La economía del congelamiento

Una estrategia de eficacia efímera

10 de junio, 2013

La economía del congelamiento

(Columna de Luciano Cohan, economista jefe de Elypsis)

Tras haber sido ignorada durante una década –o maquillada como “dispersión de precios”–la suba generalizada de precios ha sido incorporada al lenguaje oficial. Por primera vez, y luego de un incremento de cerca de 400% desde el 25 de mayo de 2003 o más de 600% desde fines de 2001, oímos a la Presidenta hablar de los precios, aunque tercerizando la culpa sobre quienes los fijan.

Con el diagnóstico hecho y los culpables identificados, se ha puesto en marcha un nuevo plan antiinflacionario consiste, sencillamente, en prohibir la inflación minorista. Congelar el precio en los supermercados implica elegir a este segmento de productos como el “ancla nominal” de la economía. Usar anclas es algo típico de los planes antiinflacionarios, tanto ortodoxos como heterodoxos. El Gobierno elige una variable cuyo retraso en términos relativos está dispuesto a tolerar para contener el proceso inflacionario: el tipo de cambio, los agregados monetarios (y tasas de interés), precios, salarios, tarifas, etcétera.

En aquellos planes de estabilización en los que los congelamientos a gran escala eran parte central de la desinflación, abundan los fracasos (como el Plan Austral o el Cruzado en la Argentina y Brasil de los ‘80 u otros experimentos locales menos conocidos como el de 1971) aunque hay también casos exitosos, como el de Israel de 1985 .

Las anclas actúan como herramienta antiinflacionaria a través de dos mecanismos. Por un lado, al coordinar expectativas sobre la evolución futura de los precios que, como se sabe, es parte fundamental del componente inercial de la inflación. Por otro, el ancla puede tener un efecto arrastre sobre otros sectores, como ser eslabones previos en las cadena o las negociaciones paritarias o, como suele suceder con anclas de tipo de cambio, sobre sectores que compiten con importaciones.

La versión K

Ahora bien, ¿tiene sentido la versión autóctona de congelamiento de precios concentrada en el segmento minorista de supermercados y electrodomésticos? En primer lugar, el congelamiento corre en desventaja respecto a otras anclas: su cumplimiento es tanto de difícil verificación como de hacer cumplir. Supongamos, como intentó hacerse entre febrero y mayo, que quieren congelar todos los precios de los supermercados.

El censo económico de 2003 registró un total de 400.000 comercios minoristas en todo el país, 10.000 de los cuales eran “supermercados con predominio de productos alimenticios y bebidas”. Un cálculo de trazo grueso permite dimensionar la magnitud del esfuerzo de control: los 10.000 supermercados se distribuyen aproximadamente en 1.500 de grandes cadenas (donde se venden entre 20.000 y 25.000 productos por local), unos 1.000 medianos (con 7.000-8.000 productos) y 7.500 pequeños (con 1.500-2.000 productos). Estamos hablando de un intento de congelar entre 50 y 60 millones de productos a la venta.

El Gobierno se enfrenta a decisiones con objetivos contrapuestos. Si quiere una política que sea verificable y que pueda hacer cumplir, deberá bajar su potencia. Si quiere potencia, por ejemplo con un control generalizado, es inverificable e incontrolable. El pasaje de un congelamiento total de supermercados a la actual versión de 500 productos con control militante es un reconocimiento de esto. Congelar los precios de los supermercados tiene un problema adicional.

A diferencia de otros rubros, los precios de los supermercados suben de forma periódica y solapada. Mientras salarios, tarifas, prepagas, expensas, alquileres, transporte o educación, entre otros, tienden a tener pocas subas fuertes, los precios de los supermercados ajustan más rápido pero menos –10%-20% de los productos ajustan 4%-5% por mes–. Pues, la inflación depende más de la frecuencia de ajuste que de su intensidad.

Esta característica tiene dos implicancias que la vuelven también una pobre herramienta antiinflacionaria. En primer lugar, en caso de ser exitosa, sus resultados son poco visibles. En segundo lugar, la mayor respuesta de ajuste en los supermercados eleva los riesgos de sobrerreacción una vez pasado el congelamiento.

Tómese, por ejemplo, lo sucedido entre marzo y mediados de mayo, período para el cual en Elypsis contamos con una muestra de alrededor de 100.000 precios diarios. Durante esos dos meses y medio los precios subieron un módico 1,1% acumulado o 0,4% promedio mensual. En un contexto de congelamiento imperfecto en el que el 5% de los precios registraron subas y bajas que casi se netearon. ¿Nota la gente que hay menos productos ajustando ese 4%-5% para corregir a partir de allí sus expectativas? No lo creo, y las encuestas sobre expectativas de inflación parecen mostrar lo mismo.

Eficacia efímera

¿Qué queda del congelamiento? Aunque el resultado neto aún es positivo, nuestra muestra pasó de registrar subas en 4,7% de los productos durante marzo (y una cantidad similar de bajas) a 6,4% y 4,7% respectivamente en abril, 17% y 9% en la primer quincena de mayo, 28% y 6,2% en la segunda y 33% y 5,8% en la primera semana de junio. En tan sólo quince días desde descongelados, la inflación mensual de los supermercados trepó por arriba del 2,4%. Aunque resta saber en dónde termina la aceleración, la respuesta se registra rápida e intensa.

El resultado de este tira y afloje es una medida de poca eficacia que, lejos de ser inocua, tiene un efecto negativo.El costo negativo de la inflación no está asociado a la suba de precios – los agentes pueden adaptarse perfectamente a una suba estable y conocida de todos los precios – sino a su impacto sobre los precios relativos, que se vuelven volátiles e inciertos. El congelamiento parcial (el único factible) no sólo no corrige sino que empeora este panorama.

Tal como está planteada, la estrategia antiinflacionaria combina el peor de los mundos. Un intento de ancla en el comercio minorista que no sólo no coordina expectativas ni es controlable sino que incrementa la variabilidad de los precios relativos. Casi en simultáneo con el congelamiento en supermercados, el dólar blue subió de $6 a $9, comenzaron a cerrarse las paritarias, los agregados monetarios continuaron al 35%-40% interanual y se ajustaron al alza tarifas, transporte y tasas de interés.¿Alguien duda de que estos tres meses de desaceleración fueron sólo inflación reprimida?