“Habría que esforzarse mucho para generar una gran crisis hoy”

Entrevista a José María Fanelli

10 de julio, 2013

“Habría que esforzarse mucho para generar una gran crisis hoy”

José María Fanelli es uno de los analistas económicos más respetados del país. Integra la Academia Nacional de Ciencias Económicas, es investigador, docente y autor de varios libros. En diálogo con El Economista analiza la coyuntura, plantea qué cambios deberían hacerse y apela a una metáfora para explicar los costos de la inacción de la política económica ante: “La situación actual se parece a la de alguien que va en un taxi, ve que caen las fichas, y no tiene dinero suficiente para pagar. Cuanto más tarde en blanquear la situación con el taxista, mayor será el problema”, explica.

En uno de sus últimos trabajos escribió que “el rasgo que define la coyuntura argentina es la incertidumbre”, escenario al que describió como “la Argentina en modo ‘pausa’”. ¿A qué se refiere?

Cuando las personas tienen miedo de perder el empleo o sufrir una caída en el ingreso laboral, la primera reacción es gastar menos: posponer el cambio de la heladera o ir menos tiempo de vacaciones. Es un modo “pausa” del gasto que retiene el poder adquisitivo en un limbo. Si se aclara el panorama, se sale del limbo, se gasta y mejora la actividad económica. Cuando esto se agrava y sube el desempleo, se puede llegar a una situación de “trampa de liquidez”, como llamó Keynes a la situación en que enlugarde gastar la gente atesora el dinero. En la Argentina, atesorar en pesos es muy caro. Cuesta algo más del 20% por año. Por eso en nuestro país la gente atesora en dólares, y no en pesos. Esto explica que cuando aumenta la incertidumbre, también aumenta la demanda de dólares. Todo el mundo tiene claro que cuando aumenta la salida de capitales o la brecha entre el oficial y el paralelo, las expectativas sobre el futuro no son las mejores.

En su último artículo manifestó que “es de esperar que la situación macroeconómica atravesará un estrecho desfiladero de aquí a fin de año” y que, luego de octubre, se precisarán “correcciones importantes en ciertos parámetros de política”. ¿A qué correcciones se refiere?

Básicamente: el déficit fiscal obliga a emitir una cantidad de dinero que es incompatible con la tasa de interés y el valor del dólar que tenemos hoy, mientras el déficit de la cuenta comercial energética presiona excesivamente sobre las reservas impidiendo que la economía crezca. Si se crece aumentan las importaciones y eso no se puede financiar. Por esto habrá que cambiar algo.

Sin embargo, en más de una vez (en rigor, casi ha sido la regla), el Gobierno ha desilusionado a quienes esperaban cambios en la política económica y ha tensado el límite de lo esperado. ¿Qué probabilidad le asigna al escenario de que el Gobierno “no haga nada” y qué consecuencias podría tener eso sobre la economía?

Creo que la alternativa de “no hacer nada” no está disponible. La situación actual se parece a la de alguien que va en un taxi, ve que caen las fichas, y no tiene dinero suficiente para pagar. Cuanto más tarde en blanquear la situación con el taxista, mayor será el problema.

¿Cuáles son las fichas que están cayendo?

El déficit fiscal y el déficit de la cuenta comercial en energía. Si no hay una corrección en los subsidios a la energía, el déficit fiscal seguirá aumentando. Para tener una idea de la magnitud del problema fiscal: la proporción que se gasta en subsidios económicos se parece cada vez más a la proporción del PIB que se gasta en educación. O, también, esos subsidios son cerca de ocho veces lo que se gasta en la AUH. Si aumenta el salario de los choferes o de los trabajadores de Luz y Fuerza en más del 20% (siguiendo naturalmente a la inflación) y el boleto de colectivo no sube, está claro que es el Estado el que tiene que poner la diferencia extrayendo recursos de otros usos. En cuanto al déficit energético: con la economía creciendo al 2% se ubica fácilmente en, digamos, US$ 5.000 millones. Para tener una idea del problema: si el blanqueo saliera tan bien como en los mejores sueños de los funcionarios, serían unos US$ 4.000 millones. Menos del déficit de un año. ¿Y después cómo seguimos? A veces en este punto al economista le preguntan: ¿entonces, si faltan dólares hay que devaluar?

¿Y usted qué contesta?

La pregunta así formulada no tiene mucho valor. Por ejemplo, para equilibrar la cuenta energética sin eliminar los subsidios la depreciación debería ser significativa porque habría que conseguir muchos dólares adicionales si se sigue subsidiando el uso de energía. Pero si se corrige esa distorsión y se avanza en los aspectos institucionales para disminuir la fuga de capitales y atraer inversión externa, entre los dólares que se ahorran y los que entrarían, la oferta de dólares subiría. En tal contexto, la corrección necesaria sería menor y se podría realizar en un tiempo mayor. No se puede hablar de corregir un precio. Hay que hacer un programa consistente para corregir los precios relativos más distorsionados. Nótese la ironía: algunos economistas argumentan que no hay que cambiar nada y que hablar de corregir el tipo de cambio es argumentar a favor de la caída del salario real. Sin embargo, el punto es que cuanto mayor sea el subsidio a la energía, menor el salario real de equilibrio porque habría que corregir más el tipo de cambio para equilibrar las cuentas externas. Por esto creo que algo habrá que cambiar en el futuro. Lo contrario es acumular una deuda exorbitante con el taxista y ya se sabe que los taxistas a veces no tienen el mejor humor, dada la congestión y cortes habituales.

¿Hay algún indicador o estadística que le esté sugiriendo la cercanía de una crisis o avizora, más bien, un equilibro malo, pero equilibrio al fin, de bajo crecimiento y problemas sin saldar que se acumulan?

La palabra “equilibrio” en la economía argentina es una de las más difíciles de aplicar. Nunca te da tiempo. Pero lo contrario de equilibrio no es “crisis” sino “desequilibrio”. La crisis es un tipo de desequilibrio extremo. El tipo de desequilibrio que vemos hoy se parece al del período del “stopandgo”, entre los cincuenta y los setenta: cuando la economía crecía, crecían las importaciones pero las exportaciones lo hacían a un menor ritmo, empezaban a escasear las divisas y había que devaluar para equilibrar la situación. Como la devaluación es recesiva y acelera la inflación a corto plazo, los ajustes eran bastante traumáticos. Pero no había crisis dramáticas como ocurrió en la hiperinflación de 1989-90 o la larga crisis de 1998-2001. La diferencia específica que agravó el “stopandgo” (caracterizado por la falta de divisas) hasta llevar a una crisis en los ochenta y noventa es que el país estaba sobreendeudado.

¿Qué implica eso?

Hoy el Gobierno no está sobreendeudado y el sector privado es, por lejos, acreedor del resto del mundo. No le debemos nada a nadie en términos netos. Nos deben a nosotros porque el sector privado se ahorró una buena parte de lo que ganó con el shock positivo de términos del intercambio. Somos un país extraño donde el sector privado hizo su propio fondo de estabilización anticíclica. Si hoy quisiéramos generar una crisis de magnitud, habría que esforzarse mucho. Por ejemplo: si devaluamos, habrá un efecto riqueza espectacular que beneficiará a los que tienen dólares y ello es expansivo, no recesivo. Lo que sí puede ocurrir es una corrección de precios relativos algo traumática por los efectos sobre la distribución del ingreso a corto plazo. Pero nada más. Para decirlo algo técnicamente: a lo sumo podríamos tener fuerte estres nominal (aceleración de la inflación y cambios en los costos) pero no una crisis profunda y duradera. Los fundamentos son aún relativamente sólidos. No olvidemos que hemos estado creciendo durante diez años, que los términos del intercambio son muy buenos y que Vaca Muerta está esperando. ¿Y entonces por qué se habla de crisis si hay tantas oportunidades? Cuando me hice esta pregunta como macroeconomista, hace unos años, sentí que ya era hora de conocer mejor lo que decían los especialistas en instituciones. No me defraudaron. Pero la verdad es que ahora tengo más problemas que antes. La buena macro tiene como requisito buenas instituciones y éstas son muy difíciles de construir. En este sentido, estoy convencido de que la mayor ventaja competitiva que un país puede tener es la habilidad para construir instituciones de calidad.