La Argentina y Venezuela

Una economía que ya probó de nuestra sopa

2 de agosto, 2013

La Argentina y Venezuela

(Columna de Martín Tetaz, economista, profesor de la UNLP y la UNNoBA, investigador del Instituto de Integración Latinoamericana (IIL) y del Centro de Estudios Distributivos Laborales y Sociales (CEDLAS). Twitter: @martintetaz)

Cuando se miran los últimos 50 años de historia económica en los países latinoamericanos, emergen algunas regularidades que resultan interesante observar. Contrario a lo que muchos creen, los shocks en el PIB de la Argentina se correlacionan fuertemente con Venezuela y no tanto con Brasil.

Tomando la cuarta diferencia en los logaritmos del PIB, tal y como recomiendan J. Frankel y K. Rose para separar la tendencia del ciclo, nuestra economía presenta una correlación de 0,71 con la bolivariana y de tan sólo 0,31 con Brasil. Semejante similitud tiene que ver con una característica estructural que, aunque no es igual, termina produciendo efectos similares.

Como es sabido, Venezuela es un país fuertemente dependiente del petróleo,que representa el 25% del PIB y el 96% de sus exportaciones. Esa centralidad explica la mayor parte de su crecimiento económico desde 1999, cuando asumió Hugo Chávez y la cesta petrolera cotizaba entre US$ 9 y 11 por barril, prácticamente una décima parte de sus valores actuales. Según datos del Banco Central de Venezuela, las exportaciones petroleras se multiplicaron por 5,6 veces en ese lapso pero, tal como puede verse en la composición de su PIB, el país no ha aprovechado la enorme ventaja de los precios internacionales tan favorables para aumentar su densidad productiva y desarrollar la industria.

En moneda constante, la tasa de industrialización (manufacturas/PIB) pasó de 16,6% en 1999 al 13,9% en 2012. De modo que si los precios de las commodities revirtieran su tendencia, encontrarían a la economía completamente desarticulada y sin capacidad productiva.

Comparaciones

En la Argentina, por su parte, las exportaciones de productos primarios sumadas a las de manufacturas de origen agropecuario representan el 57,6% de las ventas al exterior y tienen un peso menos significativo en el total de la economía: 11,3% del PIB. Aunque se multiplicaron por 3,6 desde 1999, lo real es que aquí el impacto en el ciclo no viene tanto por su contribución a explicar las variaciones del PIB como por su aporte para sortear la restricción externa que condenó el devenir de la economía de nuestro país a 60 años de stop and go.

Siempre en moneda constante, nuestra tasa de industrialización, si bien no sufrió la crisis venezolana, tampoco mostró haber aprovechado los años de bonanza para cambiar la estructura productiva porque el 15,9% del PIB que hoy representan las manufacturas, es apenas inferior al 16,3% que ostentaban en 1999. Aunque esa diferencia bien puede deberse al deflactor utilizado para estimar el PIB real de los servicios que, como bien me explicara recientemente Javier González Fraga, es obvio que sobreestima su valor real.

Las coyunturas

Ahora bien, si los ciclos se correlacionan tanto y la estructura económica ha experimentado un devenir similar, resulta más notable aún la similitud en lo coyuntural. En Venezuela, la fuga de capitales empezó en el 2002 pero las reservas crecieron hasta el 2008, porque el aluvión de petrodólares fue más que suficiente para compensar la desconfianza y la incertidumbre. Desde entonces, sin embargo, la fuga ha drenado US$ 24.000 millones y, aunque el cepo impuesto por el Gobierno logró frenar la caída en 2012, Nicolás Maduro no es Chávez y en lo que va del 2013 ya se han perdido US$ 2.642 millones, dejando las reservas en US$ 24.642 millones.

La consecuencia de la salida de dólares, igual que en la Argentina, generó una brecha entre el dólar oficial y el paralelo que rondaba el 88% hace un año pero ahora, crisis política (y emisión monetaria) mediante, el dólar oficial cotiza a 6,30 bolívares y en el paralelo se consigue sólo a 35 unidades de la moneda local. El frente monetario también está complicado. Mientras que el país tuvo una tasa de inflación del 19,4% entre julio de 2011 y mismo mes del año pasado, el aumento de los precios fue del 41,8% en los últimos doce meses y la aceleración es tal que en el último mes los precios vuelan al 65,9% anual, en un contexto en que buena parte de la canasta del IPC (combustibles y transportes) continúan congelados en niveles que los hacen prácticamente regalados (llenar el tanque sale 50 centavos de dólar al tipo de cambio oficial).

Allí también, curiosamente, la política económica en materia antiinflacionaria parece estar dominada por una heterodoxia a la Argentina. Hace exactamente dos años (el 18 de julio del 2011) Chávez firmaba el Decreto 8.331, “Ley de Costos y Precios Justos”, que en sus considerandos sostenía que “los abusos flagrantes del poder monopólico en muchos sectores de la economía han originado que la base de acumulación de capital se materialice en los elevados márgenes de ganancia que implica el alza constante de precios sin ninguna razón más que la explotación directa e indirecta del pueblo”.

¿Diferencias?

Todo esto en un contexto en el que la base monetaria se expande al 70% anual, lo venía haciendo al 22,4% en julio del año pasado. Y es entonces cuando la similitud se acaba porque es verdad que, aunque el Gobierno Argentino repitió los errores del cepo cambiario y de la expansión monetaria que pretendían endógena, en los primeros seis meses de este año el BCRA aumentó la base monetaria sólo 6,4% mientras que en similar período del año anterior venía inflándola al 14,2% (terminó el 2012 en 35,1%), aunque buena parte de esa emisión era para comprar divisas y ahora ese concepto ha caído drásticamente.

Lo cierto es que la dinámica interna de precios en nuestro país, como lo acaba de demostrar un reciente informe de Elypsis, muestra fuertes subas que prácticamente han eliminado todo lo ganado por el congelamiento de los primeros meses del año. La inflación de supermercados, registrada por la página inflacionverdadera. com, en los primeros 22 días del mes de julio del año pasado mostraba una velocidad de 23,49% por año, pero en el mismo período de este año los precios vuelan al 56,39%, siendo el valor más alto desde diciembre del 2007, momento en que se empezó a construir la serie. Por supuesto, resta ver, en los próximos 60 días, si se trata de una aceleración para recuperar los aumentos que no pudieron hacer durante el acuerdo de precios de Guillermo Moreno o si se ha librado una puja distributiva de peligrosas consecuencias.

El BCRA siempre ha sostenido que hacía política monetaria endógena (en la demanda motivo transacción) y que, por ello,debía emitir si los precios subían para evitar un encaramiento del dinero que genere una recesión. Si cumple con su palabra (o si debe emitir para financiar el gasto electoral que se avecina) vendrá una segunda ola de inflación monetaria y los resultados de octubre (con escala el 11 de agosto) determinarán si el Gobierno se debilita y la Argentina converge a la realidad venezolana, o si amortigua la caída electoral y tiene éxito en esquivar su karma.