Intendentes: ¿Líderes políticos o recolectores de votos?

4 de septiembre, 2017

Intendentes: ¿Líderes políticos o recolectores de votos?

 

Por Gabriel Fernández Gasalla Universidad Nacional de Quilmes

 

Las ciudades han sido históricamente el lugar ideal para el ejercicio pleno y creativo  de la política. El ágora griego, los foros romanos, los mercados y plazas públicas de las ciudades medievales en las cuales buscaban refugio los campesinos para liberarse de la servidumbre amparados en el lema “El aire de las ciudades os hará libres” son ejemplos del estrecho vínculo originario entre libertad, derechos ciudadanos y política.  La ciudad no sólo fue escuela de ciudadanía, sino también un espacio de formación intelectual y experticia para los grupos dirigentes.

 

En nuestro país, sin embargo, el ejercicio del Ejecutivo municipal no se constituyó en plataforma propiciatoria de carreras políticas auspiciosas a nivel nacional

 

En nuestro país, sin embargo, el ejercicio del Ejecutivo municipal no se constituyó en plataforma propiciatoria de carreras políticas auspiciosas a nivel nacional. El sindicato, la universidad, o la militancia barrial proveyeron los cuadros políticos y dirigentes, siguiendo las pautas culturales de un sistema político sanamente signado, mayoritariamente,  por la condición plebeya de sus protagonistas. Los intendentes veían limitadas sus aspiraciones personales por estar ensimismados en la defensa de su territorio electoral o por sus incapacidades personales manifiestas a la hora de aspirar a cargos mayores.

 

La década de los ’90, con los procesos de descentralización administrativa, y la crisis del 2001-2002 crearon las condiciones necesarias para generar un escenario de mayor protagonismo para los intendentes en el juego político de las ligas mayores. Los nuevos roles asumidos por los municipios (promoción del desarrollo local, defensa del medio ambiente, profundización de la participación ciudadana, relaciones internacionales, etcétera) abrieron una agenda pública que iba más allá del tradicional ABL (alumbrado, barrido y limpieza) como objetivos de méxima para la gestión urbana en nuestro país.

 

El sindicato, la universidad, o la militancia barrial proveyeron los cuadros políticos y dirigentes, siguiendo las pautas culturales de un sistema político sanamente signado, mayoritariamente,  por la condición plebeya de sus protagonistas

 

Concurrentemente, los ’80 y ’90 fueron las décadas, a nivel mundial, de la irrupción de un nuevo paradigma: la NCP (nueva cultura política) que, resumidamente, postulaba los principios de austeridad fiscal y progresismo social como ejes de un gobierno exitoso. Las ciudades fueron los primeros campos de experimentación de la NCP. Casos como los alcaldes Peter Flaherty (Pittsburgh), Diane Feinstein (San Francisco) y Kathy Whitmire (Houston) en EE.UU. o Antanas Mockus (Bogotá) y Sergio Fajardo (Medellín) en Colombia sirvieron para presentar a la ciudadanía a líderes locales con proyección nacional que tenían cualidades de buenos administradores de la cosa pública y, al mismo tiempo, preocupados por la promoción y vigencia de valores ciudadanos.

 

Tanto a nivel interno, como el clima de época internacional sentaban las bases para una renovación desde abajo hacia arriba del sistema político argentino, con los municipios como espacio conceptual y de experiencias proveedores de nuevos cuadros dirigenciales.

 

Pero las expectativas, tal vez, fueron desproporcionadas. A veinte años del inicio de esos procesos, son pocos los alcaldes argentinos que hayan quebrado la lógica de su especialización como recolectores zonales de votos para aspirantes a cargos provinciales o nacionales. Todos tienen que ir al pie del “referente” partidario que mejor mida en las encuestas para encontrar algo de oxígeno en su proyecto personal local.  Pocos son los que tengan algo para mostrar como resultado de una gestión que no provenga de las arcas provinciales o los presupuestos de infraestructura del Estado Nacional. Los procesos electorales recientes revelaron un déficit de nuevos dirigentes.

 

Los vigentes y con poder de decisión son, con contadas excepciones, los herederos de la crisis de representatividad del 2001 o protagonistas, en otros ámbitos, de las décadas que gestaron la crisis argentina. Las recientes PASO son un testimonio de la ausencia de liderazgos ciudadanos gestados al calor de la cercanía con su gente y de la elucubración de proyectos creativos que valoricen el patrimonio de sus ciudades o creen empleo genuino, digno, que fortalezca la condición ciudadana logrando niveles crecientes de integración social.

 

El escenario de la política municipal sigue abierto, a la espera de un joven dispuesto a hacer carrera personal en la política buscando un lenguaje propio, sin depender del abrazo del oso de un dirigente encumbrado que lo ahogue, y creando las condiciones para construir poder con mérito propio

 

Pero el escenario de la política municipal sigue abierto, a la espera de un joven dispuesto a hacer carrera personal en la política buscando un lenguaje propio, sin depender del abrazo del oso de un dirigente encumbrado que lo ahogue, y creando las condiciones para construir poder con mérito propio. De otra forma, no nos quedará más que recordar a Jorge Luis Borges, citando a Grousset: “Los mogoles tomaron Pekín, pasaron a degüello la población, saquearon las casas y después les prendieron fuego. La destrucción duró un mes. Evidentemente, los nómadas no sabían qué hacer con una gran ciudad y no atinaban con la manera de utilizarla para la consolidación y extensión de su poderío”.