Silencios y aplausos

25 de febrero, 2015

(Columna de Carlos Leyba)

Una multitud pocas veces vista, bajo la lluvia y en silencio, marchó dolida – molesta y ofendida – en homenaje a un miembro de la Justicia muerto por causas que permanecen en la obscuridad y que, la mayoría imagina, difícilmente salgan de las sombras. Tristeza e impotencia. Los que mandan ignoraron o denostaron esa parte de la realidad mucho mayor que el casi medio millón de personas que caminaron la ciudad.

Cuando parte de la sociedad gana la calle, avisa que los mecanismos de representación se han debilitado. Que hay vías de comunicación que se han interrumpido. Para mantener vivos esos mecanismos del bien común, ¿no es acaso imprescindible reparar la comunicación y el sentido de la representación?

La cuestión Alberto Nisman, su acusación y su muerte, es grave (trascendente, difícil, peligrosa, embarazosa) y la manifestación que disparó exige que las herramientas de la construcción del bien común sean reparadas.

Sea por el déficit de participación de la ciudadanía en la formación de las decisiones fundamentales de la vida colectiva; sea por la incapacidad de comprender, por parte de los dirigentes electos, qué cosa es cumplir con el mandato de ser representante (algo muy distinto de ungido por mandato divino); o sea por la explosiva suma de ambos males; la voluntad popular y las decisiones estatales que afectan a la vida colectiva, no tienen hoy punto de encuentro imprescindible para sostener el bien común.

Transcurridas tres décadas de vida democrática es indudable que no hemos avanzado lo necesario ni en participación para formular ordenadamente la voluntad popular, ni el ejercicio por parte de los delegados de la tarea de representación.

La desaparición de los partidos políticos ha sido reemplazada por el vacío, y por el necesariamente efímero mecanismo de las “figuras conocidas” como depositarios de la voluntad popular. Esas “figuras” (imagen, forma) no se constituyen con participación de los que pasivamente los consagran. Y tampoco representan un contenido compartido. La vinculación es adhesión digital: me gusta, no me gusta. Los riesgos son enormes. ¿Se construyen voluntades colectivas de esa manera?

La política

Pues bien, sin partidos, sin participación, con el abandono del deber de representación, por acción o por omisión, todos los días avanzamos (o retrocedemos) en una dirección. La mayoría de las veces sin saberlo. Conocida o no, revelada o no, debatida o no, toda dirección implica un proyecto, una trayectoria, un rumbo, un destino.

Si la dirección fuera la consecuencia del consenso ampliamente mayoritario, entonces se trata de un proyecto propio: se cumple la idea de “Nación” en construcción, la idea del “Estado” como herramienta, y la de la “política” como promotora de las ideas para el consenso.

¿Qué nos pasa? La voluntad electoral se expresa cada dos años en la elección de miembros de un Congreso que se renueva parcialmente. En la última elección el oficialismo orilló el 30% de los votos, pero mantiene absoluta mayoría legislativa.

Cuando esa mayoría parlamentaria (más del 50%) difiere tan abiertamente de los votos recibidos (un poco mas del 30%) y cuando todas las encuestas revelan que el oficialismo ha perdido la voluntad de la mayoría de los ciudadanos; y aunque la voluntad mayoritaria se reparta entre varias “figuras conocidas” sin formar una mayoría nueva, se hace más que imprescindible que todas las decisiones que afecten el largo plazo (económicas, sociales, institucionales) sean formuladas sobre la base de un consenso que realmente represente una voluntad mayoritaria y estable. No escuchar el silencio del #18F es repudiar en los hechos la idea de consenso. Eso es grave.

Las decisiones contractuales con otros países u organismos internacionales (por ejemplo, OMC, Unión Europea, Mercosur, China, Rusia), conforman compromisos de largo plazo que modelan estructuras. No debe regir aquí la lógica de oportunidad sino la de una práctica de consenso. La adopción de rumbos de los que resultará muy gravoso dar marcha atrás deben contar con consenso. ¿Quién puede dudarlo?

En un escenario difícil como el retorno a la democracia del tercer gobierno de Juan Perón, quién sabía de la estabilidad de su mayoría, el fundador del movimiento que les dio los votos para llegar al gobierno al menemismo, al kirchnerismo y al cristinismo optó por la construcción de un programa de consenso con todos los partidos, las organizaciones sindicales y empresarias organizando el Pacto Social que se materializó en el Plan Trienal. Una lección abandonada que debería ser tenida en cuenta; nadie ha logrado la capacidad de convocatoria de Perón y, sin embargo, se siembran tempestades en su nombre.

Mientras cientos de miles de ciudadanos marchaban en silencio, con las vías de comunicación interrumpidas, una mayoría legislativa circunstancial avanzaba en la conformación del acuerdo internacional más importante de la Argentina de los últimos tiempos: China o el Consenso de Perkín.

El menemismo suscribió, de manera irresponsable, todos los instrumentos del Consenso de Washington, renuncias a la soberanía en la OMC, en los tribunales del CIADI y los convenios de protección de inversión. Pagamos con desindustrialización.

El posmenemismo que hoy conduce CFK no recuperó ninguna de esas concesiones, y ahora ha avanzado en el Consenso de Pekín. Un importantísimo legislador oficialista, señalaba, “lo hacemos por la urgencia de liquidez” y “sin planeamiento; no tenemos un programa de largo plazo”. La buena noticia es que algunos que conducen lo saben. Lo pésimo es que no hacen nada por reconducirlo.

Hoy el cristinismo no representa mucho más del 30% de la voluntad revelada en la última elección y la mayor parte de las encuestas. Minoría de votos que conforma transitoriamente una mayoría de legisladores, que siquiera comparten lo que se está haciendo y que, sin embargo, están comprometiendo un rumbo que ha sido trazado por las necesidades de otra Nación. Veamos.

El nuevo aliado

Hoy la economía china atraviesa colosales excedentes de capacidad de producción. La construcción residencial representa en China más de 25% del PIB; y hoy existen aproximadamente 50 millones de residencias vacías: ni vendidas ni alquiladas. Excedente de equipos y recursos para la construcción. De la misma manera la producción de acero en 2006 era un tercio de la mundial. Desde entonces la capacidad se multiplicó por tres y ahora es el 50%. Lo mismo está ocurriendo con otros productos industriales básicos. China tiene una imperiosa necesidad de colocar esos excedentes. Detrás de esa sobrecapacidad se encuentra el riesgo del empleo. China necesita crear 110 millones empleos en los próximos años para no enfrentarse a un peligroso excedente de mano de obra transformado en crisis.

Una consecuencia de esa situación es la promoción de exportaciones de alto contenido de productos básicos y de mano de obra. Esa es la razón nacional china de la “generosa exportación” de industria ferroviaria llave en mano incluidos durmientes y técnicos. En otras palabras, los términos de los convenios con la República Popular reflejan esas urgentes necesidades de la economía china, que no son necesariamente las nuestras. Y si se produce algún conflicto, por ejemplo, por tratar de revertir el factor dependencia, deberá dirimirse en términos de la justicia del invasor británico. Jaque mate.

¿En qué se diferencia este nuevo y “progresista” Consenso de Pekín del condenado, con razón, Consenso de Washington desde el punto de vista de su capacidad de estructurar negativamente (primarizar y endeudar) una economía?

El paradigma económico internacional que para la Argentina representó la reprimarización de su economía comenzó en la mitad de los ‘70 y se hizo doctrina con el Consenso de Washington, que tuvo como predicadores al BM, el BID y el FMI que lo hacían con “financiamiento condicionado”. “Te presto, mantenés tu electorado, y convalidás la estructura que me conviene”. El pacto del diablo. Una fiestita, facilidades financieras (deuda), desestructuraciones industriales (pobreza): un clásico.

Dos ideas centrales sostenían el Consenso de Washington. Primera, abolición de barreras proteccionistas, regulación a través del libre comercio. Segunda, la única racionalidad era la de los mercados interiores regulados por la tasa de interés, es decir, abolir los “precios sombra” y el planeamiento de largo plazo.

Así se liquidó la política de sustitución de importaciones y la política industrial. Desde entonces vivimos un proceso sistemático de desindustrialización, regresiva distribución primaria de los ingresos, baja del nivel de empleo de calidad, pobreza y desarrollo de la marginalidad en las periferias urbanas. El incremento sistemático de la componente construcción residencial implicó la asignación “no reproductiva del ahorro aplicado localmente”, mientras que la “fuga de capitales” completó el ciclo de esterilización reproductiva del excedente económico.

¿En qué puede, el Consenso de Pekín, alterar este patrón de subdesarrollo? En nada.

El aplauso quedará en manos de la vieja “Patria Contratista”, los empresarios de la construcción y la “nueva oligarquía de los concesionarios”. El silencio en manos de las industrias, y de las PYMES como las que fabrican durmientes, que ahora vendrán de China, y en la memoria del país que fabricaba locomotoras General Motors de exportación, con un alto porcentaje de integración nacional y ahora compra llave en mano a la búsqueda de los votos perdidos.

Este silencio también es de tristeza e impotencia.

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