Los ciclos y el sector externo

Una revisión contemporánea

5 de julio, 2013

Los ciclos y el sector externo

(Columna de Juan Miguel Massot, director del Instituto de Investigación en Ciencias Económicas de la USAL)

La evolución de la economía argentina de los últimos años ha sido objeto de innumerables análisis y trabajos de investigación, desde distintas perspectivas y enfoques metodológicos, como los que propongo en “La Economía Argentina 2003-2012. Cronología de una sociedad conflictiva” (EDICON, 2012).

En el caso del presente artículo se pretende abordar muy apretadamente la cuestión de la macroeconomía argentina a partir de la crisis del año 2001 desde el rol que ha tenido el sector externo en su estabilidad y dinámica.

Una aproximación

La traumática salida de la convertibilidad dejó como resultado, más allá del costo social, un tipo de cambio real más elevado (aproximadamente 50% por encima del vigente durante la última etapa del régimen monetario previo), el cual se conocería simplemente como “tipo de cambio o dólar competitivo”, y una capacidad ociosa significativa (maquinarias y equipos) con una infraestructura relativamente modernizada.

La mejora de los precios de las commodities de exportación del país, sumada a la creciente demanda internacional, a la reapertura de algunos mercados externos (como el de la carne vacuna), la pesificación de deudas empresarias del sector rural, el congelamiento de las tarifas de servicios públicos, y una paulatina mejora en la confianza en el Gobierno y en la política aplicada, permitieron una recuperación económica a partir de mediados del año 2002 y que alcanzaría en los años siguientes tasas promedio del orden del 8%-9% anual, fenómenos que se denominaría popularmente como las “tasas chinas de crecimiento”.

Este crecimiento se consolidaría con el paso de los trimestres, redundando en la creación de puestos de trabajo, la reducción de la pobreza y de la desigualdad en la distribución del ingreso. Además, se lograría un superávit fiscal del orden del 1,8 del PIB en 2005 y multiplicar por 2,7 las reservas del Banco Central entre 2002 y 2005. Aun con los significativos costos que tuvo la pesificación, las demandas por inversores extranjeros (bonos externos en default, Club de París y reclamos ante el CIADI), el sector externo real (exportaciones y sustitución de importaciones) permitió algo que no pocos consideraron en su momento como un milagro, dado el nivel de destrucción social observado y las pésimas expectativas que recaían sobre el país.

En esta notable evolución, entre los años 2003-2005 el sector comercial externo jugó un rol fundamental. De la mano de un crecimiento mundial, que trepó del 2,9% en el 2002 al 4,5% en el 2005, se logró un aumento del 29% del volumen exportado y del 36% en los precios de las commodities exportadas por la Argentina que se tradujeron en un alza del monto exportado del 57%. El índice de términos de intercambio, por su parte, aumentó 10% en el mismo período y ya era un 14% superior al vigente en 1993, año base de elaboración de esta estadística. En el 2006, sin embargo, se comenzaría a individualizar y ganar importancia en la agenda algunos problemas, como la inflación y las tensiones de las negociaciones salariales, por una parte y la gestión del boom del precio y del volumen exportado de las commodities, por el otro.

La economía ingresaba, de esa forma, en algo semejante a una euforia liderada por el comercio exterior.

Las tensiones

La inflación, primero fue combatida con la política de esterilización y los acuerdos de precios, hasta que finalmente concluyó en el “control del índice de precios” a inicios del 2007, con el cambio de autoridades y metodología de estimación del IPC-GBA del INDEC. La ebullición exportadora pareció arrolladora. Entre 2006 y 2008 los precios de las commodities exportadas aumentaron otro 90% y el volumen exportado registró otro salto del 15%; en total, las exportaciones en dólares entre 2006 y 2008 aumentaron 73%.

Este boom exportador no sólo alimentaba de dólares y de dinamismo económico al sector privado, sino que permitió también que el país alcanzara picos históricos del 24% en su tasa de inversión, redujese su desempleo al 8,8% en 2008, y que la recaudación aumentara, mientras que la presión tributaria total del país creció del 20% en 2002, al 26% en 2004 y al 30,6% en 2008. Esta última cifra resultaba un récord en materia de presión tributaria en las últimas décadas. Aun así, las necesidades parecían insatisfechas para las expectativas oficiales. Luego de que el superávit fiscal nacional alcanzase el 2,6% en el 2004, comenzaría un sendero de erosión hasta alcanzar valores de 1% en 2007 y 2008 como consecuencia de alzas en el gasto público.

Exportaciones y crisis

El auge de las exportaciones agroalimentarias y energéticas permitieron la expansión durante esos años de la recaudación de los derechos de exportación y del sucesivo aumento de sus alícuotas y de cambios en la base imponible. Basta remarcar que mientras en el año 2002 los derechos de exportación representaron un 9,7% de la recaudación tributaria total nacional, en el 2008 ya alcanzaba el 13,3%. Esta situación concluyó en un choque entre el Gobierno y los productores agropecuarios durante ese año, con consecuencias negativas para todo el país. Lamentablemente, la confrontación se produjo cuando ya la crisis mundial estaba en marcha, lo cual resultaba un anacronismo: el país se debatía furiosamente por los ingresos de una euforia que se descontaba como algo ya pasado.

La crisis originada en las burbujas inmobiliaria y financiera de años previos estalló aunque la mayoría de los agentes económicos recién tomó conciencia de ello con la caída del banco de inversión Lehman Brothers ya pasada la mitad del 2008. El crecimiento PIB mundial cayó desde tasas superiores al 5% anual (2006 y 2007), a 2,8% en 2008 y a -0,6% en 2009.

A pesar de la hipótesis de desacople tan promovida por esa época, la recesión mundial impactó negativamente en la Argentina, que vio una caída del índice de los precios de las commodities de exportación de 190 en 2008 a 149 en 2009, la cual generó una secuencia contractiva en las exportaciones, actividad económica, inversiones y empleo. Como consecuencia de ello, la inflación se redujo algunos puntos porcentuales y el Gobierno Nacional, que ya venía mostrando una reducción del superávit fiscal, que registró en 2009 por primera vez un déficit de 0,6% (2,6% si no se incluyen las utilidades remitidas por el BCRA y las ganancias del FGS de la Anses). La situación social y política se alteró notablemente, y el oficialismo fue derrotado en las elecciones parlamentarias de 2009.

La economía mundial se recuperó a partir de 2010 y con ella los precios internacionales y los montos exportados, lo cual permitió retomar el ritmo de crecimiento de la inversión, del consumo y del empleo y redundó, lógicamente, en un cambio en el clima económico y social. También la tasa de inflación se ubicó en un nivel más elevado que el registrado en plena recesión. Asimismo, el nuevo ciclo también tuvo sus novedades: los volúmenes exportados dejaron de aumentar (cuando se eliminan los efectos climáticos, entre otros factores); la inflación, unida a un régimen cambiario administrado, provocó que los costos en dólares locales treparan incesantemente; y, finalmente, el fisco no recuperó el superávit fiscal.

En resumen, dos de los pilares centrales de la estabilidad y dinámica macro –el externo y el fiscal– estaban dañados. Las altas tasas de crecimiento del país en 2010 y 2011 permitieron que Cristina Fernández de Kirchner, luego del deceso del ex presidente Néstor Kirchner, fuese reelegida por amplia mayoría.

Nuevo escenario

Casi de inmediato, el Gobierno Nacional puso en marcha un mecanismo de creciente control del mercado cambiario que, con el paso de los meses, se denominaría cepo cambiario. Debe tenerse en cuenta que si bien la Argentina venía aplicando mecanismos de restricción a las importaciones y a las exportaciones, fue el deterioro actual y esperado del balance de pagos el disparador de dichas medidas.

Tal deterioro se produjo como consecuencia de varios factores concurrentes. Por una parte, la apreciación real del peso impactaba negativamente sobre el sector exportador, en la balanza del turismo internacional, en la expectativa de devaluación –con la consiguiente dolarización de carteras–, y en el alza de las importaciones, reforzada por la fuerte recuperación de la demanda interna. Por otra, la reversión del saldo de la balanza energética sólo podría empeorar con el paso de los años, como consecuencia de la profundización de los desaciertos en la política energética.

Por lo tanto, ante la idea de seguir usando el precio del dólar como ancla nominal de la economía, el BCRA debía salir a proveer cantidades creciente de dólares, algo que concluiría en una crisis cambiaria. La aplicación de crecientes medidas restrictivas sobre las importaciones y el mercado cambiario no sólo afectó a las actividades productivas que requieren insumos y bienes importados, o remitir utilidades, sino que terminaron contribuyendo a afectar negativamente la imagen del Gobierno. Graves denuncias sobre eventos de corrupción, tragedias sociales, como la de trenes en la estación del Once, entre otros, y un revelador conjunto de datos estadísticos económicos y sociales –estancamiento de la actividad, del empleo y de la inversión privada–, erosionaron la confianza social tan rápidamente y sustantivamente como había sido su rebote en 2010 y 2011 luego de la crisis 2008- 2009.

En este marco, el Gobierno buscó frenar la pérdida de reservas internacionales del BCRA y expandió el gasto público con creciente financiamiento con emisión monetaria para recuperar el ritmo de crecimiento. En este período se inician o consolidan, según el caso, las iniciativas de intervención estatal y estatizaciones en diversos sectores de la economía. Sin embargo, la economía no logró recuperar la senda del crecimiento con inclusión social vista durante los años anteriores, así como tampoco un mejoramiento en las condiciones de sostenibilidad fiscal y externa, sino más bien todo lo contrario. Tampoco se contrajo la tasa de inflación mientras que el salario real, luego de crecer durante años, también se estancó o perdió posiciones, según el sector y categoría laboral.

El mundo, como se indicó, volvió a crecer a partir de 2010, aun cuando lo haga a dos velocidades. Por una parte, los países emergentes crecen a tasas superiores al 5% mientras los países desarrollados lo hacen más cerca del 1%. Claramente hay países con serios problemas, por ejemplo, algunos países europeos, pero en su conjunto la economía global crece entre el 3 y el 4% anual, lo cual constituye tasas elevadas en términos históricos. Entre los países que más crecen están los asiáticos, en quienes se concentra una parte sustantiva de nuestro comercio exterior. Aunque la economía mundial se haya recuperado de manera notable, a partir de fines de 2011 hasta la fecha la Argentina se estancó, con una tasa de inflación considerable y problemas crecientes en el sector externo y en el frente fiscal. La inclusión social hace tiempo que se detuvo (el desempleo, la pobreza y la desigualdad no logran mejorar de manera sustantiva desde el bienio 2007-2008).

Conclusiones

Entonces, con respecto al período 2010-2013, se puede afirmar lo siguiente:

Primero, la recuperación de la economía mundial jugó favorablemente para la Argentina.

Segundo, los volúmenes físicos estancados y el deterioro de la cuenta de turismo reflejaría los efectos negativos de la apreciación real del peso y del empeoramiento de las condiciones para la inversión privada –agroalimentos y minería, entre otros sectores–, algo que no puede ser totalmente compensado por el alza del precio de las commodities.

Tercero, la reversión del balance energético es producto de errores en la estrategia sectorial gubernamental, ya que el problema existente fue la falta de mecanismos de incentivos económicos correctos a largo plazo para la inversión privada.

Por último, se estancaron las negociaciones comerciales Mercosur-terceros países o bloques, y el retraso de la resolución de cuestiones pendientes en distintos tribunales internacionales judiciales o arbitrales, los cuales no sólo perjudican el financiamiento tanto privado como público a bajas tasas sino que siguen alimentando la incertidumbre jurídica.

Por lo tanto, los problemas de crecimiento y las tensiones sociales que se comienzan a experimentar no pueden asignarse a un problema exógeno a las políticas en curso, sino que son consecuencia exclusiva de las mismas. Ni la apreciación real del peso, ni el problema de la inversión privada, ni el alza de los costos logísticos y operativos en general, o la restricción de oferta energética son problemas ocasionados desde fuera del país, sino el resultado lógico de las políticas públicas aplicadas por el Gobierno. Por ello, el “mundo se nos cayó encima” no se corrobora en los hechos, aunque tampoco el simplismo opuesto, “la Argentina está aislada”, ya que si hay algo de lo que depende el país es del ciclo económico mundial y de su comercio exterior.

Como si fuera poco, las perspectivas de la economía mundial en materia de crecimiento, comercio, inversiones, precios de commodities y tasa de interés han comenzado a tornarse menos optimistas. Esto obliga a no descartar un escenario con un shock exógeno negativo. En dicho caso, debe tenerse en cuenta que, a diferencia de la crisis 2008- 2009, el país tiene menos capacidad de maniobra antes estos shocks, en los que el superávit fiscal y las cuentas del sector externo lucían suficientemente holgadas para tomar medidas contracíclicas. En la actualidad, lo más probable es que provoque una caída en el nivel de actividad y del desempleo, un alza de la inflación y una caída de las reservas internacionales. Debe advertirse, por lo tanto, que si las condiciones internacionales empeorasen notablemente, podrían ocasionar impactos no triviales en el país.

La Argentina vivió un espectacular ciclo de crecimiento económico y recuperación parcial de la inclusión social gracias, entre otros factores relevantes, al boom internacional que arrastró los volúmenes y precios de nuestras commodities de exportación. El “viento de cola” no fue lo único que permitió estos registros pero, claramente, fue fundamental. Ahora bien, la acumulación de desaciertos en las políticas públicas ha comenzado a superar en los últimos años cualquier efecto positivo que pueda tener el crecimiento de nuestros socios comerciales y del precio de los agroalimentos.

En este creciente desbalance entre factores se puede resumir nuestra aflicción actual y de los próximos años, a lo cual debe sumarse las perspectivas menos optimistas sobre la economía mundial a corto plazo. Desde otro punto de vista, en el mediano y largo plazos, el mundo está a favor de la Argentina. El problema es que los argentinos quizás no estemos muy de acuerdo sobre qué rumbo debe tomar el país en el Siglo XXI para, apoyándose en los nuevos vientos de la economía mundial, lograr el desarrollo sostenible de todos los habitantes que pueblan este territorio.