Mejorar la calidad educativa

Las pruebas PISA

6 de diciembre, 2013

Mejorar la calidad educativa

(Columna de Matías Carugati, economista jefe de Management & Fit)

Desde hace tiempo nadie discute que mejorar el nivel educativo de la sociedad es fundamental para el desarrollo del país. En el campo estrictamente económico, fortalecer la enseñanza es positivo para el crecimiento, ya que se mejora la productividad y adaptabilidad de la fuerza laboral a shocks de oferta –tecnología, por ejemplo– y de demanda, se estimula la innovación y se fomenta la competitividad. Básicamente, invertir en educación estimula el crecimiento de largo plazo, ya que se acumula capital humano y se mejora la productividad total de los factores.

Las pruebas PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos) son una interesante forma de analizar los resultados de la política educativa. Estos exámenes son administrados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) cada tres años en 65 economías, midiéndose los conocimientos de estudiantes de quince años en matemática, lectura y ciencia.

Los resultados de las pruebas son utilizados como un indicador básico respeto al nivel educativo aunque, como toda herramienta, tiene sus falencias. ¿Realmente se mide la calidad de la enseñanza? ¿Esta sólo es medible cuantitativamente? ¿Cómo se refleja el aporte social de la educación?

Así todo, este instrumento tiene dos ventajas importantes: permite analizar la dinámica temporal de un sólo país y también posibilita la realización de comparaciones relativamente homogéneas entre países. Los resultados de las pruebas PISA 2012 reflejan que la performance de los estudiantes argentinos se mantuvo prácticamente inalterada respecto de la medición de 2009. Con una perspectiva un poco más amplia, los puntajes de las evaluaciones se correlacionan bastante con el ciclo económico: fuerte baja entre 2000 y 2006 (el país no participó en 2003), seguida de una sostenida mejora entre 2006 y 2009, para mantenerse en el mismo nivel desde entonces. Entre puntas (2012 versus 2000), el país demostró progreso en ciencias, estabilidad en matemática y deterioro en lectura, con el agravante de que uno de cada cuatro estudiantes argentinos tiene dificultades para comprender lo que lee, lo que dificulta su futura inserción productiva en el mercado laboral.

A nivel global, la Argentina figura entre los “peores alumnos”. El país no sólo se encuentra entre las economías de peor performance, sino que también retrocedió en todas las áreas desde la última medición. El desempeño de los estudiantes argentinos dejó al país en la posición 60 en matemáticas (55 en 2009), 60 en lectura (58 antes) y 58 en ciencias (57 antes). Con puntajes prácticamente estables, esta caída se debe a la mejora relativa del resto de los países de la muestra.

No obstante, antes de sacar conclusiones definitivas hay que tener en cuenta que la mitad de los países incluidos en la evaluación (33) son desarrollados según el FMI, ubicándose entre los puestos 2 y 45. En este sentido, la comparación está sesgada a favor de este grupo de economías. Teniendo en cuenta el nivel de desarrollo económico, el desempeño argentino tampoco es descollante.

Entre las 32 economías en desarrollo que participan de las mediciones, la Argentina figura en el puesto 26 en matemáticas, 28 en lectura y 25 en ciencias. Dentro de la región, el país está por detrás de Chile, México, Uruguay, Costa Rica y Brasil, superando por cierto margen a Colombia y Perú. Teniendo en cuenta la relación positiva entre nivel educativo y nivel de desarrollo (los países más ricos no sólo son desarrollados gracias a su calidad educativa, sino que también disponen de mayores recursos para invertir en ella), la performance argentina en las pruebas PISA debería llevarla a la posición 45 en la escala global (doce entre los emergentes), lo que es otra forma de analizar el desempeño del país en este aspecto.

Las pruebas PISA también reflejan que invertir más en educación no es suficiente. Suponiendo que el gasto público en educación mide la importancia que el Estado le otorga a la cuestión y que los resultados de las pruebas PISA también son un indicador aceptable de la calidad educativa (aunque razonables, ambos supuestos son relativos y muy discutibles), podríamos darnos cuenta que invertir mucho no es sinónimo de invertir bien. La inversión del Estado en educación para los primeros diez países del ranking global en matemáticas (para los que se cuenta con información del Banco Mundial) es de 4,7% del PIB, mientras que en la Argentina se invierten más de 6 puntos del PIB. Ese nivel de esfuerzo fiscal supera con creces la inversión de Singapur, Hong Kong, Corea o Japón, economías con los mejores puntajes en las pruebas PISA.

El Gobierno se preocupa por la educación, pero los resultados no son los que se podrían esperar dada la inversión realizada. Con todas sus falencias, este tipo de herramientas constituyen un buen punto de partida para replantear el futuro de la política educativa. Aunque no es cuestión de hacer “borrón y cuenta nueva”. Muchas iniciativas gubernamentales han sido (y son) positivas para mejorar la inclusión educativa: la obligatoriedad de un período escolar mínimo de 180 días, la garantía de una asignación presupuestaria no menor al 6% del PIB, los incentivos de la AUH, el acceso a nuevas tecnologías del programa Conectar Igualdad, entre otras.

Pero queda claro que con aumentar la inclusión de los niños dentro del sistema educativo y sostener a éste último material y financieramente no alcanza. Para asegurarnos un mejor futuro económico y un desarrollo social más armonioso, con más inclusión, equidad y oportunidades, la sociedad necesita un debate amplio y profundo respecto a la enseñanza que les brinda a sus niños. Que este tema no haya sido parte central (ni siquiera secundaria) de la reciente campaña electoral refleja lo lejos que estamos de mejorar las notas del país.