La posibilidad inédita de una transición ordenada

En la recta final hacia el balotaje

20 de noviembre, 2015

Casa Rosada Gobierno

(Columna de Juan Pablo Ronderos, Gerente de Desarrollo de Negocios de abeceb)

La economía argentina muestra uno de los escenarios más complicados que quizás pueda mostrar una economía: estancamiento con inflación. Este año nos encuentra con desbalances macroeconómicos en una zona de mucho riesgo y con todos aquellos factores que impactan en las dinámicas sectoriales, como marcos regulatorios fuera de línea y bajo una discrecionalidad incompatible con un clima de negocios próspero. Sin embargo, a pesar de esta situación preocupante, por primera vez en varias décadas en Argentina, existe la posibilidad de tener una transición económica, política y social ordenada.

Esta profundización de los problemas está íntimamente vinculada a una decisión de política económica que buscó generar un clima favorable en la sociedad de cara a las elecciones, sin medir las consecuencias, asumiendo que un gobierno de salida no tendría que pagar los costos. Un objetivo que se logró, si consideramos que desde las primarias hasta la elección de octubre el tema económico no estuvo en el centro de la escena de discusión entre los candidatos, ni entre las principales preocupaciones de la opinión pública.

Pero esta “economía de la felicidad” tiene costos. Así, el próximo Presidente se encontrará con: 1) un déficit fiscal primario de 5,5% del PIB, el más alto desde la década del ’90, 2) una política monetaria totalmente dominada por la política fiscal, como consecuencia de que la emisión es la principal fuente de financiamiento del Tesoro Nacional, 3) un nivel de reservas internacionales que es el más bajo en términos del PIB desde 2003, con una composición que genera dudas acerca de la situación patrimonial del Banco Central, y 4) un atraso cambiario insostenible para varios sectores de la economía, incluso para el agropecuario.

Oportunidades y desafíos

Sin embargo, existe en Argentina la posibilidad inédita de poder llevar adelante la transición desde el país de la discrecionalidad de los últimos años al de las posibilidades de la próxima década.

En primer lugar, porque muchos fundamentals no son malos para una economía emergente ni para los estándares históricos de nuestro país. Principalmente, porque la economía argentina hoy está desendeudada, y no solamente el sector público, en el que la deuda en manos de privados está por debajo del 15% del PIB. Sino también el sector privado, con empresas que en una gran mayoría muestran balances sanos.

En este mismo sentido, Argentina hoy no presenta problemas de hojas de balance, sin descalce de monedas, lo que hace posible que una devaluación del peso sea tolerable y no se rompa la cadena de pagos del entramado productivo. Además, el país cuenta hoy con una situación social cualitativamente superior, con niveles de desempleo bajos y una red de contención social a través de programas públicos muy amplia que hace que los riesgos de conflictos sociales sean hoy muy bajos.

Por otro lado, al haber estado fuera del mundo financiero por tanto tiempo y sin acceso a ningún tipo de crédito, Argentina cuenta con un stock de proyectos de inversión muy rentables tanto en términos privados como sociales.

De todas maneras, el desafío para el próximo Presidente es complejo. Si bien la posibilidad está disponible, no significa necesariamente que se termine cristalizando. ¿En qué puntos se debería trabajar para que este escenario base se vuelva realidad?

En primer lugar, reducir el déficit fiscal primario. El candidato obligado en este sentido es el gasto en subsidios al sector privado, en especial a la energía, que representa ¡4% del PIB! Es decir, 75% del déficit total. Con un ajuste de las tarifas al sector residencial, el próximo Gobierno puede ahorrar hasta 1,5% del PIB.

También será fundamental conseguir fuentes de financiamiento genuinas. Y para eso habrá que resolver el tema de los holdouts. Además, habrá que buscar financiamiento de organismos internacionales, y en ese caso también será necesario resolver el tema del artículo 4º con el FMI.

Con el problema fiscal resuelto, la política monetaria podrá recuperar parte de los instrumentos que hoy no puede manejar y podrá ser funcional a un plan integral en el cual un sesgo más restrictivo será ineludible, con tasas de interés más altas y agregados monetarios creciendo a una tasa menor a la inflación.

Normalizar los frentes fiscal y monetario sentará las bases para enfrentar la corrección de otro de los precios relativos clave de la economía: el tipo de cambio. El atraso cambiario se ha agudizado por la estrategia oficial de utilizar esta variable como ancla nominal para desacelerar la inflación, a lo que se ha sumado un ajuste fuerte en las monedas de nuestros principales socios comerciales.

Este plan integral para corregir los desequilibrios macroeconómicos tiene un frente clave: lograr que el traslado de devaluación a precios sea el menor posible. Con algunos precios que hace tiempo empezaron a fijarse mirando el tipo de cambio paralelo, la devaluación podría no llevar necesariamente a un aumento de estos bienes en igual magnitud. Pero la experiencia histórica en Argentina indica que esta tarea no es para nada sencilla.

Pero solucionar los desequilibrios macroeconómicos es condición necesaria pero no suficiente para volver a activar el crecimiento. En paralelo deberá actuarse sobre lo sectorial. Resolver la macro aliviará bastante, pero adentrarse en los sectores y sus problemáticas puntuales será clave para dar el impulso definitivo a la inversión y, por lo tanto, al crecimiento económico.

Para llevar a cabo este programa integral, que abarque tanto los desequilibrios macroeconómicos como sectoriales y de competitividad sistémica, no sólo bastará la capacidad técnica del futuro Presidente y su equipo. También será indispensable la capacidad de gestión, dada la dimensión de los desafíos que enfrentará para su implementación, así como la pericia política que posea para construir consensos en un escenario donde no habrá mayorías automáticas en el Congreso Nacional y, por ende, será imprescindible articular con otras fuerzas políticas para llevarlo a cabo.

Y estos son los riesgos más grandes al escenario base: la capacidad de cualquiera de los dos candidatos de gestionar los cambios necesarios con la cintura y capacidad política necesaria para controlar la situación social. Es en estos dos puntos donde se abren los mayores interrogantes de cara a la posibilidad de llevar adelante una transición ordenada.