Continuidad o desarrollo

La elección para los próximos dos años

2 de diciembre, 2013

Continuidad o desarrollo

(Columna de Santiago Massía y José Anchorena, economista y director de Desarrollo Económico, respectivamente, de la Fundación Pensar)

Los recientes cambios en el Gabinete Nacional, en particular el desplazamiento del secretario de Comercio, junto a la declaración de la necesidad de fortalecer la oferta de divisas, el tibio reconocimiento de la inflación –a través del eufemismo de variación de precios–, o lo que sería un principio de acuerdo con Repsol por el resarcimiento de la expropiación de YPF, han abierto nuevamente el debate acerca de las posibilidades de que el Gobierno ataque finalmente los desequilibrios que viene acumulando.

Desde una perspectiva más general, esto sirve de disparador para indagar sobre la agenda que debería seguir el Gobierno durante los próximos dos años de mandato. En este sentido entendemos que se abren, al menos, dos opciones.

Dos caminos

En primer lugar podría darse un cambio más cosmético, con un estilo de gestión menos confrontativo combinado con acciones de política que no ataquen estructuralmente los desequilibrios existentes. Específicamente, esto podría incluir cierta moderación fiscal y monetaria –a partir de modificaciones en el margen en la política de subsidios–, una tasa de devaluación oficial que se aproxime a la inflación y, eventualmente, allanar el camino para una vuelta a los mercados voluntarios de deuda.

En este marco, lo más probable es que el crecimiento de la actividad económica y el empleo continúen, en el mejor de los casos, con una trayectoria apenas discreta. En este escenario difícilmente los indicadores sociales puedan exhibir mejoras sustantivas. El gran interrogante que se abre es si la intensidad y el timing de estas medidas alcanzarán o no para revertir la crisis en cámara lenta que atraviesa la economía argentina, teniendo en cuenta que las reservas internacionales representan apenas 6,9% del PIB –en 2007 daban cuenta de 17,7% del PIB- y 57% de la base monetaria –en 2007 ese ratio alcanzaba el 157%-.

La segunda opción tiene relación con atacar los desequilibrios más de raíz, esto es, otorgarle credibilidad a las estadísticas públicas, darle consistencia a la política monetaria y fiscal –cortando con la dependencia financiera del BCRA– y focalizar subsidios a los sectores más vulnerables. En este contexto, los pilares para el desarrollo de la inversión privada, el crecimiento, la creación de empleo y la reducción de la pobreza serían más fuertes.

Está claro que la probabilidad de que el Gobierno decida ir por este camino resulta acotada. En primer lugar porque no está claro que los cambios de Gabinete ensayados surjan como respuesta de la dura derrota del oficialismo en octubre. En segundo lugar, un giro de política como el antes sugerido se encontraría limitado por el dogmatismo autoimpuesto por el Gobierno. Esto incluso ha sido admitido por los flamantes funcionarios, quienes descartaron cualquier cambio abrupto en la gestión de política económica.

El largo plazo

De esta manera, las grandes cuentas pendientes acumuladas en materia económica seguirían sin ser atendidas. En este sentido, es esperable que se continúen reeditando debates que han sido largamente zanjados como, por ejemplo, el rol de la política monetaria para alcanzar la estabilidad de precios.

Al mismo tiempo, otros temas quedarán postergados en el debate de políticas públicas. El mejoramiento de la calidad educativa, la necesidad de contar con una infraestructura adecuada a los desafíos del Siglo XXI sin perder de vista los importantes desafíos todavía pendientes –uno de cada dos hogares no cuenta con servicios de cloacas y el 25% de las viviendas muestra una situación deficitaria–, la profundización de una red de asistencia social para que se transforme en una plataforma de igualación de oportunidades o el fomento a un sistema nacional de innovación, insumo indispensable en una estrategia de desarrollo de largo plazo, son algunas de las cuestiones que deberán esperar para ser atendidas.

Dicho de otra manera, mientras la discusión continúe entrampada en cuestiones elementales, la agenda de desarrollo de largo plazo continuará postergada y, con ella, la posibilidad de que el país ingrese de una vez por todas en un sendero de prosperidad. Una vez más, el Gobierno tiene que elegir entre profundizar las recetas implementadas desde 2007, aproximadamente, con las consecuencias conocidas, o reencauzar la política económica.

Otra vez debe decidir entre el proyecto kirchnerista y el desarrollo argentino. Por los pocos cambios, por la dirección de esos cambios y por las palabras emitidas por la Presidenta, todo indica que elegirán el proyecto sectario. A pesar de esas intenciones, ese proyecto se diluirá. Lamentablemente, en el trayecto, habremos perdido preciado tiempo en el desarrollo del país.