¡Al fin una discusión sustantiva!

Las retenciones y el modelo de país

21 de abril, 2014

¡Al fin una discusión sustantiva!

(Columna de opinión de Carlos Leyba)

Puede resultar una afirmación sorprendente, pero comenzó el debate de la campaña electoral centrado, por primera vez, en algunas ideas fundamentales acerca de la estrategia, de la estructura, de la dirección a imprimir a nuestra economía. Según anunció Eduardo Buzzi, líder de la Federación Agraria Argentina, el equipo que piensa por Mauricio Macri le ha propuesto a la Mesa de Enlace Agropecuaria, nada más ni nada menos que, como programa agropecuario, la eliminación de las retenciones a las exportaciones del agro. Con la aclaración de que, en el caso de la soja, será una rebaja de a cinco puntos porcentuales por año.

La idea no es nueva ya que, en cierto modo, tanto los economistas que asesoran a Daniel Scioli, como a los que militan alrededor de Sergio Massa, les han aconsejado públicamente la baja de las retenciones. Si bien en este último caso no hay un “programa”, hay declaraciones a favor de esa decisión. Pero, además, algunos que forman parte de UNEN han escrito en contra de las retenciones a las exportaciones procedentes del “bono de naturaleza de la economía argentina” que es el sector primario, el agro y los hidrocarburos. Caben las palabras estrategia, estructura, dirección, ya que la eliminación o la morigeración de las retenciones como programa, implica un diseño intencional de la economía nacional cuyas repercusiones son estructurantes a nivel productivo y fiscal, así como de la distribución del ingreso y del empleo.

Eliminar las retenciones para el sector primario (no sólo el agro sino también la minería) supone establecer un nivel del tipo de cambio que sólo haría posible las exportaciones de ese sector. Esto equivale a decir que, a medida que crece el valor agregado, la cantidad de trabajo, la densidad del capital y, al tiempo que se extienden hacia adentro los eslabones de la cadena de valor, no solamente no se exportará la producción nacional, sino que el mercado interno se abastecerá de importaciones. Vaya si lo sabemos. Esa es la estrategia del consumismo reaccionario que sólo se sustenta con la profundización de la primarización.

Somos pocos y nos conocemos mucho

La última gran experiencia de eliminación de las retenciones fue la ejecutada mediante la política de convertibilidad que, además de nacer con atraso cambiario, produjo una estabilidad de precios asociada a una gigantesca distorsión de precios relativos. El nivel general del índice de precios al consumidor, entre marzo de 1991 a enero de 2002, aumentó 58%, pero los precios de la indumentaria (mucho trabajo) cayeron en una década 15%. ¿Tuvimos un gigantesco salto de productividad del sector? ¿O más bien es el reflejo de la inundación importadora que produjo con aplausos de consumidores incautos la destrucción de trabajo, de saberes, de empresas y de capital? ¿Cómo evitar no recordar que el tipo de cambio de la convertibilidad, el de no retenciones, permitió que las importaciones de bienes producidos con salarios de hambre, un gigantesco dumping social, fabricaran la estabilidad de precios absolutamente ficticia de la década de la convertibilidad?

Sin duda, fueron anfetaminas para adelgazar. El cuerpo responde a la estética de modelo y el cerebro quema neuronas dando un salto atrás en el desarrollo industrial. Esta idea es la que está detrás de esa propuesta, “simpática” para el agro y la minería, el modelo de “chau retenciones”. Eso fue la convertibilidad, una de las tantas políticas de “estabilización” que atrasaron el tipo de cambio, que se acompañó con la supresión de las retenciones con la finalidad de que las importaciones hagan la tarea sucia de “bajar” algunos precios. ¿Por qué algunos?

Volvamos a los precios relativos. En ese período (1991/2002) los sectores cuyos precios crecieron más que los del nivel general fueron, por ejemplo, los de la “atención médica” –que entre punta y punta se duplicaron (crecieron 97%)– y los de “transporte y comunicación”, que crecieron 66%. ¿Por qué los precios de esos servicios crecieron tanto más que el promedio, y dramáticamente más que los precios de la indumentaria? La respuesta es simple: son bienes no transables y la barrera a la importación es, para ellos, normativa o natural. No requieren, en ningún caso, de protección vía tipo de cambio o aranceles.

Proponer la eliminación de las retenciones, dada la imposibilidad de superar los niveles de los aranceles ya comprometidos, implica –para sostener el mayor número posible de eslabones en la cadena de valor productivo– un nivel de tipo cambio tan alto que generaría una inevitable declinación del salario real. Por otro lado, es extremadamente difícil encontrar ejemplos, en la historia económica nacional, de una situación fiscal holgada que, con esta estructura impositiva y más aún con esta estructura económica actual, haya sido posible sin retenciones. La tercera cuestión es que no es serio anunciar los lineamientos fundamentales de una “política agropecuaria” sin desarrollar, al mismo tiempo y con una visión sistémica, los lineamientos de las demás políticas sectoriales y de la política global. Si lo hubieran hecho, los que piensan por Macri, habrían desnudado las consecuencias de esas promesas.

Otras propuestas

¿Por qué es tan importante mencionar lo inapropiado de la eliminación de las retenciones y de proponer una política agropecuaria sin tener en cuenta los demás sectores y un enfoque global? Es que desde siempre, y desde que Marcelo Diamand lo puso en blanco y negro, nuestra economía es una de “dos velocidades”. Veamos. El “bono de la naturaleza” con que nos premió el Creador y la cultura de la producción rural, que forjaron el ejemplo y el pensamiento desde Juan Manuel de Rozas y José Hernández, hicieron del sector agropecuario argentino el más productivo del planeta.

Pero no tuvimos una clase política que, con contadas excepciones, comprendiera lo de Carlos Pellegrini de que “sin industria no hay Nación”. Por lo tanto, las políticas de industrialización sufrieron enormes retrocesos, una suerte de stop and go estructural, que destruyeron los avances logrados en los períodos industrialistas, que los hubo y que tuvieron éxitos comprobados. La consecuencia de ello es una economía de dos velocidades que, sin “compensaciones”, genera desequilibrios en el comercio exterior, en el empleo, en la distribución del ingreso e inclusive en las cuentas fiscales.

La primera de esas economías es la del sector agropecuario supereficiente que por su enorme productividad, basada en la cultura y la innovación y no sólo en la calidad y disponibilidad de los recursos naturales, logra superar la debilidad de la infraestructura (sin trenes, sin caminos, sin silos, sin puertos) y los efectos negativos de la baja productividad sistémica. La segunda es la del sector industrial que, con excepciones, no acumula –por las contramarchas– la memoria productiva que genera la “cultura industrial” y que sufre las mismas limitaciones de infraestructura y de ausencia de productividad sistémica y, además, la baja densidad de capital en una economía que no tiene crédito ni moneda. El sector agropecuario, además, puede ahorrar en stocks y genera una moneda física.

En síntesis, la economía de dos velocidades, se ejemplifica con la metáfora del esquiador que tiene una pierna más larga que la otra, ¿cómo hace para esquiar sin suplemento en la pierna corta? El desequilibrio le impide esquiar. Tenemos ejemplos frescos.

Visión integral, se busca

Esta economía desequilibrada cuando crece genera un descomunal déficit comercial externo de la industria. Y ese déficit se lleva puesto el excedente del sector agropecuario. Pero la ausencia de interés en invertir en la actividad industrial invita además a la fuga del excedente que queda después de pagar el déficit comercial. Eso es lo que pasa ahora y es lo que pasó muchos veces en la Argentina. Nuestra propensión a contagiarnos la enfermedad holandesa. ¡Pero hoy tenemos retenciones! Sí. Es una condición necesaria pero no suficiente. Con un tipo de cambio atrasado para la industria, las retenciones son sólo un aporte fiscal, y sin política industrial, las retenciones no se transforman en un aporte para la estructura productiva. Así estamos.

La alerta, además del déficit comercial, es el desempleo de los jóvenes. Según el Ministerio de Economía, cuando se presentó el programa Progresar, el desempleo de los jóvenes llegaba al 18,2% de la población económicamente activa. Más allá de la razonable duda que todos los datos oficiales generan, esa tasa más que duplica las de Alemania y Japón. Lo relevante es compararse con los que están mejor. ¿Somos conscientes que los jóvenes son la columna vertebral del capital humano y que, como la nueva maquinaria, son esenciales para el crecimiento de la productividad?

Hoy el deterioro fiscal es evidente, y el desempleo de los jóvenes, la ausencia de inversiones y el déficit comercial externo de la industria conforman una hipoteca gravosa para los años que siguen.

Sin duda que el sector primario, por su productividad y por su alentador panorama internacional, puede ser la fuente genuina de financiamiento de esa hipoteca. Pero sin retenciones es imposible formular un programa de desarrollo industrial que aplaque las diferencias de velocidades de ambas economías. Que las retenciones no bastan es evidente. Pero también es evidente que ellas son necesarias para tener el tipo de cambio que permite llevar a cabo una política industrial transformadora. Que sólo son una condición necesaria también es evidente. Y hoy más que nunca. Las retenciones necesitan estar incluidas en un programa global para el agro, que necesita una lógica administración de las mismas y no una lógica destructiva como la actual; y un programa para la industria y para la infraestructura que sea un todo coherente. Es obvio.

Pero también es obvio que si los elencos económicos que rodean a los dirigentes políticos, militen donde militaren, tienen –tanto en el actual oficialismo como en la actual oposición– la cabeza formateada con el canon que nos ha llevado a la decadencia de los últimos cuarenta años, hay poco para ser optimistas. ¿Dónde están los heterodoxos serios y los industrialistas formados? Detrás de los líderes actuales no aparecen. Pero por lo menos hay quienes ofrecen propuestas para un debate. ¡Qué bueno sería que desde la política alguien se haga cargo del pensamiento de Carlos Pellegrini que, por cierto, fue el de Juan Perón! Entonces se perfilaría el liderazgo de grandes hombres, como explicaba José Ortega y Gasset.