Litio, ¿una maldición o una oportunidad para el desarrollo?

Las oportunidades existentes para crear y desarrollar una cadena de valor en torno al litio son enormes, y no se agotan únicamente con la posibilidad –difícil, por cierto– de avanzar en la producción de baterías. ¿Cómo y hacia dónde debemos avanzar?

4 de mayo, 2016

Litio, ¿una maldición o una oportunidad para el desarrollo?

Por Sergio Woyecheszen (*)

El Nobel de Economía, Simon Kuznets, dijo alguna vez que había cuatro clases de países: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y Argentina. Siempre me pareció una frase ingeniosa, aunque plantea una paradoja que no resulta de fácil solución: la diferencia está en la industrialización. Ambos, los nipones y nosotros, iniciamos el proceso en la década de 1940, pero mientras en Argentina tuvo pasajes sumamente erráticos, con períodos de franco retroceso e incluso el abandono súbito en los ‘70 de toda política industrial, Japón logró compensar con creces su escasez relativa de materias primas en base de una planificación de sintonía fina, con metas de corto, mediano y largo plazos, leyes temporarias y permanentes de construcción, apoyo a la competitividad estructural y una aceitada estructura institucional.

Se podría llevar aún más allá el argumento y plantear que Japón pudo dar el salto a la industrialización precisamente por estar librado de la “maldición” de los recursos naturales, lo que le permitió forjar una estructura productiva y de inserción internacional con menor volatilidad de precios y una economía política menos sujeta a presiones rentistas.

El litio La clave, como venimos planteando en notas anteriores, estuvo y está en el rol del Estado. En concreto, ¿es una maldición que países como Bolivia, Chile o la misma Argentina cuenten con una extraordinaria riqueza en un mineral como el litio? Se trata de uno de los recursos clave para modificar la forma en que se genera, almacena, distribuye y se consumen energías renovables, con aplicaciones ya en marcha en lo que hace al desarrollo de baterías para teléfonos celulares, cámaras fotográficas y de video, computadoras móviles y hasta automóviles de propulsión eléctrica. Ciencia y tecnología, eslabonamientos productivos y medio ambiente. Desarrollo.

Nada por descubrir. Países como Estados Unidos, Canadá, y hasta China, han desatado desde hace tiempo una disputa por éste y otros minerales estratégicos (niobio, renio y cobre, entre otros). Y América del Sur se encuentra en una posición privilegiada para negociar los términos de este nuevo tablero geopolítico: sólo en litio concentra casi el 96% de las reservas mundiales.

Más allá de lo obvio

Las oportunidades existentes para crear y desarrollar una cadena de valor en torno al litio son enormes, y no se agotan únicamente con la posibilidad –compleja, por cierto– de avanzar en la producción de baterías. En un extraordinario trabajo coordinado por Federico Nacif y Miguel Lacabana (“ABC del litio sudamericano”: Universidad Nacional de Quilmes y el CCC Floreal Gorini, 2016), se detalla la situación geopolítica regional y las diferentes estrategias que se pueden generar alrededor de esta cadena.

El libro destaca los avances en la impulsión eléctrica, seguridad de los artefactos, innovaciones mecánicas y de control en los automóviles. El impacto en la agregación de valor que allí se refleja es notable: mientras la primera transformación (fluoruro y fosfato de litio) casi triplica el precio por tonelada de la extracción (cloruro, carbonato e hidróxido de litio), la segunda –sales complejas– lo multiplica por 12, acelerándose fuertemente en fases de mayor industrialización (cátodos, ánodos y sales de electrolitos).

Hablamos de nuevas aleaciones y soldaduras (en aluminio, por ejemplo), neurofarmacología y de mejoras en el secado del aire en la fabricación de artefactos de climatización, entre otros. No es solo inversión, empleo y divisas. Sino también –potencialmente– ciencia, tecnología y escala para plantear (a nivel regional, dada la magnitud de los proyectos) una diversificación productiva a través del desarrollo de proveedores especializados a lo largo y ancho de la matriz insumo, producto.

Ello requiere planificación, políticas de contenido local, (re)pensar las alianzas estratégicas entre los capitales que vengan a invertir y socios nacionales en materia de acceso a nuevas tecnologías de extracción y procesamiento, incentivos a la innovación y al desarrollo de proveedores especializados, entre otros.

Como primer paso cabe aprovechar la escala a nivel regional, así como los avances ya existentes en materia productiva y tecnológica (en componentes de aluminio, acero y aceros especiales y resinas termoplásticas, claves en la fabricación de baterías de litio), vital para acelerar el desarrollo de las capacidades internas en la fabricación de otros equipos (no solo para minería sino también aquellos orientados a la industria gráfica, textil y alimentaria, entre otras) y el aumento de la escala que viabilice inversiones tan costosas como necesarias en fundición, forja y mecanización.

Los avances que se vayan generando en las distintas tramas es esperable que induzcan, asimismo, un desarrollo mayor en software y –al menos parcial– en electrónica, de forma de generar oportunidades hacia dentro de determinados electrodomésticos, equipos de comunicaciones y una aún mayor automatización de procesos agroindustriales.

Se trata, en esencia, de una estrategia concreta para elevar la competitividad sistémica a mediano y largo plazos, dado que se trata de sectores transversales a todo el tejido productivo. Y de una muestra más que la maldición no pasa por contar con altas reservas de determinado recurso sino por la eventual ausencia de una economía política que lo convierta en una verdadera palanca al desarrollo.

(*) Economista y especialista en desarrollo industrial.