La pobreza multidimensional

Un abordaje novedoso y necesario

9 de abril, 2014

La pobreza multidimensional

(Columna de Jorge A. Paz, economista, investigador del CONICET y del IELDE)

Colombia y México llevan la delantera en mediciones de pobreza en América Latina. En esos países, como en tantos otros en el mundo, ya existen mediciones oficiales de pobreza multidimensional. Esta nueva manera de pensar y medir la pobreza fue impulsada por Sabina Alkire, economista directora del Oxford Poverty & Human Development Institute (OPHI) de la Universidad de Oxford.

El planteo de Alkire es tan simple como acertado: la pobreza es mucho más que carecer de medios económicos para comprar bienes y servicios. Incluye privaciones de distinta naturaleza como el vivir en una vivienda inadecuada, carecer de acceso al saneamiento básico, procurarse la subsistencia con estrategias precarias (como la mendicidad, la caridad o el trabajo infantil), estar excluida/o de las instituciones que corresponden a las distintas etapas del curso de vida: la escuela, el mercado de trabajo, los ingresos monetarios y la seguridad social. Y así, la lista podría continuar. Esta forma de abordar la pobreza no es trivial para la acción.

Si la pobreza tiene distintas dimensiones, habrá distintas maneras de atacarla. Así, por ejemplo, los programas de transferencias condicionadas –como la Asignación Universal por Hijo (AUH) en la Argentina–, impactan sobre los ingresos monetarios de la población (por la transferencia) y sobre la educación de niñas, niños y adolescentes (por la condicionalidad). Sería inocuo, sin embargo, para otras dimensiones de la pobreza, como, por ejemplo, la vivienda, el saneamiento o la inclusión social a través del trabajo registrado. La medición, así concebida, proporciona conocimiento acerca de fortalezas y debilidades de la política pública de combate contra la pobreza y permite hacer más eficaz y eficiente el uso del presupuesto asignado a reducirla.

¿Cómo medir la pobreza multidimensional?

Medir la pobreza multidimensional requiere definir primero las dimensiones relevantes, identificar a los hogares que experimentan privaciones en esas dimensiones, y luego decidir cuántas privaciones consideraremos relevantes para catalogar a un hogar (y, en consecuencia, a las personas que residen en él) como “pobre” multidimensionalmente hablando. Hacer esto implica ceñirse a la información disponible, que no es poca.

Para la Argentina, podemos conocer, por ejemplo, cómo es el techo de las viviendas, el piso y la cantidad de cuartos. Podemos comparar estos últimos con la cantidad de habitantes para saber si hay hacinamiento, a la vez que saber si la vivienda tiene baño y acceso al agua de red, si el inodoro tiene descarga y cuál es la fuente de sustento cotidiano, si un plan social, la mendicidad o el trabajo callejero de niñas, niños y adolescentes. Afortunadamente, se pueden conocer éstos y otros detalles, lo que nos permite alcanzar una visión más o menos integral de las condiciones de vida y, por tanto, de las privaciones que experimentan los hogares del país.

Las jurisdicciones: algunos con pobreza africana

La pobreza oficial que reporta la Argentina valorizando la Canasta Básica Total (CBT) con el Índice de Precios implementado desde el año de intervención del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos es de 4,7%. Sin embargo, si se utilizan otros índices de precios, se concluye que la pobreza monetaria afecta en la Argentina al 18% de la población total. Pero ahí estamos todavía situados en el plano unidimensional. Consideramos pobre a una persona con ingresos insuficientes para adquirir los bienes que figuran en una “canasta básica” que deberían ser capaces de adquirir.

La pobreza multidimensional

Pensemos el problema de manera multidimensional. Agreguemos pues a la pobreza monetaria las privaciones en vivienda, en saneamiento, en estrategias de supervivencia y en inclusión social. Para hacer esto necesitamos incorporar veintiséis indicadores más, aparte del ingreso monetario de las familias. La situación es la siguiente: el 14% de las personas en la Argentina reside en hogares que tienen al menos 7 de 27 privaciones.

Pero lo dramático de esta figura es la disparidad regional. En la provincia de Salta el porcentaje de personas multidimensionalmente pobres llega casi al 38%, mientras que en Tierra del Fuego afecta a menos del 2% de la población (ver gráfico). Como visión general podría decirse que los distritos del NEA y NOA tienen niveles extremadamente elevados de pobreza, mientras que las regiones pampeana, patagónica y la ciudad de Buenos Aires, arrojan tasas muy bajas. Hace más abultadas la tasa de pobreza multidimensional la gran cantidad de población que vive de los subsidios (más del 35% en Salta), en viviendas con techo sin cielorraso ni revestimiento interior (60% en Jujuy), con baños sin inodoro (17% en Misiones); y en hogares con al menos un miembro que cobra menos que un salario mínimo (64% en Santiago del Estero).

Lo anterior es particularmente grave y llamativo en momentos en que el gasto para inclusión social ha venido aumentando fuertemente y llegando a ser quizá el más alto de la historia nacional. La buena noticia es que ahora, con los datos disponibles, podemos identificar y medir la magnitud del problema. En términos de acción una buena idea sería comenzar por achicar las brechas regionales, para lo cual sirven los indicadores presentados. Por ahora al menos, alcanzaría.