El contexto global, la transición y el 2016

28 de agosto, 2015

Casa Rosada PIB

as Bolsas del mundo están en pleno sell-off y sin encontrar un piso sólido aún; el precio de las commodities, con un claro sesgo bajista y en mínimos de los últimos años; las reservas del BCRA son escasas (“el ratio reservas- PIB a 5,5%, un nivel muy bajo”, dice el consultor Federico Muñoz); el mundo crece poco y el comercio global está anémico; el país está afuera de los mercados voluntarios de deuda; la Fed está por endurecer la política monetaria; Brasil está en recesión y devaluando, y el tipo de cambio local se está atrasando aceleradamente. En criollo, está soplando viento de frente.

Los lectores más memoriosos podrán encontrar algunas similitudes con la antesala de la gran crisis de 2001. Afortunadamente, y pese a las similitudes señaladas, no estamos en esa situación. Hemos aprendido (algunas) cosas: tenemos poca deuda externa en moneda dura, no hay descalces de moneda, la situación social es sustancialmente mejor (aunque muy lejos de ser idílica) y no hay crisis de gobernabilidad.

Pero no hay mucho para festejar: el contexto global agarra al país, una vez más, en offside. Es decir, sin capacidad de absorber el shock externo. Por lo tanto, el contexto global amplifica los desequilibrios económicos subyacentes y ensombrece las prognosis sobre la transición y, también, sobre el 2016.

Finalmente, el mundo se nos cayó encima. ¿Profecía autocumplida? Los desenlaces recientes parecen darle la razón a la tesis del Axel Kicillof y apoyan su argumento de que el sesgo de la política económica debía seguir siendo anticíclica, es decir, apoyando la demanda agregada con todas las herramientas disponibles: la crisis global iniciada en 2007-2008 sigue vivita y coleando. “Lo que estamos viendo hoy es la misma crisis (…) Es inocultable: el mundo está para atrás”, dijo “Axel” en el Council of the Americas 2015.

Es cierto, el desempleo en el país sigue siendo bajo; el nivel de actividad, si bien estancado hace cinco años, está en un nivel alto y el consumo se mantiene (e incluso crece en el margen). Sin embargo, en el camino, el país se quedó sin buffers para amortiguar el shock. La demanda agregada se pasó de largo y ahora hay que ajustar todo en un contexto global más tacaño. Pero este Gobierno no lo hará. La demanda efectiva no se negocia. Problema, pues, para los presidenciables. Mauricio Macri lo anticipó en el Council of the Americas 2015: “Pinta que los tiempos favorables están cambiando”.

La transición y el 2016

Con todos estos ingredientes, y tal como sosteníamos en la última edición de El Economista, la magnitud del ajuste cambiario a realizar se agranda, so pena de ahogar aún más a los sectores transables orientados a la exportación o acrecentar la huida del peso y dejar al BCRA, ahora sí, sin reservas. Pero el economista Miguel Kiguel recuerda en su último libro (“Las crisis económicas argentinas”, Sudamericana) que los ajustes devaluatorios fueron hechos cuando no quedaba ninguna otra opción, es decir, se estiró el atraso cambiario hasta más no poder.

Los problemas están a la vista: las ventas al mundo están cayendo al 17%; el saldo comercial acumulado en los primeros siete meses del año es de apenas U$S 1.437 millones y será el más bajo de la era kirchnerista; las ventas de dólar ahorro están a la orden del día y la brecha cambiaria orilla nuevos récords.

Va de suyo que, como escribió esta semana José María Fanelli, “una de las tareas ineludibles del Gobierno que se haga cargo en diciembre será la de definir un régimen cambiario que sea adapte a las necesidades domésticas y a las restricciones de la economía global”. La gran pregunta es quién, cómo y cuándo. No son preguntas menores.