Crecimiento y desigualdad: un debate presente

El 1% de la población posee tanta riqueza como el 99% restante

25 de enero, 2016

Crecimiento y desigualdad: un debate presente

Vivimos una época en la que cada día se alzan más voces para criticar la situación de la distribución del ingreso y la riqueza. Los datos revelan que, si bien la pobreza global tiende a disminuir, la diferencia entre lo que se llevan los ricos y el resto ha llegado a límites moralmente perturbadores. Un reciente informe de la ONG Oxfam, por ejemplo, afirma que el 1% de la población posee tanta riqueza como el 99% restante. Más allá de las limitaciones metodológicas que puedan tener estos cálculos, cualquier rango de confianza a partir de estos números que contenga a la realidad debería ponernos en alerta.

El problema no es exclusivamente ético: muchos economistas destacados, entre ellos los influyentes Paul Krugman, Thomas Piketty y Joseph Stiglitz, han remarcado que una distribución inequitativa, además de ser injusta per se, puede afectar el desenvolvimiento económico. Un país muy desigual enfrenta todo tipo de obstáculos para crecer y desarrollarse en el largo plazo.

En Argentina, el problema de la desigualdad comenzó a agravarse desde mediados de los ’70. Luego de la crisis de 2001/2002 la situación fue mejorando pero, pese a una amplia cantidad de medidas sociales y a un elevado crecimiento del ingreso, la recuperación no fue suficiente como para alcanzar los estándares a los que se habían acostumbrado nuestros padres y abuelos. ¿Por qué?

El investigador del IIEP (UBACONICET) Guido Zack tiene una posible respuesta [1]. Encontró que las recesiones generan un deterioro sobre las condiciones sociales mayor en comparación a las mejoras que se logran con un crecimiento de magnitud similar. Así, las mejoras sociales generadas por un crecimiento económico del 10% pueden ser revertidas con una recesión menor al 7%. O, lo que es lo mismo, para revertir el deterioro social provocado por una caída del ingreso del 10% se necesita un incremento en el ingreso mayor al 15%.

Estos resultados dejan varias enseñanzas. Una es que el deterioro social posiblemente genere condiciones que hagan difícil a las familias que caen en la pobreza recuperarse rápidamente. La vida en estado de pobreza afecta la capacidad de las familias para conseguir salir de ella, y es común que los afectados caigan en una suerte de trampa donde todas las salidas para recobrar la situación anterior se encuentran cerradas.

La segunda implicancia es que, en general, las crisis son “pagadas” por aquellos que tienen menos recursos para afrontarlas [2]. En nuestro país, éste ha sido un detonante central del descalabro social, y siendo que Argentina ha experimentado tantas crisis, las políticas macroeconómicas destinadas a prevenirlas son prioridad porque contribuyen a limitar los efectos nocivos que tienen las recesiones sobre las variables sociales.

Finalmente, Zack descubre que, a pesar del fuerte crecimiento, la mayor parte de las mejoras sociales de 2003 a la fecha se deben a una mejora en la distribución del ingreso. Por lo tanto, las mejoras sociales son fácilmente reversibles, y desactivar las políticas desarrolladas específicamente a tal efecto no solo sería negativo sino también difícil de revertir posteriormente.

Los avances teóricos y empíricos en el análisis de la desigualdad y sus consecuencias deben ser tenidos en cuenta a la hora de elaborar políticas públicas. Y Argentina, un país signado por amplias fluctuaciones del ingreso con graves secuelas sobre la pobreza, tiene un doble desafío: sostener las políticas sociales y minimizar la probabilidad de crisis.