Los banqueros centrales

Y la tentación del crédito

14 de febrero, 2014

Los banqueros centrales

(Columna de Simon Johnson, ex economista jefe del FMI, profesor de la Escuela Sloan del MIT e investigador superior en el Instituto Peterson de Economía Internacional. Project Syndicate 2014)

El sistema bancario se ha convertido en el talón de Aquiles de gran parte de los banqueros centrales. Esto puede parecer paradójico ya que, después de todo, el término “banca” define sus funciones. Sin embargo, muchas de los economistas que actualmente son importantes funcionarios de los bancos centrales construyeron sus carreras durante los años ochenta y noventa, cuando amenazaba el riesgo de inflación. Por ello, la inflación, en lugar de la regulación y la vigilancia bancarias, sigue siendo el principal tema de interés de las inquietudes intelectuales y prácticas de dichos funcionarios.

Asimismo, parte de la experiencia formativa de muchos banqueros centrales en el último lustro ha sido la necesidad de evitar un potencial colapso de la producción, objetivo que incluyó, entre otras medidas, impedir una caída de los precios. Este objetivo se ha logrado porque han estimulado el crédito, independientemente del efecto que eso pudo haber tenido sobre la estructura o incentivos en el sector bancario. No es una sorpresa que los banqueros centrales de ahora continúen mostrando deferencia a aquellos que dirigen bancos privados importantes. Los bancos centrales tienen un gran control sobre la oferta de dinero de una economía, y puedan afectar tasas de interés de una amplia variedad de créditos y títulos.

Sin embargo, los bancos del sector privado son los que se encargan de los créditos y de prestar, al mismo tiempo que también tienen responsabilidad en aspectos importantes del funcionamiento de los mercados financieros. Así pues, un objetivo central de los responsables del diseño de políticas en los Estados Unidos, Europa y muchos otros países es mantener operando a los megabancos mundiales y garantizar su rentabilidad. Aunque a menudo esto significa que los banqueros centrales son condescendientes con los ejecutivos de estas firmas.

Otros casos

José De Gregorio, presidente del Banco Central de Chile de 2007 a 2011, es una excepción notable. En su publicación “How Latin America Weathered the Global Financial Crisis”, combina historia reciente y perspectiva personal para ofrecer un análisis fascinante de cómo poner en aplicar un set de políticas más equilibrado –en mercados emergentes y más en general también–.

El trabajo de De Gregorio tiene mucho de la macroeconomía convencional, incluido el valor de una política fiscal minuciosa y la ventaja de mantener un tipo de cambio flexible guiado principalmente por la oferta y la demanda del mercado. Cuando los países se comprometen con un tipo de cambio fijo (digamos, respecto al dólar estadounidense), las firmas y las personas se sienten alentados a solicitar créditos en moneda extranjera (como el dólar) a fin de asegurar lo que típicamente son tasas de interés más bajas.

Sin embargo, dicha percepción puede resultar rápidamente una trampa. Cuando hay salida de capitales de un país –como sucede ahora en algunos mercados emergentes– puede ser útil que el banco central permita una depreciación de la moneda para contribuir a impulsar las exportaciones y reducir las importaciones. No obstante, si los prestatarios de un país tienen mucha deuda denominada en dólares, la depreciación puede ser ruinosa.

De Gregorio aborda muy bien todos estos temas –y también analiza la importancia de la suerte–. El crecimiento chino en 2009 y después fue relativamente vigoroso, lo que mantuvo altos los precios de las materias primas. Esto benefició a Chile –un importante productor de cobre– y gran parte de América Latina.

Con los bancos

Sin embargo, lo realmente sobresaliente del trabajo de De Gregorio es su análisis de la banca. El elemento clave es el apalancamiento, o cuánto pueden endeudarse los bancos según su capital (equity, en inglés), y la tentación a la que se enfrentan los responsables del diseño de políticas de permitir a los bancos endeudarse más, en particular en épocas de vacas gordas y cuando el valor de los activos está aumentando.

Los ejecutivos de los bancos grandes a menudo quieren incrementar el apalancamiento de sus instituciones, típicamente porque tienen varias formas de garantía –en particular, seguro de depósitos y acceso al financiamiento de bancos centrales en condiciones ventajosas–. Además, otro incentivo es que sus remuneraciones se basan en los dividendos del capital, no ajustados al riesgo. El peligro para los bancos centrales es que los subsidios implícitos que se ofrecen a las instituciones financieras más importantes no se calculan en ningún presupuesto. Además, también es difícil medir la acumulación de riesgo en el sistema financiero que conlleva un apalancamiento más alto y, además, probablemente surgirá pocos años después (incluso cuando ya haya terminado el mandato del presidente de turno del banco central).

La perspectiva de De Gregorio difiere de muchos de sus colegas en otros países porque ve claramente los riesgos de permitir a los bancos hacerse más grandes y que apliquen lo que llama estrategias “inteligentes” que necesitan de un apalancamiento significativo. Un alto apalancamiento crea riesgos macroeconómicos, incluso para el equilibrio fiscal cuando deben cubrirse las garantías implícitas. Al mantener niveles más bajos de deuda en bancos y otras firmas del sector privado, se reduce la vulnerabilidad a shocks. En un período de auge esto puede parecer irrelevante, pero como sabe De Gregorio, muy a menudo y en momentos inesperados, la presión sobre los mercados emergentes –y países más ricos– retorna. El crecimiento basado en un gran apalancamiento resulta típicamente ilusorio.

Y con todo, la ilusión sigue seduciendo a los responsables del diseño de políticas. Es por esto que el libro de De Gregorio debe ser de lectura obligatoria para todos los banqueros centrales.