Lo que deja la economía K

28 de mayo, 2013

Lo que deja la economía K

(Columna de Ricardo Delgado, director de Analytica Consultora)

La década kirchnerista, como toda etapa de transformaciones, concentra tanto apoyos sin matices como críticas feroces. Década ganada para unos, desperdiciada para algunos, perdida para otros. Opositores en 2003 que fueron convirtiéndose, con los años, a la fe K. Ex funcionarios que, muerto Néstor en 2010, idealizaron su gobierno para denostar, por la diferencia, las políticas seguidas por su continuadora, Cristina. Una dirigencia política que casi nunca en estos diez años logró imponer una contraagenda positiva y conducente para alterar el avance arrollador de las políticas públicas.

En esta década el kirchnerismo ha logrado que “indiferencia” no sea precisamente la palabra que lo define. La economía K también pugna por el rótulo de transformadora y, de nuevo, aquí el debate es intenso. ¿Populismo básico o cierta lógica de redistribución y metas de equidad? ¿Un modelo con Néstor y otro, diferente, con Cristina? ¿Incapacidad para tomar deuda responsablemente o decisión estratégica de desendeudarse? ¿Final de ciclo o una fase necesaria de correcciones para volver a crecer a tasas más altas? Todo opinable, sin dudas.

A modo de ejercicio de pensamiento, en estas líneas imaginaremos en qué condiciones dejará el kirchnerismo la economía a fines de 2015. Pocas dudas caben, con relativa certeza, de que el PIB dentro de dos años será el doble que el de 2002 y más alto que el mejor nivel de la década de los noventa. Un buen punto de arranque para cualquier gobierno que lo suceda.

En aspectos cualitativos, quizá lo elemental de la economía K sea haber hecho retornar la capacidad para formular políticas económicas, algo que la propia naturaleza de la convertibilidad, en los años noventa, hacía imposible. La Argentina, en los 2000, regresó al escenario de los países normales, integrado por aquellos que usan la política fiscal para expandir o contraer el producto; por los que eligen, un tiempo al menos, tener un dólar alto o bajo, los que utilizan la política monetaria para activar el crédito privado o aquellos que optan por modelos más autónomos de integración regional, por ejemplo.

Bajo esta independencia en la elección de los instrumentos de política económica fue posible que la crisis internacional 2008- 09 se sorteara con escasos y transitorios efectos sobre la actividad y el empleo. Se hizo un uso adecuado de la política fiscal, y sobre todo se devaluó el peso. La recuperación poscrisis, incluso, fue tanto o más fuerte que las expansiones de los años previos. Como contraejemplo, en los noventa, la rigidez convertible hacía que cualquier shock negativo del exterior, como el tequila mexicano, la crisis del sudeste asiático y de Rusia, o la devaluación del real, deprimieran la economía, en particular el empleo. Al no poder devaluar, cualquier “aleteo de mariposa” en el mundo derivaba en cuadros de crisis para la economía local.

Como filosofía, entonces, haber abandonado los modelos exóticos, pensados para otras realidades, representa un avance fundamental. Los primeros años del kirchnerismo plasmaron, además, el trípode virtuoso de los superávit gemelos (fiscal y externo) y el dólar alto y estable, una combinación virtuosa y casi nunca vista, de objetivos macroeconómicos que rápidamente sacó a la economía de la depresión y creó puestos de trabajo como nunca antes en la historia contemporánea.

El mundo hizo su parte, iniciándose en esos primeros años de kirchnerismo el boom de precios de las commodities. Es obvio que la elección de esos objetivos se hizo posible al existir una gran capacidad ociosa y un altísimo desempleo, porque había espacio para devaluar sin que haya un traslado automático a los precios y porque las presiones salariales tenían límites. Pero lo cierto es que a diez años de esa elección, debe pensarse que, para una economía de las características productivas de la argentina, ese trípode virtuoso fue la llave que abrió el camino del crecimiento sostenido.

A diferencia de otros momentos de la democracia, además, la economía que recibirá el próximo gobierno estará muy poco endeudada y con muy bajas necesidades anuales de financiamiento, hasta 2020 al menos. La gran reestructuración de 2005 (complementada en 2010) dejó un perfil de pagos muy holgado, que incluso permitiría regresar a los mercados voluntarios sin mayores dificultades y a tasas razonables, en un mundo que presagia costos de deuda muy reducidos por largo tiempo. El kirchnerismo también se propuso, y los alcanzó, objetivos sociales que ampliaron derechos en sectores postergados pero que, a la vez, limitaron el superávit fiscal. La Asignación Universal por Hijo (AUH) o la incorporación de casi dos millones de jubilados representan cambios estructurales que difícilmente sean reversibles en futuros gobiernos.

Sin embargo, una discusión profunda acerca de cómo lograr un financiamiento sustentable para estas políticas de largo alcance se volverá crucial en los próximos años. Faltan aún dos años para finalizar la etapa política más extensa en las tres décadas democráticas, y todo indica que la economía todavía deberá atravesar zonas inciertas. La inflación es el tema principal a resolver; su persistencia ha reducido la rentabilidad de los sectores transables, las chances de aumentar el poder de compra de los salarios y la posibilidad de consolidar el ahorro en pesos.

En 2012, además, reaparecieron viejos fantasmas argentinos, como la histeria por el dólar y la paulatina pérdida de reservas del Banco Central. Por ahora, si existe vocación política y pericia técnica, las dificultades son objetivamente manejables. El desafío mayor, a no dudarlo, es que el Gobierno logre recuperar ciertos grados de confianza hasta el final de su mandato.

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