FMI: “La corrupción en América Latina sigue siendo excesiva”

26 de septiembre, 2017

FMI: “La corrupción en América Latina sigue siendo excesiva”

 

“La corrupción continúa acaparando los titulares en América Latina”, sostienen David Lipton, Alejandro Werner y Carlos Gonçalves en un artículo publicado hace pocos días en el portal del FMI. Y Argentina, claramente, no es una excepción. Enumeran Lipton, Werner y Gonçalves: “Los casos van desde los esquemas para ocultar activos que fueron revelados en los ‘papeles de Panamá’ hasta los escándalos de Petrobras y Odebrecht que han trascendido las fronteras de Brasil, pasando por los ocho ex gobernadores de estados mexicanos que están enfrentando cargos o condenas”.

 

¿Hubo una explosión de corrupción o, simplemente, se hizo más visible? La biblioteca está dividida y, en el fondo, poco importa. “La corrupción en América Latina sigue siendo excesiva”, sentencian los autores. Y no es sólo una cuestión de algún funcionario corrupto que acepta dádivas en beneficio privado. “La corrupción sistémica es tan endémica en la sociedad que para lograr modificar los comportamientos es necesario un gran cambio en las expectativas”, dicen las autoridades del FMI, que han incorporado la cuestión a su agenda prioritaria.  La corrupción, dijo hace poco la  número uno del FMI, Christine Lagarde, ya tiene envergadura macroeconómica.

 

“La corrupción puede ocurrir de diferentes formas. Puede darse en un nivel ‘elevado’ o político, y puede darse también a un ‘insignificante’ nivel burocrático. Cuando está tan generalizada y arraigada, la conducta corrupta puede convertirse en la norma. En estos casos sistémicos, la corrupción incluso puede incidir en la formulación e implementación de políticas y puede distorsionar decisiones regulatorias o de Estado”, explican.

 

“La corrupción continúa acaparando los titulares en América Latina”, sostienen David Lipton, Alejandro Werner (foto) y Carlos Gonçalves en un artículo publicado hace pocos días en el portal del FMI.

 

Existen formas de corrupción en niveles más bajos, explican, como la asignación de licencias y derechos de zonificación. “La corrupción puede ser iniciada por el lado de la oferta (insinuar un soborno) o de la demanda (pedir un soborno), pero en la práctica suele ser difícil separar las dos partes”, razonan los autores.

 

La trampa

 

“Si los costos sociales de la corrupción son tan altos, ¿por qué resulta tan difícil combatirla y derrotarla? En todo tipo de interacción social las percepciones y expectativas individuales son cruciales. Cuando la corrupción sistémica es la norma, la gente cree que las otras personas están aceptando u ofreciendo sobornos. Ante esto, alejarse de lo ilícito es costoso desde el punto de vista del individuo. Como lo demuestra el caso de Odebrecht, las empresas constructoras que ofrecen sobornos tienen más posibilidades de conseguir proyectos que las que no lo hacen, incluso si estas últimas son más eficientes. Además, ese equilibrio nocivo se autoperpetúa porque las empresas y los políticos pueden coludirse y usar el producto de anteriores actos de corrupción para conseguir otros beneficios en el futuro a expensas de los intereses de la sociedad”, sintetizan.

 

Las expectativas son claves. “Los países necesitan políticas enérgicas que cambien las percepciones de la sociedad, de tal manera que la corrupción se convierta en la excepción y no la regla. Y al disminuir la corrupción, los gobiernos podrán detectar más fácilmente a los que sigan siendo corruptos, ya que se destacarán”, dice Lipton, Werner y Gonçalves. “Se necesita es un impulso decisivo y en varios frentes, para poner en marcha una dinámica positiva que permita romper el equilibrio pernicioso. Las claves para lograr esto son un liderazgo firme y el apoyo de la sociedad”, arguyen. “Una vez instalada, la corrupción es difícil de erradicar”, amplían.

 

Midiendo…

 

La corrupción es difícil de medir, pero diversos indicadores de percepción de corrupción muestran una fuerte correlación entre sí. Todos indican que la situación en América Latina es más o menos similar a la de otras economías de mercados emergentes, pero mucho peor que la de las economías avanzadas.

 

“La corrupción puede ser iniciada por el lado de la oferta (insinuar un soborno) o de la demanda (pedir un soborno), pero en la práctica suele ser difícil separar las dos partes”, razonan los autores

 

Además, los promedios regionales ocultan un amplio grado de variación entre los países. Las percepciones de corrupción en algunos países, como Chile y Uruguay, son similares a las de economías avanzadas. Curiosamente, Chile y Uruguay también tienen buenas calificaciones en los indicadores de institucionalidad y buen gobierno, y presentan niveles de ingreso per cápita relativamente más altos. En el resto de la región los resultados no son tan buenos, y allí cae Argentina: comparte grupo con Perú, México, Ecuador y otros.

 

El costo

 

“Estudios anteriores han demostrado que la corrupción puede atrofiar el crecimiento sostenible e inclusivo. Con la corrupción sistémica, la capacidad del Estado para cumplir sus funciones básicas se ve minada, y los costos adquieren una importancia macroeconómica. Además, un mayor grado de corrupción tiende a ir de la mano de una mayor desigualdad. Entre los costos que suelen ser evidentes en partes de América Latina están un menor suministro de bienes públicos (algo que perjudica desproporcionadamente a los pobres), la distribución deficiente de talento y capital debido a incentivos distorsionados, niveles más altos de desconfianza en la sociedad y menor legitimidad del gobierno, mayor incertidumbre económica y menor inversión privada y extranjera”, amplían los economistas del organismo multilateral.

 

“Según nuestras estimaciones ilustrativas –dicen– una mejora de los indicadores de corrupción del cuartil más bajo a la mediana podría elevar el ingreso per cápita aproximadamente US$ 3.000 en América Latina a mediano plazo”.

 

¿Una oportunidad?

 

Como decían los griegos, las crisis son una oportunidad. “Las encuestas más recientes revelan que la paciencia del público se está agotando, y eso representa una oportunidad para los gobernantes”, dicen los autores. “Formular y aplicar una estrategia coherente para combatir la corrupción es una tarea difícil, que implica aprender de la experiencia que se vaya acumulando, y que además depende de las circunstancias del país y debe encajar dentro de un plan de desarrollo más amplio”, explican.