¿Queremos lo que hacemos?

La planificación que falta

27 de febrero, 2014

¿Queremos lo que hacemos?

(Columna de Carlos Leyba)

Según el Indec el sector de la actividad económica que más creció, en términos reales, entre 2003 y 2012 es el de la intermediación financiera. Se multiplicó por tres. ¿Qué tal? Ninguno le tocó los talones. ¿Quién deseó que la intermediación financiera fuera la estrella? ¿Un sistema de préstamos que no brinda créditos puede ser el elegido?

La devaluación le ha generado ganancias espectaculares. La posición dolarizada de los bancos (a noviembre de 2013) era de más del 60% de su patrimonio. Fueron obligados a pesificarse después de la devaluación. ¿Alguien en el oficialismo –dejando a sus banqueros a un lado– habrá imaginado tamaña transferencia? Difícil.

Las Lebacs al 28% anual pagadas por el BCRA, montadas sobre patrimonio y liquidez gratuita (cuentas corrientes, cajas de ahorro), serán un dolor de cabeza para los banqueros a la hora de presentar balances con ganancias increíbles. ¿Alguien imaginó que la energía y los sectores más alentados por la política (automotriz, electrónica, electrodomésticos) fueran un dolor de cabeza en la cuenta de importaciones? El camino del infierno está tapizado de buenas intenciones. Sin pensamiento estratégico difícilmente se llegue al cielo.

Los caminos y los focos

¿Cuál es el problema? Un periodista presentó a un invitado como “un economista preocupado por el largo plazo”. La referencia implicaba que él distinguía entre dos clases de economistas –y de economía– según el plazo de reflexión. En su presentación, la economía “real” era la del corto plazo, y los economistas, consultores o gurúes y funcionarios, dedicados a comentarla o conducirla, hablaban de la realidad inmediata: la de la superficie que se ve. La otra economía, en ese contexto, era secundaria; era la economía “para después”, una economía “irreal”. Y los ocupados en esa temática, habitualmente académicos pero ningúno funcionario, habitaban las nubes de Ubeda. Sus preocupaciones resultaban irrelevantes. El concepto de que “el día a día” es lo importante y que el futuro puede esperar, no sólo es un error sino una desgracia. William Shakespeare alerta: “Una desgracia va siempre pisando las ropas de otra: tan inmediatas caminan”. Error de periodistas, de la política, de los colegas y de la clase dirigente, al menos en los últimos cuarenta años.

Ese error es una desgracia que ha arrastrado a muchas otras y así nos fue. ¿Por qué? Veamos.

¿Qué cosa es el futuro? “El futuro no es lo que va a venir, sino lo que nosotros vamos a hacer” (Henri Bergson, filosofo). “Lo que nosotros vamos a hacer”. Definición que derrumba la pretendida dicotomía entre la economía del corto y del largo plazos. El juicio acerca de lo que hoy se hace no tiene sentido en función del presente. ¿Qué valor tendría? Sólo tiene sentido en función del futuro. Estamos instalados en el largo plazo. Lo patético de los dirigentes de dos generaciones, en estas cuatro décadas, es que no sólo han suprimido el largo plazo como la razón central de sus ocupaciones, sino que lo han borrado de sus preocupaciones. Sin tener en cuenta el futuro, simplemente, no sabemos, no saben, lo que estamos haciendo. Es lo que nos pasa en todas las dimensiones de la vida social y no sólo en la economía (pobreza, demografía, educación, recursos naturales, etcétera).

Pensar desde el Estado

En economía la evidencia de esa carencia del futuro es la expresa decisión de este Gobierno y de la Alianza, del menemismo, del radicalismo y de la dictadura, de suprimir la función de pensar en estos términos, organizada y sistémicamente, desde el Estado. Tuvimos muchas generaciones que se alimentaron de futuro.

Las últimas fueron las que comenzaron con el Consejo Nacional de Posguerra, inspiradas por Juan Perón. Culminaron treinta años después con el Instituto Nacional de Programación Económica (INPE, ex CONADE) durante la tercera presidencia de Perón. El concepto, pensar el futuro y definir las políticas en función de él, fue eliminado del diccionario de la política por la dictadura militar de 1976 y nunca más fue repuesto.

Desde entonces gobiernan las políticas de instrumento y – en todo caso – de un solo objetivo. Claro que se han vivido, en estos cuarenta años, episodios que – para distintos sectores – se han identificado como períodos de bonanza. Claro que sí. Y también es cierto que –para distintos sectores– se han vivido retrocesos. Con distintas políticas de corto plazo, finalmente pasan las bonanzas y se llega al sosegate como consecuencia de haber definido políticas sin tener en cuenta, no las nubes de Ubeda, sino “lo que vamos a hacer” como Bergson llama al futuro.

El presente

Miremos los problemas que hoy enfrentamos. La crisis energética es la principal causa, no la única, de los malabares que se llevana cabo en materia de divisas. Desde que asumió Néstor Kirchner (2003) la producción de petróleo y de gas no dejó de bajar. El gas natural producido en 2003 fue de 51 millones de metros cúbicos y en 2013, de 41,7 millones de m3. En 2003 se produjeron 43 millones de metros cúbicos de petróleo crudo y en 2103, 31,3 millones. Un derrumbe sistemático de la producción. Lo que pasa no es una novedad. Por otro lado el porcentaje de producción local (integración) de la industria automotriz en 2003 fue igual o superior al de 2013. Y más o menos lo mismo ocurrió con la industria electrónica.

La demanda de energía, de automotores y de productos electrónicos creció, pero ese crecimiento no sirvió para generar políticas de mayor producción local de petróleo y gas, ni para generar políticas de integración industrial productiva de los bienes cuyo consumo se estimulaba. La Presidenta cree que el consumo por sí genera inversiones pero, en realidad, sin más política de futuro genera importaciones. Esto no es una novedad. La desintegración de la industria empezó antes de 2003 y fue una política deliberada desde 1975.

Pero desde 2003, muchos años y recursos, no se hizo nada que haya tenido resultados en materia de integración sectorial. Responsabilidad de todos. Los dos presidentes K y de todos sus jefes de Gabinete, ministros y demás, muchos de los cuales hoy se oponen con entusiasmo a lo que ellos contribuyeron. Lo mismo cabe para la política energética. En síntesis, el déficit energético nos cuesta, sólo en combustibles, US$ 6.000 millones netos al año, y en las Manufacturas de Origen Industrial (MOI) la friolera de US$ 30.000 millones por año. El material de transporte terrestre nos cuesta US$ 7.000 millones de importaciones netas por año; los bienes de capital, US$ 20.000 millones y Tierra del Fuego, un festival de US$ 4.400 millones. Párrafo aparte merece el esperpento ferroviario de la importación a full, sin nada más, de trenes para resolver la crisis de transporte. Inexplicable.

El resultado de esa falta de vocación por pensar en “después”, en el “futuro” y, concretamente, en “lo que vamos a hacer”, ha derivado en cuestiones graves. De persistir esta ausencia de pensamiento en profundidad habrá un final no deseado.

Pensar y evitar

El modo de pensar acerca del futuro de los últimos cuarenta años es lo que no ha cambiado. Y ese es el problema central de nuestra clase dirigente. La prueba material es la suma de problemas verificados que pudieron ser evitados. La falta de acción complementaria y de previsión es la clave. Seguimos sin un módulo de pensamiento estratégico dentro del Estado; y con una decidida vocación de no planificar y menos de concertar, lo que implica un intento infantil de desalojar al futuro. El futuro llega. Hoy los subsidios energéticos y de transporte montan la friolera de $120.000 millones orientados básicamente a los sectores medios, altos y metropolitanos de la sociedad argentina.

¿Hay alguna respuesta con sentido a esta concreta orientación de subsidios a favor de la concentración urbana y a la concentración del ingreso? Es obvio que no. Como tampoco está la respuesta a la ausencia de políticas de integración productiva industrial, en los sectores cuya demanda se alentó ni a la generación de energía requerida para solventar el crecimiento. Nadie deseó que esta década tuviese como estrella a la intermediación financiera; ni a la pérdida del autoabastecimiento petrolero; ni al déficit industrial por la continuidad de la desintegración de las cadenas de mayor consumo. Ocurrió y era más que obvio que ocurriría.

El camino del infierno está tapizado de buenas intenciones. Las buenas intenciones eficientes obligan a tener un plan –pensamiento estratégico – y a no vivir obsesionados por el paso a paso. Lo que ha durado estos cuarenta años, con nombres diferentes, es el desapego por el futuro o de la idea de Nación como proyecto de vida en común. En esas condiciones hasta los mejores terminan haciendo lo contrario de lo que querían hacer. ¿O no?