La inserción del país en el mundo

¿Estrategia liberal o proteccionista?

13 de noviembre, 2015

mapa mundial democracia

(Columna de Maximiliano Mozetic)

En la década de los ’90, el déficit de balanza comercial se naturalizó. Las condiciones iniciales de hiperinflación y alto endeudamiento pesaron sobre la decisión de apertura irrestricta a los productos y capitales mundiales, importando precios inferiores a los de una industria argentina golpeada y poco productiva. El tipo de cambio real sobrevaluado terminaría destruyendo el modelo de la Convertibilidad por la imposibilidad de la economía de generar sus propias reservas en dólares.

En el polo opuesto, a partir de la crisis del 2001, no solo se han establecido medidas sobre las exportaciones e importaciones (aranceles, impuestos, restricciones físicas) sino también sobre el flujo de capitales (la obligación de algunas industrias de exportar en igual valor a lo que quieren importar y el control sobre la remisión de utilidades) y sobre la compra de moneda extranjera (control de cambios). Los tres principales objetivos fueron la financiación de un Estado altamente endeudado, la búsqueda de la industrialización por sustitución de importaciones y el sostenimiento de las reservas.

Algunas de las consecuencias negativas son el cierre de diversos mercados por el proteccionismo argentino, el faltante de productos e insumos básicos para la población y las industrias nacionales, y los precios exorbitados de productos nacionales de baja calidad. Gráficamente, si en los noventa era posible adquirir todo tipo de “clavos” del exterior, actualmente es imposible importar “clavos”.

Marco teórico y complejos agroindustriales

Conceptualmente, es relevante destacar el vínculo positivo entre exportaciones y crecimiento económico, haciendo hincapié en la cantidad de empleo de calidad que se genera. Sin embargo, ciertas importaciones son sustanciales para lograr las exportaciones deseadas, para alcanzar la frontera tecnológica y obtener insumos básicos requeridos por la sociedad (médicos, por ejemplo).

Se vislumbra la necesidad de crear una plataforma exportadora que produzca diversos productos que permitan sortear volatilidades en los precios y crisis externas, además de conseguir divisas. En este sentido, la abundancia relativa de recursos naturales en Argentina muestra el potencial que tiene el país en la producción de bienes alimenticios y energéticos. No sólo en la región pampeana sino también en el resto del país con las economías regionales, como la vitivinícola y la frutícola.

Estos menores costos relativos en productos primarios son la base donde desarrollar políticas estratégicas para adquirir nuevas ventajas comparativas en productos agroindustriales. Estas políticas estratégicas deben asociar el aumento del capital humano por medio de la capacitación y con el desarrollo de los complejos agroindustriales (clusters), siempre con el cuidado socio-ambiental adecuado.

Tengamos en cuenta que sobre el eslabón central agrícola-ganadero se unen nuevos eslabonamientos productivos industriales: “hacia atrás” la demanda de los clusters en insumos, tecnología y servicios de I+D y “hacia adelante” el procesamiento de los productos y los servicios comerciales y de distribución asociados. Además, el desarrollo de estos complejos permitiría frenar las migraciones de las zonas rurales hacia las ciudades (Samuelson, 1968).

La aglomeración de empresas permite la rápida difusión del conocimiento y aprendizaje productivo, tecnológico y de comercialización; atrae la demanda, permite la especialización y una mayor reputación, y brinda poder de negociación colectivo (Ramos, 1999). Respecto a la formación de los recursos, cabe resaltar la importancia del desarrollo de centros de investigación y estudios cercanos a los complejos.

Situados cerca de los recursos naturales o de los mercados, un punto importante para fomentar los complejos industriales son los costos de transporte (Krugman, 1998). En esta dirección, son fundamentales la inversión pública y privada en transportes de carga, puertos, rutas nacionales y transnacionales, y aeropuertos.

A su vez, considerando los encadenamientos que suscitan, es necesario un soporte financiero-crediticio para actividades inmaduras pero con rentabilidad en el mediano y largo plazo. Los mercados de futuros y las aseguradoras harán también un valioso aporte.

En la búsqueda de mercados internacionales para las MOA y MOI, las negociaciones internacionales son un medio indispensable para captar demanda, establecer acuerdos comerciales e integrar empresarios a nuevos mercados. La negociación en bloque (Mercosur) seguramente sea más favorable que individualmente, sobre todo cuando los intereses son comunes, pero no deberían descartarse las negociaciones bilaterales.

El Oriente cobra gran relevancia, en la medida que los países subdesarrollados tomen medidas para su propio crecimiento inclusivo y, entonces, la demanda de alimentos y sus derivados industriales debería aumentar.

Empiria y políticas públicas

Según datos del Indec, la Argentina tuvo una balanza comercial deficitaria en el acumulado 2010–2014 con Brasil y China (socios estratégicos) y con Estados Unidos y la Unión Europea (UE). Destacándose, por otro lado, el superávit logrado con la Alianza del Pacífico, el sudeste Asiático, Medio Oriente y Africa.

Respecto a la composición de las exportaciones argentinas, según Banco Mundial (promedio 2003–2013), 50% de las exportaciones de mercaderías fueron alimenticias, mientras que 30% fueron manufacturas.

Una posible explicación sea que el eje comercial internacional se ha desplazado hacia el este, sobre el Pacífico y el Indico, donde se fueron integrando numerosas capas de las poblaciones a los sistemas productivos, demandando alimentos, MOA e insumos para producir.

Las principales exportaciones de mercaderías de China, EE.UU y UE (promedio 2003-2013, BM) fueron manufactureras (más del 70%) con un gran componente de alta tecnología (entre 15% y 27% de las manufacturas). Por lo tanto, una apertura irrestricta dejaría a la Argentina sin muchas herramientas para competir en el ámbito manufacturero. A estas condiciones de desigualdad se suman los subsidios agrícolas y aranceles textiles de los países desarrollados, reclamos históricos de los subdesarrollados en la OMC.

A nivel macroeconómico, es importante alcanzar un tipo de cambio real competitivo. Alto pero cercano al equilibrio. Para esto debe tenerse en cuenta que no es posible controlar al mismo tiempo tipo de cambio nominal, tasa de interés e inflación. Alguna de estas variables ajustará hacia el equilibrio si no se producen cambios estructurales (expansión de la oferta agregada) en el mediano plazo.

Si prevalece el balance comercial positivo, para no caer en una apreciación innecesaria de la moneda, una opción estudiada es la de girar los fondos acumulados en moneda extranjera hacia el exterior o la de invertir en educación e infraestructura expandiendo la oferta agregada en el largo plazo (soluciones a la “Enfermedad holandesa”).

Respecto a la cuenta capital, es importante administrar los contextos financieros de alta liquidez. Las denominadas “bonanzas”. Como es sabido la rentabilidad financiera es superior a la real (Piketty, 2014), y esto perjudica a gran cantidad de proyectos de inversión de largo plazo. Resulta ser conveniente entonces pujar por una nueva arquitectura internacional, donde la volatilidad de los precios bursátiles y de los movimientos de capitales no desestabilicen las estructuras productivas ni se disocien fuertemente la inversión real del ahorro.

Finalmente, es crucial que las relaciones internacionales elegidas hagan converger a mejores condiciones laborales para los países involucrados, no sólo satisfaciendo la demanda. Un ejemplo contrario a esto es que la agricultura, principal fuente de exportaciones actuales argentinas, según el Banco Mundial (2012) generó directamente 1% del empleo total en la Argentina.