Cambios en los tres poderes

A pocos días de la mayor reconfiguración del poder político desde diciembre de 1983

18 de noviembre, 2015

Cambios en los tres poderes

La campaña presidencial entró en su etapa final. Con Mauricio Macri proponiendo un cambio que parece ser hoy un reclamo mayoritario, y con Daniel Scioli advirtiendo sobre los riesgos de ese cambio y proponiendo otro con más acento en las formas que en la política.

El gobernador bonaerense viene corriendo de atrás. Una de sus últimas posibilidades para acortar distancias era el debate del domingo 15. Un empate no le servía. Tenía que ganar con claridad pues, de lo contrario, se mantendría la tendencia actual que muestra a los votantes de Sergio Massa inclinándose mayoritariamente por Macri. Si el jefe de Gobierno triunfa finalmente superando holgadamente el 50% de los votos, como sugieren las encuestas, tendrá un arduo trabajo por delante. Habrá demostrado una gran capacidad para llevar adelante una estrategia acertada pero no podrá olvidar que en la primara etapa del ciclo obtuvo el 24% de los votos. Los 30 puntos que sumará a los originales tendrán una mirada más ambivalente.

El 22 de noviembre se cerrará un largísimo ciclo electoral al cabo del cual habrán cambiado –o estarán en vísperas de hacerlo– todos los poderes del Estado. Ese día se elegirá al próximo Presidente que asumirá su cargo el 10 de diciembre junto a muchos nuevos gobernadores e intendentes de ciudades importante del país. Será el mayor cambio de poder político desde diciembre de 1983. También ese día dejará su cargo el juez Carlos Fayt y habrá dos vacantes que deberán llenarse en la Corte Suprema. Será una buena prueba para mostrar con designaciones adecuadas una vocación por mejorar el funcionamiento institucional del país por parte del Presidente y un espíritu de búsqueda de acuerdos en el Senado.

En el Congreso cabe esperar una actividad moderada. La experiencia de los primeros años de gobierno de Raúl Alfonsín puede ser una buena guía para un eventual gobierno de Macri.

En marzo de 1984, el Senado rechaza el proyecto de reordenamiento sindical que impulsaba el Poder Ejecutivo y que había sido aprobado en Diputados. A poco de cumplir tres meses en el Gobierno, Alfonsín, que había vencido por primera vez al peronismo, era un referente internacional y estaba liderando la transición democrática, sufría una derrota política. Un segundo ejemplo: en noviembre se hace una consulta popular por el acuerdo con Chile. La posición afirmativa, que era impulsada por el Gobierno, varios partidos de oposición y, por supuesto, contaba con todo el apoyo de la Iglesia, obtuvo el 88% de los votos. Sin embargo, cuando el tratado llegó al recinto de Diputados fue aprobado por una mínima diferencia.

¿Qué se puede aprender de aquellas experiencias? Que a los inicios de un nuevo ciclo político no hay que impulsar leyes que generan fracturas, porque pueden desgastar innecesariamente (e incluso someterlo a una derrota) a un Presidente flamante cuando aún no está consolidado. La buena noticia es que ni del discurso de Macri ni del de Scioli se desprende la necesidad de impulsar cambios urgentes en la legislación. Las medidas que se discuten en estos días, como el levantamiento del cepo, la política cambiaria o la reducción de las retenciones no requieren un tratamiento parlamentario. Otra buena noticia es que en aquellos temas en los cuales será necesario sancionar leyes o modificar las existentes hay múltiples proyectos de legisladores de los bloques que serán opositores a partir del 10 de diciembre y que podrán ser tomados como propios por el nuevo oficialismo. Eso puede significar obtener apoyos significativos para esas normas. Como Macri reitera que uno de sus objetivos es reconciliar a la sociedad, sería una buena señal impulsar proyectos que logren el apoyo de mayorías sólidas en Diputados. No es aconsejable, al inicio de la gestión, impulsar proyectos que generen controversia porque las estructuras políticas siguen existiendo aun cuando pierdan una elección. El actual oficialismo puede llegar a fragmentarse si pierde, pero no se hará macrista.

El segundo ejemplo de 1984 sirve para entender que un aluvión de votos para un candidato y un clima de época favorable no barren con el conflicto político y, por lo tanto, sigue siendo hace necesario contar con alianzas permanentes y estructuras políticas sólidas. Un clima optimista en la sociedad no se traduce automáticamente en un comportamiento acorde en los distintos actores políticos y en el funcionamiento institucional. El voluntarismo –aplicado tanto a la economía como a la política– es riesgoso en estas épocas. Que Macri sea Presidente no implicará que automáticamente lluevan dólares y apoyos en el Congreso. A ambos habrá que ganárselos con una estrategia clara que tenga en cuenta las restricciones existentes.