Las empresas y los nuevos paradigmas

12 de diciembre, 2017

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Por Alberto Schuster Director de la Unidad de Competitividad de Abeceb @mascompetitivos

 

A lo largo de la Historia ninguna creación humana ha producido un impacto más positivo que el capitalismo de mercado y su agente principal: la empresa.

 

A partir de la primera revolución industrial donde la estructura “empresa” comienza a desarrollarse, el ingreso per cápita se incrementó ocho veces, habiendo disminuido dramáticamente la pobreza, las hambrunas y, como consecuencia, se extendió la esperanza de vida.

 

El capitalismo de mercado mejoró las condiciones de la humanidad, mediante la promoción del emprendedorismo, la innovación, el comercio de bienes y servicios, la inversión y el financiamiento. Y es un hecho que los sistemas colectivistas que pretendieron sustituirlo fracasaron rotundamente.

 

Lo dicho no implica  que el capitalismo de mercado y la empresa sean perfectos, sino que en su raíz yacen las fuerzas que, de tanto en tanto, generan las crisis de las cuales las de 1930 y 2007 son las más relevantes.

 

Bajo el paradigma “clásico” las empresas tuvieron como propósito satisfacer las necesidades del mercado mientras generaban ganancias para sus accionistas, sin interesar demasiado el uso que hacían de los recursos, el medioambiente y la gente, concibiendo la relación entre los intereses corporativos y el resto como de “suma cero”.

 

Obviamente, en ese devenir, las empresas se han manejado bajo el marco legal, económico y social de cada momento, lo cual bajo nuestros valores actuales puede ser cuestionado, pero no debemos caer en el error de juzgar el pasado bajo la lupa de la “cultura” que hoy prevalece.

 

Con todo ello, hoy nos encontramos comenzando una transición entre la forma de producción de las revoluciones industriales y la disrupción inevitable de lo que se conoce como la Cuarta Revolución Industrial o la quinta era. Esta disrupción estará caracterizada por el predominio de tecnologías como la conectividad total entre la gente y entre las cosas, la ingeniería genética y la biotecnología, la inteligencia artificial, la robótica y los drones, la nanotecnología, la impresión 3D, el blockchain, los vehículos autopropulsados y una cantidad de inventos que hoy no podemos predecir. Todo ello enmarcado en la presente inconformidad respecto de los efectos de la última etapa de la globalización y la amenaza sobre el medioambiente.

 

Las tecnologías disruptivas afectarán la manera en que trabajamos, pensamos, consumimos y reaccionamos políticamente. Probablemente, y tal como ocurrió respecto de otros cambios disruptivos en el pasado, los cambios tendrán sus detractores. Inevitablemente, afectará la forma en que la empresa actúe y se desarrolle. Sin cuestionar a la misma como generadora de valor, deberá buscarse  un propósito más trascendente,  en la medida que ellas se verán compelidas por los gobiernos y la gente a comprometerse en mucho mayor medida en el desarrollo integral de la sociedad. Ello está en línea con un eje rector que debe reconciliar los intereses de las empresas con un propósito superior que es el atacar la inequidad y, al mismo tiempo, cuidar los recursos.

 

Las  empresas deberán actuar de modo de generar lo que se conoce como “valor compartido” cuyo propósito sea el desempeño con integridad. Dicho valor compartido deberá generar valor no sólo para los accionistas sino para todos sus grupos de interés: accionistas, empleados, clientes, proveedores, medio ambiente y la comunidad en donde las empresas se desenvuelvan.

 

El concepto central es que no toda la ganancia tiene la misma calidad. La ganancia que a su vez se involucra con un propósito social representa una forma más virtuosa de capitalismo al crear un círculo positivo para la compañía y la prosperidad de la comunidad.

 

El concepto de valor compartido implica que las necesidades sociales definen los mercados y que los daños o debilidades sociales generan, tarde o temprano,  costos económicos para las empresas, como el desperdicio energético y del agua, el desperdicio de materias primas, accidentes y el costo de entrenamiento de las deficiencias educacionales.

 

La productividad de la compañía deberá estar orientada a redefinir las políticas y las prácticas operativas que, mejorando su competitividad, mejore al mismo tiempo las condiciones económicas y sociales de las comunidades en las cuales las empresas operan y los Estados, por su parte,  tendrán  que incentivar esa posibilidad. Desde la visión de los accionistas, a medida que el enfoque se desarrolle, el demostrar que es “negocio” para las compañías atacar los problemas sociales generando valor económico. Aunque estos conceptos suenen hoy un poco utópicos, probablemente en el futuro triunfen las empresas que diseñen sus estrategias entendiendo el advenimiento de estos nuevos paradigmas culturales.