La economía y la felicidad

Un área de estudio en crecimiento

6 de diciembre, 2013

La economía y la felicidad

(Columna de Jorge A. Paz, economista, investigador del CONICET y del IELDE)

En la Argentina estos son tiempos de coyuntura en los que, quizá, la cotización del dólar pesa más que la tasa de crecimiento de largo plazo. No obstante, es bueno recordar que en términos económicos el fin último es la manera en que las unidades económicas (personas, hogares, firmas y países) satisfacen sus necesidades con recursos escasos. De esto se desprende, casi lógicamente, que las unidades económicas traten siempre de maximizar la satisfacción que obtienen de los bienes que consumen, con el uso de recursos de que disponen. Entonces la pregunta es por qué causa risa la creación del Ministerio de la Felicidad que promovió el gobierno venezolano.

Si nos atenemos estrictamente a una definición, se podría sostener que la economía es la ciencia que estudia las formas en que las unidades económicas (personas, hogares, firmas y países) logran la máxima felicidad usando recursos escasos. Así lo entendió hace ya más de tres décadas Bután, el pequeño país que mide la prosperidad de su población a través de los principios de la Felicidad Interna Bruta (FIB) que, a diferencia del Producto Interno Bruto (PIB), incluye no sólo lo económico, sino también la salud espiritual, física, social y ambiental de sus ciudadanos.

La insatisfacción con el PIB

El problema es antiguo pero no, por ello, falto de vigencia. Medir el nivel de vida de los países usando el PIB per capita es casi folclórico. Claramente, esto nos permite decir, por ejemplo, que entre Noruega y Sierra Leona hay una gran diferencia, dado que un ciudadano noruego percibe en promedio US$ 45.000 al año (comparables), mientras que un individuo similar en el segundo percibe sólo US$ 150 por año. Y así como usamos el PIB per capita para medir “desarrollo” o “bienestar” hacemos lo propio para evaluar el crecimiento de nuestras economías: apelamos a la tasa de crecimiento del PIB per capita, sorprendiéndonos al constatar que China, Singapur o Corea del Sur fueron capaces de crecer a tasas superiores al 10% por año, y que Angola, Níger o Nicaragua vieron disminuido su producto per cápita entre 1960 y 2000.

¿Qué tiene de malo todo esto? Absolutamente nada, y de hecho, estos fueron y son los indicadores usados normalmente en las negociaciones internacionales, en las decisiones de los países y de los organismos internacionales para conceder créditos y ayuda a los procesos de desarrollo de los países, principalmente de los países de menor nivel de desarrollo relativo.

Pero en los años ’80 y ’90 –y debido quizá al efecto de las reformas promercado que hicieron muchos países en el mundo–, aparecieron contribuciones de diversos economistas (Raúl Prebisch y Amartya Sen, entre ellos) destacando la insuficiencia del PIB per cápita para mostrar lo que pretendía mostrar: el bienestar de las poblaciones. Después de largas y extensas discusiones, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) propuso el Indice de Desarrollo Humano (IDH) como una medida que permitía captar dimensiones no económicas del proceso de desarrollo, principalmente salud y educación.

Mediciones alternativas

La Argentina salió favorecida de este debate. En lo económico jamás el país se destacó, al menos en la etapa de fuerte crecimiento de la posguerra. Entonces, al apelar a una medida multidimensional, el país quedaba frente al resto del mundo mejor parado vis-à-vis con la posición ocupada según el PIB per capita. Sirva como ejemplo, la Argentina ocupa la posición 45 en el ranking de países medidos por el Indice de Desarrollo Humano (IDH), uno de los indicadores que contempla las dimensiones económica, salud y educación.

Si se elimina la dimensión económica (se consideran sólo la salud y la educación) sube cinco puestos y ocupa el lugar 39. No obstante, en el año 2010, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), organismo encargado de computar y divulgar el IDH, introdujo correcciones incorporando la desigualdad en la distribución del ingreso, de la salud y de la educación. Con esto, la Argentina cayó 8 puestos en el ranking mundial, pasando del 45to. al 53er., al igual que varios países de América Latina y el Caribe.

El Indice de Prosperidad

Una alternativa al IDH es el Indice de Prosperidad (IP) que surge de un estudio que elabora el Instituto Legatum de Londres y que clasifica a un total de 142 países. Este índice recolecta datos de fuentes tales como la consultora Gallup, la Heritage Foundation y el Foro Económico Mundial. Cada país es clasificado por 89 variables clasificadas en ocho dimensiones: la economica, el espíritu empresarial, el gobierno, la educación, la salud, la seguridad, la libertad personal y el capital social.

Puesto ocupado por los países de América en el ranking de prosperidad mudial (142 países)

Fuente: Legatum Prosperity Index (http://www.prosperity.com) 2013 Report

La economía y la felicidad

La posición de la Argentina en el IP es la misma que en el IDH: ocupa el puesto 45, aunque en este caso de 142 naciones. Pero se aprende más de la desagregación dimensional del índice. La Argentina puntúa muy bien en libertad personal (puesto 32) y salud (puesto 42) y muy mal en economía (puesto 57) y peor aún en gobernanza (puesto 92). Dentro de esta última dimensión se incluye la confianza en el gobierno, en la Justicia y la eficacia gubernamental.

Las enseñanzas de Bután bien podrían aplicarse a la Argentina. Los líderes mundiales reunidos en Doha hacia fines de 2012 recomendaron tener en cuenta el enfoque holístico del desarrollo, presente en la construcción del FIB de Bután, y dijeron que podría ser replicado en todo el mundo. Los principios básicos del desarrollo integral fueron así puestos en el corazón de las políticas públicas y los resultados de los últimos veinte años de Bután son más que prometedores.