores antitéticos (lo financiero, lo real), es la que hace posible que la política se agote en los esfuerzos necesarios para la construcción de un orden financiero, aún a costa de la multiplicación del número de desocupados, de capacidades productivas ociosas y de pobres y además de desorganización del capital que es lo que implica el cierre y la quiebra de empresas inmoladas al orden financiero.

 

Hay una tercera dimensión de las grietas social y axiológica y es que somos parte de una sociedad insatisfecha con una notable incapacidad para resolver sus conflictos.

 

Los conflictos no se resuelven si su resolución no produce una nueva, o mayor, cohesión de la sociedad. Sólo cuando las sociedades tramitan sus conflictos sobre la base del acuerdo, de la concertación, del consenso, transforman el conflicto original en cohesión, una paz, y hasta que un nueva circunstancia genera nuevos conflictos. El “chivo expiatorio” de René Girard implica un acuerdo para establecer una nueva paz. Esta grieta es la de la incapacidad del acuerdo o del rechazo al consenso o la vocación por la imposición.

 

Nuestra sociedad es la del fracaso social por la dimensión y densidad de la pobreza, del dominio de lo financiero por sobre lo real, del aliento del disenso y de la imposición. Ahí estamos hace largo rato. Y las tres (pobreza, finanzas, imposición) se retroalimentan para generar el Estado de Malestar en el que vivimos.

 

Es justo reconocer la necesidad de procurar una “nueva sociedad basada en la cultura del trabajo” que es lo anunciado por Macri. Pero cabe la pregunta y al grano. ¿Los programas anteriores del PRO y el programa anunciado ahora, en qué dirección van respecto de esos tres desgraciados pilares (pobreza, finanzas, imposición) de la sociedad que hay que cambiar?

 

La propuesta actual, con el nuevo equipo en el BCRA, establece que el objetivo del Ministerio de Hacienda es el déficit primario cero. Para eso negocia una ley de presupuesto que así lo establezca y un conjunto de medidas de carácter contractivo de la economía real.

 

El objetivo del BCRA es bajar la inflación y el instrumento es una regla de obligarse hasta junio de 2019 a que la base monetaria de hoy –creciendo cero– permanezca constante en términos nominales. Esta medida implica un efecto contractivo sobre el nivel de la economía real.

 

Ambos “ceros” el del déficit fiscal primario y el de crecimiento de la base monetaria, han sido las condiciones necesarias (y tal vez suficientes) para que el FMI incremente y adelante la disposición de los fondos líquidos que permiten aventar la posibilidad de default de la deuda externa en 2018 y 2019.

 

La expectativa, propia de la cultura financiera del pedal, es que a partir de esas condiciones pueda registrarse un nuevo escenario de carry trade que permita el ingreso de dólares (transitorios), una presión a que el dólar se cotice en el extremo más bajo de la zona de intervención ($34/44 por dólar) y – eventualmente – si perforara el piso el BCRA podría emitir vía la compra de dólares. Esa sería la vía de la expansión monetaria y, para los que diseñan el programa, la señal de “confianza” externa que habilitaría la recuperación de la economía.

 

El Presidente, ayer mismo, anunció que continuará el incremento del número de pobres y el aumento de la participación de la pobreza en la sociedad y anunció nuevos recursos para paliar los males que el estado de pobreza genera.

 

Por otra parte y a pesar de la magnitud de los sacrificios y complejidades que se anuncian a futuro -más recesión, seguramente más desempleo, dificultades en la cadena de pagos y potencial repercusión en el sistema financiero, tasas de inflación inerciales que no han digerido aún los impactos de todos los precios relativos que han pegado un salto como lo fueron el dólar, los energéticos, las tarifas-, el Gobierno no cree necesario ni conveniente gestionar un consenso o un acuerdo que, sin duda, lo obligaría a rediseñar este programa que seguramente nos aleja del default financiero externo, pero nos aproxima al default social, político y económico real.

 

Este default se mide en conflictividad social creciente, descenso del apoyo a la gestión gubernamental y recesión, desempleo e inflación al mismo tiempo.

 

Ayer, la economista Marina Dal Poggetto, en respuesta a un reportaje de Jorge Lanata, explicó brillantemente lo que –por olvido o por ignorancia – no se ha tenido y no se tiene en cuenta, en la formulación de estos programas. La economía argentina está indexada: el principal porcentaje del gasto público nacional, provincial y municipal, las tarifas y en particular las energéticas, las convenciones colectivas privadas. Toda esa masa de contratos se rige, por norma o por decisión, en la inflación pasada y la de 2018 difícilmente sea menor a 42%.

 

En esta observación está contenida toda la contradicción de política económica que la Argentina arrastra desde hace años.

 

Cuando una economía está en estanflación no hay economía de Manual que la resuelva. La ortodoxia podrá resolver la inflación pero a costa del derrumbe de la economía real. Los keynesianos podrán levantar la economía pero a costa de hacer volar la inflación. Es la parte “política” de la economía la que puede remediar esta enfermedad que si no se detiene da un paso adelante a la decadencia. Es así. Pero mucho más si la economía en estancamiento (o recesión) navega con un sistema de precios indexado y en alta inflación.

 

En esas condiciones, las experiencias históricas avalan la terapia del consenso, es inevitable la formulación de un acuerdo social, productivo, político, que desindexe la economía y – al mismo tiempo – priorice lo real (la reactivación y el empleo) dado que existe una notable capacidad ociosa y por primera vez en mucho tiempo un tipo de cambio que habilita un proceso exportador.

 

Los recursos del FMI garantizan que no habrá default de la deuda pública externa en los próximos dos años. Es cierto. Pero no es menos cierto que sin un acuerdo social que compense con políticas internas las consecuencias del Acuerdo con el FMI marchamos hacia el riesgo de un enorme default social o al incumplimiento liso y llano de los compromisos asumidos.

 

El triple cero de déficit primario, expansión de la Base Monetaria, y cero solución de los problemas reales de la economía (recesión y desempleo) no es ni remotamente “una nueva sociedad fundada en la cultura del trabajo” sino todo lo contrario.

 

Poniéndolo en términos generosos el nuevo programa PRO basado en el despeje de default que brinda el FMI es, en todo caso, inconsistente: la recesión de magnitud complica los ingresos públicos y el programa fiscal y la indexación tal como está aleja toda posibilidad de desinflación sin pasar por una conflictividad social ingobernable. En esas condiciones la confianza es una energía efímera que se filtra por los enormes agujeros de la recesión y el conflicto.
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