Ser creyente en China y una apuesta papal

27 de septiembre, 2018

Ser creyente en China y una apuesta papal

 

Por Eduardo R. Ablin Embajador

 

Como resultado de un gradual acercamiento, la Santa Sede (SS) y la República Popular China (RPC) alcanzaron hace pocos días un Acuerdo Provisorio (AP) para la cooperación bilateral, que intenta dirimir la controvertida designación de obispos, una cuestión de sustantivo interés por décadas para el Vaticano en la búsqueda de mejorar la convivencia de la Iglesia Católica en China. La SS y la RPC cesaron relaciones diplomáticas en 1951 con el retiro del nuncio papal luego de la expulsión, al establecerse la RPC en 1949, de todos los misioneros cristianos, considerados un legado del “siglo de oprobio”.

 

El AP –cuyo texto no ha sido difundido– apunta a un fructífero diálogo institucional que favorezca la convivencia “armónica” (término confuciano incorporado por la doctrina de la RPC) de la Iglesia en China, contribuyendo con ello a la paz mundial. Considerando que se concreta en una instancia de gran tensión en la estructura vaticana –dado el manejo de los escándalos de abusos, argumento aprovechado por sectores conservadores para hostigar al papa Francisco– cabe preguntarse si la oportunidad del AP evitará alimentar mayor descontento interno.

 

La SS atribuye al AP carácter pastoral, y aunque no involucra un reconocimiento político mutuo parece iniciar un sendero en tal sentido. Al intentar crear las condiciones para una mayor libertad, autonomía y organización de la Iglesia Católica, el Pontífice anhela poder continuar su misión de difusión de la fe y contribuir a la prosperidad espiritual y material del pueblo chino, acorde con la particular consideración que le otorga, aspirando a la expansión del catolicismo en Oriente, y en particular en la RPC si se produce una liberalización en materia religiosa. En efecto, el papa Francisco ha comprendido, en un momento de retracción de la cristiandad en Europa, la oportunidad que China brindaría a la Iglesia para difundir su mensaje, continuando la tradición de su predecesor jesuita Matteo Ricci quien, acompañando las expediciones portuguesas en el Siglo XVI, resultó el verdadero “descubridor” de su país, donde introdujo el catolicismo.

 

Así, el papa Francisco encomienda a la comunidad católica en China concretar gestos paternales de reconciliación para superar tensiones pasadas en un espíritu de diálogo, fruto de un largo trayecto iniciado en forma confidencial por Juan Pablo II, y continuado por Benedicto XVI, por vía de su Carta de 2007 a la Iglesia en China, la que anticipaba la expectativa de establecer vías de comunicación y cooperación con la RPC en un espíritu de solidaridad y asistencia mutua para la tarea de evangelización. A tal efecto, Benedicto autorizó la celebración de los sacramentos en las iglesias de la denominada Asociación Patriótica Católica (APC) –iglesia oficial conducida por el Partido Comunista Chino (PCC) creada en 1957– enfatizando que la solución a los problemas eclesiásticos debían superar las tiranteces con las legítimas autoridades del país, sin olvidar el papel de la fe y testimonio pastorales ni el reconocimiento de la complejidad de las cuestiones que las rodean. Continuando esa línea, el papa Francisco promovió el diálogo oficial con el Gobierno de China, reconociendo que no sólo constituye un país grande, sino una cultura plena de sabiduría inagotable, aunque advirtiendo asimismo que el diálogo no involucra una capitulación principista, sino la búsqueda conjunta de la paz.

 

De esta manera, según el AP, los obispos en la RPC estarán por primera vez en comunión con el Papa, lo que involucra –sin ser mencionado– la rehabilitación de 7 nombramientos irregulares, oportunamente excomulgados durante los papados precedentes. Ahora se requiere, según la SS, “la confianza e ímpetu de buenos pastores –reconocidos cooperativamente por el sucesor de Pedro y las legítimas autoridades del país–”. Claro que ello conlleva la conflictiva reunificación de la APC con la Iglesia “subterránea”, plenamente leal a Roma y obligada a operar en forma clandestina, al ser objeto de vigilancia y ocasional represión de sus fieles.

 

Así, mientras el maoísmo no logró destruir la Iglesia, sus sucesores intentan cooptarla, al prever el AP que las autoridades de la RPC sometan propuestas de obispos de una Iglesia unificada a consideración de Su Santidad, reconociendo
así al Papa como jefe de la Iglesia Católica, aunque sin especificarse si el mismo podría vetarlos. Al respecto, sectores ortodoxos de la Iglesia china recordaron la incompatibilidad entre los valores del mundo católico y el ateísmo de la RPC, enfatizando que la capacidad de designar obispos podría dañar la “santidad y integridad moral” de la Iglesia, al mismo tiempo que sentar un precedente negativo de cooperación con un poder autoritario y antirreligioso. Tal postura ha sido liderada por el obispo emérito de Hong Kong, Joseph Zen Ze-kiun, quien señala “que una Iglesia esclavizada por un gobierno no es una Iglesia verdadera”, y advierte que esta cuestión podría amenazar un cisma en la comunidad católica.

 

Según estimaciones –escasamente confiables por razones obvias– casi 200 millones de chinos practicarían alguna religión, contabilizándose 85.000 templos (13.000 budistas y 15.000 taoístas), 3.000 organizaciones religiosas y un clero que supera 300.000 sacerdotes, de los que dos tercios son monjes budistas. Entre los millones de creyentes, cuyo número crece ante la búsqueda de las generaciones jóvenes de una guía espiritual –como reacción al dominio del PCC– 120 millones practican una combinación de budismo –introducido desde India hace dos milenios–, taoísmo y confucianismo, estos últimos en rigor filosofías o corpus éticos que no veneran a un Dios sino a un sabio cuyas enseñanzas animan la vida moral de los hombres y muestran “el camino”. Asimismo, 22 millones de musulmanes se concentran en la provincia de Xinjiang, que cuenta con 30.000 mezquitas y 40.000 imanes, aunque su número podría superar los 100 millones. Finalmente, el cristianismo nuclearía a 54 millones de fieles –en torno al 4% de la población– de los que casi 40 millones son protestantes y 12 a 14 católicos, 50% de los cuales practica el culto en iglesias “subterráneas”, bajo el liderazgo de 40 obispos designados por la SS sin intervención de la RPC, los cuales deberían ser reconocidos oficialmente al amparo del AP. Así, la estrategia del papa Francisco no parece cándida, ya que los “cristianos” equivaldrían al presente
a más de la mitad de los miembros del PCC, estimados en 90 millones.

 

En cualquier caso, los sectores más escépticos respecto a la efectividad del AP han recordado que la modificación de la normativa sobre Asuntos Religiosos en China, en mayo de 2018, ha disparado un nuevo ciclo represivo sobre los creyentes, encontrándose encarcelados –acorde la Cardinal Kung Foundation– más de 30 miembros del clero, incluyendo 11 obispos. Así, desde dicha reforma las iglesias católicas son objeto de una campaña tendiente a que todas las religiones enfaticen los valores “chinos” y se muestren leales al modelo socialista, incorporando en los templos la bandera nacional y retratos del presidente Xi Jinping, quien señaló al Congreso del PCC en octubre de 2017 que las religiones deber mantener una “orientación china y recibir lineamientos del gobierno para su adaptación a la sociedad socialista”.

 

En el marco de esa campaña global, las prácticas represivas se han extendido a las demás religiones, incluyendo el seguimiento e identificación de los fieles que se congregan en templos ad hoc ajenos al control directo de las autoridades estatales. En rigor, Pekín insiste en que todas las religiones autorizadas en la RPC –católicos, protestantes, budistas, taoístas y musulmanes– que se han expandido intensamente desde inicio del siglo queden subordinadas al PCC, considerándose las prácticas religiosas en cualquier templo no reconocido contrarias a la ley, lo que permite perseguir al culto católico “disidente” de la APC por sus convocatorias “privadas”. El judaísmo es el único credo exento de tales embates, ya que directamente no se encuentra reconocido –rémora de la política tradicionalmente antiisraelí de la época maoísta, aunque ambos países restablecieron relaciones en 1992–. Como compensación, las autoridades chinas han intentado superar sus diferencias reconstruyendo la importante herencia de las sinagogas en Shanghai y Harbin como museos de la cultura judía en China, excluyendo la práctica religiosa.

 

Hasta el mayoritario renacimiento budista debió hacer ondear la bandera de la RPC por primera vez en 1.500 años de historia sobre el Monasterio de Shaolin –en la provincia de Henan– famoso por su erudición budista y su asociación con las artes marciales. También el budismo acaba de sufrir recientemente un insólito tropiezo, al ser obligado a renunciar el líder de la “Asociación Budista China” –movimiento oficial apoyado por el gobierno– ante alegaciones de “acoso” sexual y desvío de fondos aportados por el Estado en beneficio personal. Así, Shi Xuecheng, abad del importante Templo de Longquan quedó sujeto a prisión domiciliaria, evitando al menos el denominado “shuanggui”, sistema de detención secreta empleado por el PCC contra miembros sospechados de corrupción.

 

Mucho más grave es la conocida situación de la minoría musulmana uigur en la región autónoma de Xinjiang, poblada por 23 millones de habitantes pertenecientes a diversos grupos étnicos musulmanes vinculados con Asia central. Allí se denuncia la presunta destrucción por las autoridades de hasta 5.000 mezquitas desde 2016. Cabe reconocer que grupos extremistas uigures asumieron actos violentos en diversos lugares de China, motivando la instalación de 1.000 cámaras de reconocimiento facial de los asistentes a las mezquitas, así como la reclusión masiva en “campos de reeducación” destinados a alejarlos de sus creencias. No cabe profundizar el caso de la región autónoma del Tibet, a cuya singular situación históricopolítica se agrega la discriminación religiosa de los 7 a 10 millones de budistas, incluyendo su líder espiritual, el Dalai Lama.

 

Resulta particularmente difícil predecir si el AP constituirá una apuesta exitosa para el papa Francisco, o proveerá un eficaz mecanismo dilatorio a las autoridades de la RPC. Ambas partes cuentan en su favor que la variable temporal no restringe sus objetivos. Entretanto, cabe concurrir a la Catedral de San Ignacio en Shanghai –la más grandiosa del Oriente– y orar mientras se aprecia en versión original el Te Deum de Félix Mendelsssohn por un magnífico coro de católicos chinos, que eleva al cielo a quien crea en Dios. Por suerte, ya pude concretarlo.