Una política económica normal para un país anormal

11 de diciembre, 2017

Una política económica normal para un país anormal

 

Por Pablo Goldín Director de MacroView SA

 

El cambio más relevante desde el 10 de diciembre de 2015 es el intento de hacer con la política económica lo mismo que el 99% de los países del mundo. Hasta esa fecha, Argentina formaba parte del selecto 1% que renegaba del “consenso planetario” y comulgaba con otro manual. Ejemplos: i) incurrir en déficit fiscal creciente y permanente financiado con impuesto inflacionario, ii) que el BCRA avale una inflación de 20% y pico anual y cebe el consumo con tasas de interés reales hípernegativas, iii) que la organización económica esté montada sobre fórceps (formales e informales) para que las empresas no dejen de invertir, los bancos no dejen de prestar y la gente no deje de demandar pesos y iv) que la deuda pública se pague “cash” con reservas aun a riesgo de fundir al BCRA.

 

La decisión política del actual Gobierno de alinearse al “consenso planetario” es fundamental para no quedar condenados al ostracismo económico y la decadencia social. Pero no es una condición suficiente. Los resultados de aplicar una política económica de país normal en uno anormal (como Argentina), durante un tiempo “x” pueden no ser los esperados. En las macroeconomías estables y balanceadas, uno más uno es dos. Con los desbalances macro (fiscales, monetarios y cambiarios) que arrastra desde hace años la Argentina, la aritmética puede fallar.

 

Un resultado habitual de país normal es que una disminución de la tasa de inflación favorezca el crecimiento económico. Acá por ahora es al revés: reactivación y desinflación no van de la mano. Por ejemplo para 2018, si el BCRA desplegara la política monetaria en pos de una tasa de inflación lo más cercana posible a la meta anual de 10% +/- 2, recortaría indefectiblemente la reactivación hacia una meseta recesiva. Y en el otro sentido, si todo jugara a favor (liquidez internacional, precios de commodities, Brasil, los “animal spirits de la inversión”, la política, etcétera) y el año que viene la actividad creciera fuerte (por ejemplo 4%), la inflación seguiría sin bajar del 20% anual.

 

Otro resultado de país normal es que una suba del tipo de cambio nominal prácticamente no se traslade a los precios y se transforme en una mejora del tipo de cambio real. Argentina todavía no pasó “en serio” el test de que suba el tipo de cambio sin que impacte en precios. En 2016, el tipo de cambio subió con la unificación y la inflación se aceleró a casi 40% (lo mismo que ocurrió en 2014). En 2017, la inflación bajó a 20% y pico, pero con el tipo de cambio subiendo menos que los precios y consolidando el “atraso cambiario” (parecido a lo que pasó en 2015).

 

Un tercer resultado de país normal es que con un Gobierno procapitalista de mercado y un BCRA proestabilizador, la economía se monetice, la dolarización de portafolios se dé vuelta y la actividad se reactive. En nuestro país no es tan así. En el bienio 2016 – 2017, con un Gobierno y un BCRA “sensatos y racionales”, el atesoramiento en dólares sumó US$ 35.000 millones, una cifra enorme por donde se la mire.

 

Como último ejemplo, está el nivel de déficit fiscal y deuda pública. Para un país normal, una deuda del Tesoro de 30 y pico de puntos del PBI es bajísima. Con mercados de capitales súperlíquidos como los actuales y una macro que marche razonablemente, los test de sustentabilidad de mediano plazo de las planillas del Excel serían una “papita fina”. Argentina es diferente. Tiene una deuda de 30 y pico puntos del PIB, al Gobierno (con supuestos optimistas) las planillas del Excel le cierran y los mercados externos siguen con el pulgar levantado, pero no es de país normal financiar por mucho tiempo con deuda externa el déficit fiscal primario.

 

Si en el muy relevante tránsito a la normalidad que está intentando Argentina, los equipos económicos y los responsables políticos creen inflexiblemente que, con la macroeconomía desbalanceada como todavía está, bajar fuerte la inflación reactiva más, subas del tipo de cambio no se trasladan a precios, recrear el peso como moneda de ahorro es sencillo y endeudarse en dólares para financiar déficit fiscal primario no tiene consecuencias (subestimando el atraso cambiario y la acumulación de Lebac del BCRA), se toparán con resultados desalentadores y la macro será cada vez más vulnerable. Además, se generará cierta frustración dentro de una sociedad con cierto dejo populista y propensión al facilismo. En un contexto así, siempre está la tentación política de tomar atajos mágicos. El riesgo es virar a mitad de camino y reincidir en experimentos criollos inútiles. El camino elegido el 10 de diciembre de 2015 es el adecuado. Pero hay que perseverar. Y “revisar” el programa macro.

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