¿Tiene China un arma secreta?

25 de julio, 2018

¿Tiene China un arma secreta?

 

Por Eduardo R. Ablin Embajador

 

La guerra comercial desatada entre Estados Unidos (EE. UU.) y la República Popular China (RPC) se ha reflejado hasta ahora en una escalada de retaliaciones arancelarias mutuas. Así, en cada ocasión en que EE.UU. ha impuesto aranceles extraordinarios a la importación de productos chinos, la RPC ha respondido aplicando contramedidas equivalentes, reiterándose sucesivas amenazas y represalias sin que ninguna de las partes parezca amedrentarse.

 

El inicio de una agresiva política comercial externa por parte del Gobierno de Donald Trump –sustentada en normativa unilateral– fue marcado por la imposición de aranceles punitivos a la importación de acero y aluminio desde todo origen, interpretada como advertencia a la RPC. En abril siguió un anuncio más específico de aranceles (25%) a la importación de productos chinos por valor de hasta U$S 50.000 millones, junto a la solicitud de Trump al representante de la Oficina de Comercio Exterior (USTR) para evaluar –en respuesta a la retaliación china– la ampliación de aranceles adicionales sobre bienes por valor de U$S 100.000 millones.

 

Una vez más bajo normativa unilateral se alegaron abusos contra empresas de EE.UU., forzadas a transferir tecnología sensible sin costo ni compensación a sus obligados socios chinos para poder invertir en la RPC. Asimismo, el secretario del Tesoro prevé recomendar acciones restrictivas a la inversión de empresas chinas en EE.UU., en particular en industrias vinculadas al programa “Made in China 2025”, en cuyo marco el USTR presume que la RPC intenta alcanzar el dominio tecnológico mundial. Finalmente, en julio, Trump ha requerido al USTR –ante la falta de disposición china a reducir su superávit bilateral– considerar la aplicación de nuevos aranceles sobre bienes importados de China por valor de U$S 200.000 millones, medida que cubriría 70% de las colocaciones de la RPC en EE.UU.

 

Conviene recordar que las exportaciones chinas a EE.UU. (U$S 505.600 millones en 2017), constituyeron el 22% de sus envíos totales al exterior, mientras las de los EE.UU. hacia la RPC (U$S 130.000 millones) sólo representaron 8% de sus ventas externas, por lo que cabría en principio imaginar que un conflicto comercial debería resultar en términos relativos más negativo para la RPC. Más aún si se considera que el esquema de represalias simétricas no permitiría a China equiparar las eventuales sanciones del Gobierno de Trump, ya que los valores previstos exceden el total de sus importaciones desde EE.UU. Esta eventualidad ha comenzado a preocupar a los mercados financieros y bursátiles, ante las potenciales repercusiones internacionales de la guerra comercial entre las dos mayores economías mundiales, advertidas por la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

 

Opciones sobre la mesa

 

Al respecto, mucho se especula acerca de las armas disponibles en cada caso –al margen de la penalización arancelaria– para doblegar al contrincante. Dada la disparidad señalada en el campo del comercio de bienes, aunque EE.UU. mantiene un superávit bilateral en el área de servicios (U$S 40.000 millones en 2017), se vislumbra que la RPC podría restringir el acceso a las empresas inversoras, trascendiendo que las aprobaciones de algunos tipos de licencias para firmas de los EE.UU. ya estarían suspendidas. También la RPC podría cesar su cooperación en las negociaciones en torno a la crisis norcoreana, aunque tal estrategia podría eventualmente perjudicar los logros alcanzadas hasta ahora por China en su propio beneficio.

 

Al margen de estas opciones, se enfatizan dos presuntas “armas” en el campo financiero a las cuales podría recurrir la RPC para controlar el embate de EE.UU. La devaluación de la moneda ha sido una herramienta de política monetaria ya empleada en 2015. Trump calificó a la estrategia china como “manipulación cambiaria” dirigida a obtener ventajas comerciales, incluyendo a la RPC en una “lista de monitoreo” sujeta a potenciales sanciones en caso de incrementarse su superávit comercial con EE.UU. o interferir reiteradamente en los mercados de divisas.

 

Aunque algunos círculos en la RPC han replanteado el recurso a una política devaluatoria, China se ha orientado tradicionalmente a mantener la paridad del RMB acorde con la “canasta de divisas” que integran sus reservas, donde el dólar predomina concentrando 38% del conjunto. Por ello, cuando el dólar se deprecia internacionalmente, el Gobierno de China utiliza parcialmente sus reservas (U$S 3,14 billones en 2017) para adquirir bonos del Tesoro (Treasury Bills o TBs) –títulos que juzgan activos seguros y de liquidez incomparable, contribuyendo dichas compras a mantener su valor– reforzando así su posicionamiento en dólares, originado como contrapartida de su superávit comercial bilateral. Hasta 2014 la RPC había fortalecido al RMB en respuesta a las presiones de EE.UU., cuando la nueva política monetaria introducida por el Banco del Pueblo (BP) –acorde a los objetivos del presidente Xi Jinping de convertir al RMB en moneda de referencia global y reemplazar a mediano plazo al dólar en dicha posición– decidió no acompañar la valorización del 25% del mismo en 2014/2015, para mantener la tradicional competitividad externa del modelo de acumulación exportadora, y el consiguiente nivel de empleo. Sin embargo, las restricciones del Gobierno de Trump para las inversiones chinas en EE.UU. fueron enfrentadas con medidas monetarias, disponiendo el BP en junio la reducción de las reservas bancarias obligatorias, medida que libera liquidez por U$S 108.000 millones destinados a otorgar créditos a empresas domésticas para mantener el crecimiento económico. Esta medida, reiterada en 2018, podría augurar una mayor depreciación del RMB –revaluado 9% durante la era Trump– según evolucione el conflicto comercial con EE.UU., lo que algunas fuentes interpretan como potencial paso hacia una guerra de divisas.

 

No obstante, un sendero de devaluaciones competitivas abarataría los precios de los productos chinos de exportación en dólares –incrementando el superávit comercial y agravando así el conflicto con EE.UU. y otras contrapartes– con un elevado costo político. Al mismo tiempo, encarecería las importaciones, conspirando así contra el incremento del consumo interno, y acrecentando el riesgo de fuga de capitales registrado en 2014/2017, cuando el RMB se devaluó 13%. Por ello cabe dudar que la RPC decidiera utilizar la política devaluatoria como arma de guerra comercial frente al impacto de los aranceles de EE.UU.

 

Más extensamente se han elaborado hipótesis en torno a la venta de deuda pública del Gobierno de EE.UU. que integra las reservas de China, política a la cual se considera altamente provocativa, al trasladar presuntamente el conflicto al campo presupuestario de EE.UU. Al respecto cabe recordar que cerca del 45% de la deuda pública de los EE.UU. se encuentra en poder de inversores extranjeros, concentrando la RPC en 2017 19% del total –U$S 1,2 billones (millón de millones, o 1 seguido de 12 ceros)– ligeramente por encima de Japón. Así, los sostenedores de esta estrategia consideran que si la RPC –principal acreedor de EE.UU.– decidiera deshacerse de sus tenencias de obligaciones, letras y bonos en su poder como arma de guerra comercial el impacto sobre el precio de los mismos y las necesidades de financiación de EE.UU. se acrecentarían, atribuyendo a esta estrategia una amenaza real que excede el conflicto comercial, con la presunción que podría definir la contienda.

 

En efecto, la financiación china de la deuda le permite a EE.UU. mantener tasas de interés internas inferiores a las de equilibrio, contribuyendo así a su crecimiento. Así, si la RPC vendiera TBs en su poder se encarecería el costo de financiamiento de los EE.UU., en una etapa en que la Reserva Federal ha iniciado un proceso de alza de sus tasas -al dar por concluido el programa derivado de la crisis de 2008 (Quantitative Easing o QE)- lo que reduciría las cotizaciones de los títulos, afectando así a los tenedores, inclusive China. Asimismo, el empleo de este arma financiera podría conducir a una crisis financiera mundial, en la cual las cotizaciones de todos los títulos registraran un impacto negativo en los mercados de renta variable, incrementándose los intereses de las empresas -inclusive las chinas que mantienen deuda denominada en dólares-. Así, mientras se argumenta que EE.UU. no podrían prescindir del principal adquirente de sus bonos, esta estrategia podría paradójicamente perjudicar el valor de la propia cartera de reservas chinas ante un pánico vendedor, aunque las ventas en 2016 de TBs por U$S 200.000 millones para intentar frenar una caída del RMB no proveen evidencia alguna de la eficacia de una medida de represalia de este tipo.

 

Por ello, cabe concluir que el propio régimen chino descarta recurrir a sus reservas como arma en la guerra comercial, hipótesis excluida con firmeza por las autoridades del BP, ya que la mera amenaza de venta de títulos hace caer el valor del dólar –que continúa dominando la escena comercial y financiera internacional– priorizando el interés de la RPC preservar el valor del mismo para no devaluar sus reservas ni perjudicar la competitividad exportadora china.