Trayectoria, diagnóstico y proyecto

19 de junio, 2013

Trayectoria, diagnóstico y proyecto

(Columna de Carlos Leyba)

Se largó la competencia por el poder. La imagen de largada, parafraseando a José Ortega y Gasset, es la del atleta, manos firmes sobre la tierra, un pie sostenido en el pasado y la mirada firme, cabeza erguida, puesta en el horizonte. Cada uno de los que aspiran al poder debería exhibirse con su trayectoria –el pie en el pasado–, su diagnóstico del presente –las manos firmes sobre la tierra– y su proyecto, aquello para lo que aspiran al poder –la mirada firme en el horizonte–. Así, la carrera tiene sentido colectivo. ¿Qué se puede decir sobre un corredor sin trayectoria? ¿Qué de uno que no revela su diagnóstico de los bienes y los males de presente? Y, finalmente ¿cómo predicar acerca de alguien que no ha revelado su proyecto, su horizonte, su “para qué” del poder?

Si todos los competidores fueran personajes en el aire, con ausencia de testimonios vividos; de atención perspicaz de lo que ocurre, aquí y ahora, o incapaces de verbalizar un rumbo, entonces, la competición carecería de sentido. No es política, es marketing o suerte sólo para el corredor. La política, el ejercicio de esa competencia, requiere antes, siguiendo con Ortega, tener ideas claras acerca de lo que hay que hacer desde el Estado para construir la Nación. Y eso no se puede concebir sino es a partir de un proyecto, un horizonte, un rumbo. Y este no se puede articular sin un diagnóstico de la realidad y las circunstancias. Y no se puede ejecutar sin contar con la confianza popular que surge cuando no media dádiva del poder, de la trayectoria política de cada quien.

La trayectoria

La trayectoria es un valor que ha caído en desuso para la mayor parte de los actores visibles. Entre los más conspicuos articuladores del discurso crítico del menemismo se encuentran sus ejecutores y sus legisladores. No vale la pena el inventario: jubilación privada y las privatizaciones de empresas nacionales o provinciales, tienen verdugos que fueron sus padres. Hacen cola para vituperarlas los mismos que se empujaban para estar en la foto con Carlos Menem. Un lúcido crítico de la convertibilidad, en tiempos de Domingo Cavallo, fue un jefe del Gobierno que se hundió por conservar la convertibilidad. Un ministro K, que provocó la mayor derrota política de la gestión K y que avaló el tren bala a Rosario, hoy es una voz crítica de sus propios actos previa asignación de culpa a un tercero.

La clave de la ausencia de trayectoria es negar el propio pasado. La trayectoria es el valor de la política que aleja del oportunismo. Sin dirigentes capaces de mostrar fidelidad a una trayectoria, o de poner luz de giro en el caso de ejercer el derecho de cambio, es imposible construir la confianza en la política. En ausencia de valor de la trayectoria cualquier parecido con la democracia es una casualidad. No todo es negro.

Hay dirigentes que pueden acreditar trayectoria. Y otros que la construyen ad hoc: dicen haber estado en los gobiernos mientras se hacían las cosas bien y que quedaron afuera en el momento en que las cosas, dicen, comenzaron a estar mal. Siempre lo malo de hoy está en las entrañas de ayer. Estos barros siempre vienen de aquellas lluvias. La trayectoria importa.

¿Cuál es la disponibilidad? ¿Hay diagnóstico profundo sobre los males y las causas de éstos en los discursos de la dirigencia política? El lenguaje binario de la televisión los lleva a remolque. Pero, ¿cuándo se apean revelan sus reflexiones? No parece.

Empleo, recursos e inversión

Miremos las bases de un diagnóstico económico partiendo del estado de los términos de la función de producción.

Empecemos por lo principal: la población, la fuerza de trabajo actual, futura y pasiva. Sólo el 10%, tal vez el 15%, está empleada en actividades de alta productividad. Bastante menos del 60% tiene empleos formales o de jornada completa. Las oportunidades de vida no se cesan de concentrarse en las grandes ciudades al tiempo de abandonar una inmensidad territorial yerma. Los fracasos en las pruebas internacionales de educación acreditan un retroceso. ¿Quién lo explica? El 20% de la población vive en la pobreza. Otros no están ahí el primero de mes, a lo largo del calendario y al correr de la inflación: al término del mes vuelven a la condición de pobres. La AUH –¿quién puede criticarla?– es un paliativo para el trabajo en negro y el desempleo.

Esos dos son los problemas sin solución. ¿Cuál es el diagnóstico? Ni una palabra densa en la explicación.

El segundo término de la función es el patrimonio de los recursos naturales. Repetir nuestro potencial es innecesario. Pero, ¿cuál es el diagnóstico que se expone frente a la tendencia al monocultivo y la baja en el valor agregado exportador que representa exportar más forraje que proteína animal? ¿O cuál el diagnóstico acerca de los problemas de la explotación minera, la deforestación, los manejos del agua para la producción, etcétera? ¿Quién se interroga a viva voz por estas cuestiones y quien responde fundadamente los motivos que nos atrasan en términos de nuestro potencial?

El tercer lugar es el capital para poner en marcha el trabajo de colocar la naturaleza al servicio del bienestar. En las Cuentas Nacionales se computa como inversión la construcción residencial, ¿pero qué lógica productiva tienen que el 30% de los metros construidos en Buenos Aires en los últimos años sea de edificios suntuarios? ¿Qué impacto en la productividad tiene esa supuesta inversión contable que en realidad es un ahorro en ladrillos? Nuestra economía tiene un atraso descomunal en capital productivo, ni la dimensión ni la calidad de la infraestructura ni la del equipo reproductivo se compadecen con lo que exige nuestro potencial, pensado como territorio vacío y como fuerza de trabajo desperdiciada.

¿Cuál es el diagnóstico de los políticos, de los economistas orgánicos de los partidos o de los divulgadores acerca de estos tres elementos determinantes de todo lo demás? ¿Qué es todo lo demás? Por ejemplo, la inflación, la regresión distributiva, los problemas fiscales y del sector externo y las cuestiones monetarias. Todas esas cuestiones y muchas más, en tanto que problemas, surgen de las condiciones en las que opera la función de producción y no al revés. Y esto, los diagnósticos y el orden causal de los problemas, está fuera del debate de la oposición y del oficialismo. En esta dimensión adiagnóstica, casi todos, operan de la misma manera.

¿Hay diagnóstico?

En ausencia de trayectoria, en el sentido aquí expresado y en ausencia de diagnóstico, hablar de proyecto es una quimera. Pero tampoco, ya que hay excepciones con trayectoria y pequeños módulos de diagnóstico, hay exposición de proyecto. No hay proyecto sin recurso y sin gerencia. Por eso es condición previa, tanto trayectoria como diagnóstico, para definir un proyecto. Pero hay una alternativa. La prospectiva. El “yo tengo un sueño” que es un estado del alma que bien puede obligar a generar el diagnóstico y encontrar trayectorias a su servicio. Todo puede cambiar, en eso reside la esperanza.

¿Pero hay sueños? ¿Cómo es la Argentina deseada? ¿Dónde y cómo ocurre ese sueño? Cualquiera sea la opinión que se tenga de Juan Perón habrá de reconocer que su primer mensaje fue la de ser “el primer trabajador” para más justicia social, independencia económica y soberanía política. Olvídese de Perón. ¿Quién negaría que la idea del trabajo y esas tres propuestas conforman un sueño hoy apetecible? No es un proyecto, pero es un sueño que puede provocarlo. Carlos Menem, nacido del peronismo, fue el primer consumidor. No era un sueño sino una hipnosis letárgica de primer mundo contra deuda. Olvídese de Menem.

Pero la excluyente apuesta al consumismo sin epopeya inversora, en la que casi todos los políticos parecen estar aletargados, subsume –con un conformismo preocupante– , los debates de fondo de la función de producción en la cotidianeidad numérica de los debates periodísticos de la inflación, de los problemas fiscales, cambiarios y monetarios. Son problemas. Pero de segundo orden. Con estas condiciones de largada, las mareas de encuestas que van y vienen, la trama profunda de la Nación pide a gritos la vuelta de la política en el sentido de Ortega y los atletas de la imagen orteguiana. La política es algo mucho más serio y necesario de lo que parece. Para desgracia colectiva, por ahora –con honrosas excepciones– no aparece.

Recién largaron.

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