Volveré y seré…Cedin

"Siempre se vuelve", decía Gardel

8 de julio, 2013

Volveré y seré...Cedin

(Columna de opinión de Carlos Leyba)

Carlos Gardel lo cantó en Volver (“Aunque no quise el regreso siempre se vuelve”), pero advirtió que volver tiene algo de “frente marchita” y por eso dijo: “Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve”. Siendo que lo sabemos hace casi un siglo, insistimos en “volver”. Con un canal de TV o 18 años convocando a que “Perón vuelve” o “luche y vuelve”. Pero también con promesas (“Volveré y seré millones”) de los sueños juveniles traducido por algunos en volver con millones. La idea del retorno responde a “lo mejor no está por venir” sino a que lo mejor ya pasó.

El grito antipolítico y anárquico de que “se vayan todos” sucumbió porque las puertas de salida resultaron giratorias. La sentencia de Sir Francis Bacon “lo nuevo es lo que ha olvidado” se traduce, en estas pampas políticas, en que todo vuelve envasado como nuevo pero sin transformación. Así el porvenir tiene más de “por volver” que de “por venir”. Recordemos esa negación del tiempo que recitara Aníbal “Pichuco” Troilo: “Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio ¿Cuándo? … ¿Cuándo? … si siempre estoy llegando”.

Personas e ideas que vuelven

La frase del título, con el debido respeto, se puede atribuir al colega Domingo Felipe Cavallo. Los hechos confirman que siempre vuelve. En las próximas elecciones es candidato al Congreso de la mano de los hermanos Rodríguez Saá, Adolfo, que reemplazó a Fernando de la Rúa, lo eyectó del Ministerio pero no terminó con la convertibilidad; legalizó el default de la deuda privada. Era inevitable ante la escalada de costos y denegación de ayuda que acorraló a Domingo. El que lo sacó lo trae. Durante la presidencia de Raúl Alfonsín, Cavallo ingresó al Congreso de la mano del peronismo y dejó atrás el haber sido funcionario y banquero central de la dictadura. Después fue la figura económica más importante de los ’90, y estabilizó los precios a base de endeudamiento mediante la convertibilidad a razón de 1 dólar 1 peso. Casi todos los peronistas de hoy fueron entonces vigorosos partidarios a de la “convertibilidad” y de la deuda correspondiente. Y eso a pesar de los costos sociales y de la desindustrialización. La Alianza a instancia de Carlos “Chacho” Alvarez lo consagró piloto de tormentas hasta que la marea los arrastró a todos.

Alguien dijo que Cavallo se fue de este barrio. ¿Cuándo? ¿Cuándo? Si siempre está volviendo. Pero no solamente por la posibilidad de la vuelta a una banca. Volvió espiritualmente dentro del Cedin. En la Caja de Conversión, dólar que entraba se convertía en un peso convertible en dólares. Medio de pago, unidad de cuenta y –por la promesa de estabilidad– moneda de reserva. Ese mérito no sustituyó la pasión por el dólar. Pregúntenle a Néstor.

Las consecuencias de esa construcción ha sido el mayor pasivo de los argentinos. Los dólares entraban a las reservas y en el pasivo se anotaba la emisión correspondiente. Los bancos, por multiplicador bancario, creaban dinero. Cuando la recesión y la dificultad de seguir endeudando hicieron que ninguna tasa de interés lograra que ni los pesos ni los dólares se quedaran en casa, comenzó la fuga. Y con ella la debacle de bancos que eran castillos de naipes frágiles y mentirosos como el uno a uno. El Estado los rescató.

No tan distintos

Desde el punto de vista material lo que hoy vivimos es muy distinto de aquello. Lo que preocupa es la vocación por volver. Los dólares ganados, desde el fin de la convertibilidad, no son hijos de la deuda. Lo son del balance comercial favorable generado por la productividad del sector primario más el bonus de época llamado el boom del precio de las materias primas. Los términos de intercambio ultrafavorables nos hicieron acumular dólares como nunca, y además nos permitieron financiar, durante cuatro años, una fuga de dólares récord. Tratar de parar la sangría es sensato. La herramienta del control de cambios más el control de importaciones, logró parar la fuga. Pero no revertir la tendencia declinante de las reservas.

El Gobierno está inquieto por este problema. Una de los soluciones que encontró fue la de incentivar el “retorno” de dólares negros. Generó dos incentivos. Un bono con destino sectorial a breve plazo nominado en dólares, con un rendimiento interesante, que transforma lo negro en blanco. Y el Cedin, un certificado nominado en dólares, convertible en dólares físicos, que se adquiere con dólares negros; y que, si se aplica a inversiones inmobiliarias, se convierte en un medio de pago endosable para la adquisición de un amplio surtido de cosas. Los inmuebles, que se transan en dólares, no necesitan de una cotización del dólar-Cedin.

Pero otra cosa pasa cuando se quiera comprar, en el supermercado, un carrito cargado y pagarlo con Cedin. La caja deberá contar con una cotización que no sea la oficial. Pato o gallereta una cotización es necesaria. Problema. El Cedin traslada valor en el tiempo al igual que el dólar; es medio de pago al igual que el peso, y en cuanto a unidad de cuenta, no lo será hasta que no veamos en los locales un cartelito de “zapatos en pesos $ X y en Cedines X”.

Dilemas

Los bancos no van a poder multiplicar los Cedin que lleguen a sus manos, porque los tienen que convertir en dólares a la presentación. No hay multiplicador bancario de Cedin: es más sólido que el peso convertible de Cavallo. Los dólares negros que ingresen al Banco Central permanecerán en las reservas mientras el nuevo titular del Cedin no los reclame. Esa es la clave. Y el éxito de su vida dependerá –además del empuje inmobiliario que pueda producir– de que nos acostumbremos a pagar y cobrar con Cedin. En el balance del BCRA, si los dólares se hacen reservas los Cedin serán, de hecho, pasivo. Y la permanencia de esa situación nos dice que se ha cumplido el retorno de Cavallo. No necesita volver como diputado sino que, al igual que Troilo, nos anuncia que siempre está llegando porque no se fue.

Las circunstancias (todas) que rodeaban a la convertibilidad señalaban que su vida estaba limitada a la capacidad de endeudamiento que, nadie podía ignorar, tenía un límite más próximo que lejano: la capacidad de generar un salto exportador neto, difícil de lograr cuando la sustitución de producción local por importaciones era inevitable consecuencia del atraso cambiario que destruía empleo.

A esta cuestión le cabe una pregunta: ¿Cuál es el tipo de cambio de equilibrio? ¿El que permite o se fabrica con flujos financieros? ¿O el que nos garantiza el pleno empleo? El “curso natural del balance comercial” de esta economía, puesta a crecer a la tasa que necesita, si se lo intenta equilibrar con flujos financieros, y no con los sectores reales de la economía, es una manera de volver a Cavallo. Como el personaje de Molière aquí se está hablando en prosa “sin saberlo”. Demasiado pensamiento mágico dando vuelta.

En tiempos de la convertibilidad solíamos recodar al célebre alquimista y charlatán Marco Antonio Bragadino (Siglo XVI) que provocó entusiasmo, fe y estas consideraciones sensatas del embajador de Venecia, D. Francisco de Vera y Aragón dirigidas en 1590 a José Vázquez de Acuña: “Espantame mucho que… siendo tan cuerdos quieran estar pertinaces en creer que con polvos y agua se pueda hacer oro, que yo jamás lo creeré aunque lo vea”.

En economía todas las “tangentes” tienen alivios efímeros y costos posteriores penosos. Están disponibles todas las condiciones para estar mejor pero con menos ingenio y más economía. Enfermarnos de alquímicos es lo peor que nos podría pasar. Recordemos, la heterodoxia tiene un solo elemento distintivo: provocar y convocar la inversión transformadora que de otro modo no se haría. Sin eso, todo es tangente y alivio efímero. Hay remedios que matan.