¿El Gigante Asiático podrá evitar la deflación?

11 de febrero, 2015

¿El Gigante Asiático podrá evitar la deflación?

(Columna de Yao Yang, director del Centro Chino de Investigación Económica de la Universidad de Pekín, Copyright Project Syndicate 2015)

En su discurso en la reunión del Foro Económico Mundial de 2015 en Davos, el premier chino, Li Keqiang, reconoció que la economía de China está enfrentando fuertes vientos en contra. El crecimiento anual del PIB en 2014 fue de 7,4%, la tasa más baja desde 1990. Pero, para estabilizar el crecimiento económico, prometió que China “continuará aplicando una política fiscal proactiva y una política monetaria prudente”.

La desaceleración actual de China fue inducida por las políticas. Durante los dos últimos años, el Gobierno ajustó la política fiscal y monetaria, con la esperanza de compensar los efectos adversos del enorme paquete de estímulo que se aplicó en respuesta a la crisis financiera global de 2008. La intención del discurso de Li en Davos fue la de dar una señal de que el Gobierno chino no permitirá que la tasa de crecimiento siga cayendo.

El paquete de estímulo de China fue, por lejos, el más grande del mundo y el que se implementó de manera más efectiva. Estabilizó el crecimiento en China y moderó la contracción económica global. Pero dejó como secuela algunos problemas serios para la economía china.

Más importante aún, la economía del país se ha vuelto sumamente apalancada. Los precios de la vivienda se dispararon, los constructores de bienes raíces pidieron dinero prestado de manera negligente y los gobiernos locales se endeudaron muchísimo. En consecuencia, la masa monetaria en sentido amplio (M2) aumentó rápidamente y hoy es más del doble del PIB de China –uno de los niveles más altos del mundo–.

Sintonía fina

Esta abundancia de dinero hizo sonar las campanas de alarma para Li y el presidente Xi Jinping cuando asumieron el cargo a comienzos de 2013. El Gobierno desde entonces le puso un freno al crecimiento del dinero en circulación y comenzó a imponer límites al endeudamiento de los gobiernos locales. Se desaceleró la expansión monetaria. Se revisó la ley de presupuesto para permitir que los gobiernos locales emitan bonos de gobierno y su endeudamiento con los bancos comerciales se pueda monitorear desde cerca.

Estas políticas hicieron subir los costos de capital y el ajuste monetario, en particular, implicó un precio muy caro para los gobiernos locales y los constructores de bienes raíces. Como un crecimiento más lento los obliga a pedir más dinero prestado para pagar sus deudas, las tasas de interés suben y los empresarios en la economía real resultan perjudicados, lo que genera un mayor freno al crecimiento.

Un (nuevo) fantasma

Mientras tanto, los precios de la producción han venido cayendo, a la vez que los precios al consumidor se mantienen estables. Así, como gran parte del resto del mundo, China enfrenta el riesgo de una deflación. Por cierto, la presión deflacionaria global habría surgido mucho antes si China no hubiera lanzado su plan de estímulo de dos años en 2008, que impulsó la demanda de inversión y, por ende, demoró la caída de los precios mundiales de las materias primas. Ahora que finalmente se produjo la caída, la deflación interna se convirtió en una verdadera amenaza, particularmente en vista de la expansión fiscal interna más lenta.

Esta es la razón por la cual el Gobierno de China haría bien en recordar la crisis financiera asiática de 1997. En respuesta al famoso viaje al sur de Deng Xiaoping, que ofreció el impulso necesario para el proceso de reformas, la inversión aumentó rápidamente en la primera mitad de los años ‘90. Como resultado, la tasa de inflación anual de China se disparó a un pico sin precedentes de 24% en 1994. Las subsiguientes medidas del Gobierno para frenar la inflación podrían haber pergeñado un aterrizaje suave, pero la crisis financiera afectó a China duramente, lo que derivó en seis años de deflación.

La principal lección de la crisis financiera asiática –o, si vamos al caso, de cualquier crisis financiera– es que la deflación es la mayor amenaza para la recuperación. Como la crisis de 1997 estuvo confinada al este de Asia, China pudo escapar de la deflación después de unirse a la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Sin embargo, hoy las cosas son diferentes. Todo el mundo se encuentra atrapado en las garras de las fuerzas deflacionarias. Si China entra en el vórtice, sus socios comerciales esta vez no podrán sacarla. De modo que el interrogante clave para el Gobierno de China es si el país puede hacerlo por cuenta propia.

La política fiscal proactiva que Li prometió en Davos ayudará, pero la política monetaria también tiene que cambiar. El enigma que enfrentan las autoridades chinas es que la expansión monetaria no haría más que alimentar un alza de los precios de los activos, en lugar de resultar en mayores flujos de crédito para la economía real.

Los obstáculos solían ser los gobiernos locales y los constructores de bienes raíces zombis. Pero eso probablemente cambie este año. El endeudamiento de los gobiernos locales estará controlado de manera estricta, y el financiamiento de su nueva deuda provendrá principalmente de bonos del gobierno. Y, si bien la mayoría de los observadores creen que las ciudades de primer nivel de China (Pekín, Shanghai, Guangzhou y Shenzhen) todavía tendrán problemas en 2015 para digerir la enorme cantidad de viviendas que construyeron en los últimos años, mientras que algunas ciudades del segundo y tercer escalón ya tocaron fondo y empezaron a recuperarse.

China es el mayor país comercial en el mundo, lo que exige que los líderes chinos asuman una mayor responsabilidad para la salud general de la economía global. El paquete de estímulo poscrisis de China demostró la voluntad de las autoridades de hacerlo. De la misma manera, el esfuerzo antideflacionario del Gobierno ayudará no sólo a China, sino también al resto del mundo.