Como maná del cielo

Los recursos y el "plano inclinado"

26 de julio, 2013

Como maná del cielo

(Columna de Carlos Leyba)

Desde la dictadura y hasta el default, la fuga de capitales se financió con deuda externa. La fuga continuó, aunque –sin incremento de deuda– acrecentó su ritmo durante la primera presidencia de Cristina Kirchner. En esos cuatro años de Gobierno K fugaron US$ 80.000 millones que se financiaron con ahorro local emigrado. Nuestra economía tuvo y tiene la capacidad de generar recursos externos –por deuda o excedente comercial– pero también tiene incapacidad de convertir esos recursos en inversión reproductiva. Recursos e incapacidad de inversión, son las dos patas necesarias para que la fuga camine. Hoy la fuga está contenida. Pero la inversión sigue ausente.

Motivos y respuestas

¿Por qué esos recursos no se invirtieron? Hay una respuesta filosófica liberal: no se deja actuar a los mercados. Estos filósofos no se desdicen ante la evidencia de que los precios de mercado orientan la inversión hacia la explotación de recursos naturales. Es decir los “precios de mercado” no orientan a invertir en la transformación de la estructura productiva. Y la inversión en explotación de recursos naturales ha sido, y es, esto: toco y me voy. Llevo sin transformar. Los mercados, dada la dotación de factores productivos, confirman estructuras y las agotan. En energía se “invirtió” para explotar y no para explorar.

Hay otra respuesta, que es de orden práctico: los precios de mercado no ofrecen oportunidades de ganancia a las inversiones reproductivas que no se basan exclusivamente en nuestras ventajas naturales.

En los últimos 38 años no ha habido ninguna estrategia destinada a generar ventajas para las inversiones que no explotan recursos naturales. La ausencia de “precios estratégicos” ahuyentó la inversión reproductiva en las áreas transformadoras y eso se refleja en el saldo negativo del comercio industrial. Hoy no se habla a favor del mercado. Se actúa a favor de él. Es más concreto. La segunda pregunta es por qué, lo que no se invierte, se fuga. No tenemos una moneda que atesore valor. Fugar es atesorar en otra moneda y fuera de nuestro sistema financiero. Aquí la tasa inflación supera a la tasa de interés; y una tasa de interés que superara a la inflación generaría la parálisis del aparato económico. Hay que neutralizar, en la moneda, a la tasa de inflación; y lograr una tasa de inversión suficiente para incrementar la productividad del sector transable no primario para revertir el balance comercial negativo de bienes industriales.

Por otra parte, dada nuestra dotación de factores primarios, toda fuga es un suicidio económico en cámara lenta. ¿Por qué? El desarrollo de las fuerzas productivas es condición necesaria para la realización de la prosperidad; la fuga instala la tendencia al subdesarrollo del potencial. Alienta al conflicto como consecuencia del progresivo agotamiento de capacidades que implica una inversión menor al excedente. En un extremo podemos imaginar cuantiosas cuentas con depósitos de dineros fugados en el exterior, al tiempo que nuestras “cuentas y depósitos” de recursos naturales, tienden a agotarse. Hay recursos renovables; pero todas las explotaciones – para ser racionales – requieren de cuantiosas inversiones de compensación.

En la primera etapa –la del gran endeudamiento argentino– la fuga, a lo largo de 30 años, se convirtió en una carga espantosa para la sociedad. La acumulación de deuda, en la vida cotidiana, se vio reflejada en el desempleo, la pobreza y la desindustrialización. Y en la estructura de decisiones públicas, en la entrega vil del patrimonio de las empresas del Estado: vivimos años de Estado pobre y dependiente. Deuda económica, social y política.

Diferentes períodos

En esta segunda etapa, iniciada con el default y la renegociación de la deuda externa, la fuga continuó. Su financiamiento derivó del alza de precio y producción de las materias primas y del impulso de las increíbles leyes de incentivo a la megaminería del menemismo. La “primarización exitosa”, que financió la fuga, en la vida cotidiana y a pesar de la fuga, disminuyó el desempleo y la pobreza, pero sólo detuvo el proceso de desindustrialización, no lo revirtió. Y en la estructura de las decisiones públicas, la recuperación de la caja en dólares y en pesos, permitió una mayor capacidad de decisión pública independiente. En la primera presidencia de Cristina, además de la fuga –el despilfarro de la capacidad de financiar inversiones– continuó el deterioro de la infraestructura energética y de transportes.

La segunda presidencia se inauguró con la saludable toma de conciencia de que la fuga y el deterioro de la infraestructura eran responsabilidad de la política. La fuga se obliteró, pero ni las reservas ni las inversiones aumentaron. Hubo un incremento del consumo privado cuya mayor expresión es el aumento de la venta anual de automotores, deficitaria en materia de comercio exterior. Respecto del problema del transporte se acudió, primero, a la importación de equipamiento chino; y recientemente a una decisión modesta, pero de sentido nacional: producir en Fabricaciones Militares 40 vagones ferroviarios. Por ahora la mejora en transporte terminará siendo una cuenta a pagar en el exterior. Y la pagadora seguirá siendo la producción primaria.

En este marco hay nuevos incentivos a la explotación hidrocarburífera para resolver nuestro descomunal déficit energético. Las inversiones de Chevron representan el 5% de las necesidades del Plan Gallucio. Es un paso. El primer período de fuga (30 años), fue uno de franca desacumulación productiva con efectos sociales destructivos. El segundo – que logró morigerar los efectos sociales negativos– persistió en la dinámica de no acumulación productiva. Al cabo de los dos primeros años del segundo período presidencial CFK, la respuesta a los problemas se compone de cepo cambiario, importación de material de transporte chino, blanqueo de capitales y, ahora, el nuevo régimen de inversiones energéticas.

El cepo y el “blanqueo” apuntan a convertir la “fuga” en entrada. Sobre un plano inclinado, se trata de evitar que la bola ruede hacia abajo (cepo) y de empujarla (blanqueo) hacia arriba para que retorne. Un gasto de energía mayor que cambiar la inclinación del plano. El material chino puede mejorar el sistema ferroviario. Pero la cuestión del transporte es otra. ¿Será necesario señalar que detrás de ella está la soberanía territorial, mandato de la independencia y de la conquista del territorio, que requiere de una política del espacio de la que la del transporte es sólo una parte, y de la que el tren sólo es una componente, si bien imprescindible y protagónica? Sin esa comprensión no habrá verdaderos precios estratégicos y sin ellos no habrá inversión transformadora.

En los últimos días el tema es el convenio con Chevron y el Decreto que lo ampara. Falta una ley. Juan D. Perón en 1955 no logró que sus diputados avalaran un convenio con la antecesora de Chevron. Pero con Chevron adentro y aun con otros inversores a favor, este año importaremos US$ 13.000 millones en hidrocarburos. Y el déficit en el balance comercial será de US$ 9.000 millones.

¿Qué nos dice esto? Estamos en problemas. No hemos planificado y hemos perdido años de excedente e inversiones. No hemos explorado –sólo explotado–, siendo que nuestra matriz eléctrica se compone 2/3 de combustible fósil. Agotamiento de recursos. No hemos planificado ni invertido en la diversificación de fuentes de energía: sólo un poco más de 28% es hidraúlica, el 4% nuclear y 0,3% de otras energías renovables.

Nuestra matriz devora divisas, ambiente y soberanía. En escasez, el planeamiento a largo plazo es mandatorio y el marco de “precios estratégicos” también, y particularmente para generar diversificación. Necesitamos inversiones que hagan compatible el crecimiento con la provisión de energía requerida. Los cálculos de las inversiones necesarias, hasta el final de la década, representan sólo un tercio de lo que fugó en 2008/2011. Un verdadero desaguisado. Tenemos recursos naturales, tecnológicos y, si inclinamos el plano, tenemos ahorro nacional para transformar también la crisis energética en una oportunidad de desarrollo.

Con un plan estratégico, y el inventario de recursos reales, podemos discutir la cuestión Chevron y del shale en una dimensión que contemple adecuadamente el medio ambiente y el papel del capital extranjero. De la misma manera lo que cabe a la cuestión transporte y al “plano inclinado”.

Las cuestiones de infaestructura, gavísimas, son el anverso de la fuga; y ambas la consecuencia de la ausencia de una estrategia de transformación que hace que tengamos un tenedor a la hora en que cae maná del cielo. US$ 80.000 millones de dólares. Como siempre se ha dicho, sin plan propio se trabaja para un plan ajeno. Eso rara vez es bueno. La urgencia nunca ha sido buena consejera.