Vaca Muerta

¿La tercera puerta giratoria?

14 de noviembre, 2014

Vaca Muerta

(Columna de Carlos Leyba)

Argentina y Venezuela lideran, entre los grandes países de la región, el ranking de fuga de capitales, lo que es preocupante para sus pueblos no sólo por el inexorable impacto que tendrá sobre su futuro sino porque condiciona su presente. Nuestro país encabeza la lista. La estimación sobre el stock de capitales fugados del país no baja de US$ 200.000 M; cálculos consistentes lo ubican arriba de los US$ 350.000 M.

La estadística oficial establece en más de US$ 90.000 M lo fugado durante la gestión kirchnerista. La mayor parte lo hizo durante la presidencia de Cristina Fernández. La fuga es vieja pero no ha perdido los signos de vitalidad.

Estos números son cachetadas para el discurso habitual de la búsqueda de recursos procedentes del exterior como fuentes de bienestar. Entre quienes emiten ese discurso están los que señalan el éxito de las minúsculas magnitudes de la inversión de Chevron (US$ 1.500 M) para Vaca Muerta o el swap del equivalente de US$ 6.000 M que nos brinda la República Popular China, o los que prometen lluvia de recursos del exterior en el contexto político poselectoral.

Cuidar lo propio

Todos esos entusiasmos son lo más parecido al turbado razonamiento del borracho que buscaba la llave de su casa bajo la luz del farol de la esquina, aunque la había perdido en la mitad de la cuadra. Buscan afuera lo que se escapa desde adentro. El problema no es lo que no viene de afuera sino lo que se va desde aquí dentro. En otras palabras la cuestión es exactamente la inversa.

¿Cómo funciona la cabeza de los que piensan en qué condiciones ofrecer para que ingresen capitales y no atinan a priorizar el diseño de la oferta de condiciones para que los capitales locales no se vayan? Los compromisos con los acreedores externos hay que cumplirlos. Pero, primero, hay que cumplir con la condición esencial del funcionamiento de una economía sana que es el acumular productivamente todo el excedente generado en ella. Este es el primer desafío que enfrenta nuestro país: cómo lograr las condiciones para que el excedente del aparato productivo, todo el ahorro, se invierta en el país.

Cabe una aclaración: la fuga, además de la existencia del excedente generado en el país, para materializarse, requiere de la disponibilidad de dólares contantes y sonantes.

En efecto, desde la última dictadura, cuando comenzó el proceso de endeudamiento, hasta los tiempos del default y el canje, hay una correlación perfecta entre fuga de capitales y acumulación de deuda. Es decir, hasta el default y la renegociación de la deuda externa, la fuga fue financiada con endeudamiento. Fuga con endeudamiento significó que lo que nos comprometimos a pagar se fue al momento en que ingresaron los dólares del préstamo. Es decir, el país se quedó con una deuda externa y sin los recursos que supuestamente la deuda incorporaba. La fuga generó un pasivo sin contrapartida de activo. Más deuda externa y más fuga de capitales.

La segunda puerta

A partir del default y del canje, ese proceso de extrema perversidad se detuvo. Pero otro, ciertamente menos gravoso, lo reemplazó. Como hemos visto la fuga continuó pero, en esta etapa no la financió la deuda sino el superávit externo de más de US$ 150.000 M que se acumuló desde 2003 a la fecha. Ese superávit externo –uno de los famosos gemelos– es consecuencia, en términos criollos, de la soja o de la evolución del precio de las materias primas o de los términos del intercambio más favorables de nuestra historia económica.

Es bueno recordar que el incremento anual promedio del valor de las exportaciones, durante el período 2002-2007, fue de 17%. Pero los precios fueron los responsables de dos tercios de ese aumento y las cantidades sólo de un tercio. Entre 2007 y 2013 el valor de las exportaciones creció a un ritmo promedio del 6,5% anual, pero en este lapso las cantidades no crecieron y todo el incremento se debió a la evolución de los precios.

Conclusión: la fuga de US$ 90.000 M de estos años fue financiada por el boom de los precios de nuestras exportaciones. O puesto de otra manera gran parte de los beneficios de los términos del intercambio se fugaron. Si la deuda fue la primera, esta fue la segunda puerta giratoria.

En síntesis, los capitales fugados en estos años de bonanza externa se llevaron más de la mitad del premio que nos quedó de los precios de exportación y un tercio se lo llevó parte del pago de la vieja deuda externa. Queda claro que la fuga es insaciable.

Los números son concluyentes. Veámoslos de otra manera. Mientras el PIB por habitante creció 1,7% acumulativo en los treinta años gloriosos de 1945 a 1974, desde 1975 (año en que la economía se comenzó a diseñar para la deuda externa y ésta financió la fuga), el crecimiento anual acumulativo del PIB por habitante se redujo a un tercio de lo logrado en el período anterior: 0,6% acumulativo anual.

El estancamiento de largo plazo de la economía argentina se puede sintetizar en ese fenómeno: las puertas giratorias. Es decir, lo que ingresa sea por deuda externa o por términos del intercambio favorables, finalmente, se fuga. Los números son concluyentes. La deuda externa con fuga es parte esencial de la explicación del megaestancamiento acaecido hasta el default y el canje. Desde el default y el canje la deuda dejó de crecer. Pero la fuga continuó. Desde 2004 la fuga fue financiada con el excedente que generó, en síntesis, la soja.

El déficit energético obligó al cepo, y con él se frenó la velocidad de la fuga pero también la velocidad de la economía y seguramente también la de la generación de excedente.

Por lo pronto los indicadores de inversión, a lo que se aplica el excedente no fugado, señalan que, en lo que va del año, nos domina una declinación importante de los principales indicadores de inversión. Las construcción –que es la mitad de la inversión– estimada por medio de los despachos de cemento está en plena retracción y la otra mitad de la inversión, que corresponde a equipamiento, refiere una caída mayor si la medimos por la importación de maquinaria y equipo, que representa normalmente el 60% del rubro.

Las opciones

¿Qué hacemos con la fuga además del cepo? El “operativo retorno” no ha sido muy original y tampoco muy efectivo. Se trata del blanqueo todavía vigente e incluso solicitado por parte de la nueva oligarquía de los concesionarios (banqueros y contratistas). Este blanqueo ha demostrado – además de su esencial amoralidad– una notable ineficacia. Es que no son las condiciones de un blanqueo las que evitan la fuga y generan el retorno de lo fugado. Sólo evitan la fuga las condiciones económicas para la acumulación.

De 2004 a la fecha la tasa de inversión –según los nuevos cálculos del Indec– ha sido, en promedio, el 20% del PIB, monto que es absolutamente incapaz de generar la transformación del aparato productivo y un salto en la productividad y una mejora sustantiva de las condiciones de vida de los argentinos.

Como lo demuestran estos números, no son los recursos naturales los que limitan el desarrollo económico nacional, con todo lo que ello implica respecto de las mejoras sociales en materia de equidad y distribución. Lo que limita el desarrollo es la bajísima tasa de inversión, a lo que hay que agregarle la improductiva composición de la poca que existe (casinos, shoppings, etcétera).

Detrás de esto están las condiciones económicas de la acumulación, cuya ineptitud las pone de manifiesto la fuga. Este debería ser el eje de cualquier discusión sobre la política económica.

Acumular, la clave

Hoy sabemos que los recursos de la deuda externa ni los de los términos del intercambio más favorable de la historia argentina han servido para generar la acumulación productiva de todo el excedente. Eso es la fuga. Se trata de definir, y de lograr un consenso amplio, acerca de cuales son las condiciones necesarias, aquí y ahora, para un modelo de acumulación transformadora capaz de retener la totalidad del excedente.

Según un profundo estudio sobre la fuga de Jorge Gaggero, calificado tributarista comprometido políticamente con el kirchnerismo, los residentes argentinos poseen off shore riqueza por 9% más que el valor del PIB –ambas magnitudes medidas a dólares corrientes–. Un PIB anual entero duerme afuera. Lejos de ese cuadro amargo Brasil tiene “fugados” 24% de su PIB y Uruguay, 34%. No es poco. Argentina y Venezuela están en otra escala de “fuga” que, cuando alcanza esas dimensiones, tiene terribles consecuencias para la economía nacional.

Las vías de la fuga son muchas, algunas legales –giros admitidos por la ley de dinero blanco– y otras –importantes– ilegales y sofisticadas como los pagos de transferencia o burdas, como las que se derivan de la simple evasión tributaria.

Resulta sorprendente que no sea éste el tema principal de la discusión de política económica. No se trata de la cuestión de persecución del capital fugado, acerca de lo cual no hay la más mínima perspectiva positiva. Se trata de las bases económicas de la fuga: determinar cuáles son las condiciones necesarias para que los excedentes se apliquen al proceso productivo y no se fuguen.

¿Cómo podemos identificar las necesidades de acumulación de capital reproductivo? Desde la perspectiva del empleo, una sociedad que tiene al 25 o 30% de la población bajo la línea de pobreza, regiones en las que el promedio de ingreso por habitante es el 10% del de la Capital Federal, un tercio de los trabajadores en la informalidad, necesita de millones de planes de asistencia para mantener la paz social y tiene, excluyendo al sector público, sólo al 10% de las personas trabajando en sectores de “capitalismo desarrollado”, 60% trabajando en sectores de productividad media inferior o informales y un núcleo duro de desempleo muy importante, grita desesperadamente por más inversión.

Desde la perspectiva de los recursos no explotados, de la integración territorial necesaria para hacerlo, la demanda de inversiones es gigantesca. La tentación de dejar a un lado nuestro excedente para llevar a cabo esa tarea de acumulación es muy grande. Y es notable como, en el discurso, se acude a la demanda de capital externo para llevar a cabo esa explotación y se ignora el diseño de políticas para aprovechar nuestro excedente. Esto tiene profundas consecuencias en toda la trama de la sociedad.

Para terminar un ejemplo claro. Los ingresos de capitales y los resultados de la riqueza dormida en Vaca Muerta bien pueden ser la tercera etapa con la que financiaremos la fuga o bien la oportunidad para diseñar una política económica nacional de desarrollo, ausente desde hace cuarenta años. Estamos ante el riesgo de la tercera puerta giratoria.