Las cuentas públicas

Una mirada distinta

3 de julio, 2013

Palacio_de_ Hacienda _(Ministerio_de_Economía)

(Columna de Alfredo Iñiguez, investigador del CIEPYCUNLP y miembro de AEDA)

En el último decenio la expansión de la recaudación tributaria permitió consolidar un resultado económico superavitario, que a su vez posibilitó la recuperación de la inversión pública sin que ello signifique enfrentar necesidades de financiamiento significativas. Sólo ante la crisis internacional y la decisión de aportar impulso fiscal para mantener o recuperar la actividad económica se registraron déficit financieros, aunque mucho menos relevantes a los registrados a lo largo de la historia del Estado Argentino e inferiores a los que predominan en la actualidad en otros países.

Al mismo tiempo, en menos de diez años de política de desendeudamiento se logró reducir drásticamente el grado de exposición financiera del sector público y revertir un proceso de endeudamiento constante que perduró durante todo el modelo de apertura y valorización financiera, esto es, desde la última dictadura cívicomilitar hasta el colapso de la convertibilidad. Los datos son irrefutables. En cuanto a la deuda con acreedores privados, ésta pasó del 33,7% a fines del año 1999 a 105,0% del PIB a fines de 2003.

Ese fue el punto de partida para que en menos de diez años la deuda con tenedores privados pasara a representar menos de 13% del PIB, de los cuales 9,3% del PIB está constituida en moneda extranjera. Para ello fueron necesarios los canjes de deuda de 2005 y 2010, la aplicación al pago de servicios de deuda de parte de las reservas internacionales del BCRA, la estatización de los fondos administrados por las AFJP y la recuperación de la emisión monetaria como una fuente genuina de financiamiento.

Paradójicamente, los únicos períodos en los que predominó la coexistencia de ahorro fiscal y bajo nivel de endeudamiento fue durante la Industrialización Sustitutiva de Importaciones (ISI) y en el actual modelo, mientras que en el de apertura y valorización financiera prevalecieron los años con déficit y la deuda creció exponencialmente aunque sus responsables hayan construido un relato de paladines de la consolidación fiscal (eufemismo creado para no hablar lisa y llanamente de ajuste). De acuerdo a este relato, en el modelo de apertura y valorización financiera los gobiernos que se sucedieron se propusieron alcanzar el equilibrio fiscal y para ello buscaron minimizar la intervención del Estado.

En su última etapa, esto es, durante la convertibilidad, esta estrategia se puso en práctica mediante un severo ajuste de la inversión pública y la privatización de las empresas públicas productoras de bienes y servicios, entre otras políticas. Los resultados fueron por demás elocuentes y están a la vista tanto con los efectos del colapso de la convertibilidad como por la destrucción del tejido social que requerirá bastante más de dos lustros para su recuperación.

Extrañamente, la situación financiera del Estado logró encauzarse cuando se cambió el rumbo con el nuevo modelo productivo para el cual el superávit fiscal dejó de ser un objetivo para transformarse en un instrumento. La obtención de nuevas fuentes de ingresos permitió alcanzar y consolidar este resultado al mismo tiempo que se recuperaban y redefinían funciones y atribuciones del Estado, evidenciando que las cuentas fiscales no se ordenan a partir del debilitamiento del sector público, si no con su fortalecimiento. Conceptualmente, el esquema Ahorro-Inversión- Financiamiento es al Estado Nacional lo que la balanza de pagos es al Estado-Nación.

Sin embargo, cuando analizamos las cuentas externas los economistas le prestamos especial atención al resultado de la cuenta corriente y cuando estudiamos las cuentas públicas pasamos por alto el resultado corriente, usualmente denominado resultado económico y escasamente reconocido como el ahorro fiscal. ¿Por qué se utilizan varas distintas? Esto no fue siempre así. Durante muchos años el ahorro fiscal, definido como la diferencia entre los ingresos corrientes y los gastos corrientes (incluidos los intereses de deuda) del Estado, era una variable relevante para el análisis económico. No por casualidad el estado de resultados del sector público se denomina Esquema o Cuenta de Ahorro- Inversión-Financiamiento.

En la actualidad, suele aparecer implícitamente cuando se acepta como una política prudente que las generaciones actuales no pospongan a las futuras el financiamiento cuanto se trata de gastos corrientes y, por tanto, se considera plausible cubrir a la inversión pública con endeudamiento.