¿Por qué y cómo industrializar?

La demanda interna, clave

8 de mayo, 2013

¿Por qué y cómo industrializar?

(Columna del economista Silvio Guaita)

La importancia de la industrialización y la diversificación de la estructura productiva como medio para evitar estrangulamientos y amenazas económicas (tanto internas como externas), ya no debería ser objeto de discusión en países con una estructura productiva desequilibrada, un entramado industrial incompleto y una industria poco diversificada.

Dejando de lado dicha discusión, que para muchos aún no está saldada (ya sea por intereses o una formación académica errónea e incompleta), el debate luego debe centrarse en las medidas que necesitan ser implementadas y sobre qué sectores o ramas industriales deben realizarse estímulos para llevar adelante dicha industrialización. Con respecto al primer punto, los efectos correctivos y de equilibrio en un proceso de industrialización se manifiestan de diferentes formas.

En primer lugar, incrementan la riqueza de la nación, aumentan el nivel de empleo y disminuyen el subempleo. En segundo lugar, reducen el empleo de baja productividad como los del sector de servicios. Por lo que al mismo tiempo que se desarrolla y amplía el sector industrial, aumenta la productividad y calificación de la mano de obra ocupada. Tercero, contribuye a la difusión de nuevas tecnologías y técnicas de producción. Ergo, la productividad del trabajo y del sector industrial se incrementa aún más. Cuarto, permite reducir las importaciones, lo que permite mejorar la balanza de pagos y, por lo tanto, relajar la brecha externa. Es decir, contribuye a reducir la elasticidad producto de las importaciones. O, lo que es lo mismo, disminuye el número de bienes extranjeros que deben adquirirse para incrementar la producción nacional.

Desde esta perspectiva, el desempleo, empleo informal, baja productividad, escaso progreso técnico y escasez de divisas que, de forma conjunta, agobian a la economía, son fenómenos endógenos que tienen su origen, no en una supuesta ineficiencia natural del sector industrial, sino precisamente en la precariedad de su desarrollo.

En resumen, la industria es el motor que debe potenciar y arrastrar a la economía en su conjunto a niveles de riqueza y desarrollo superiores y de forma inclusiva para toda la población.

Los mecanismos

Para lograr esto, ya pasando a la segunda fase del debate, existen algunos sectores clave, como la industria pesada de bienes de capital, la generación eléctrica, la siderurgia, la industria química básica y la industria petroquímica, entre otros. La importancia de los mismos radica en el efecto dinámico que producen sobre el entramado industrial cuando estos se expanden. El desarrollo de este número reducido de industrias clave requiere el crecimiento y desarrollo de una vasta gama de “pequeñas” industrias que elaboren productos de buena calidad.

Es por esto que el proceso es simbiótico: el perfeccionamiento de uno de sus componentes repercute positivamente en el conjunto total. Es decir, estos sectores clave, generan eslabonamientos hacia adelante y hacia atrás, además de disponer de amplios mercados exteriores y permitir una sustitución de importaciones en una escala mayor. En otras palabras, generan un crecimiento masivo y equilibrado de la estructura productiva.

Ahora bien, el desarrollo de los mismos, así como el de cualquier otro sector económico, requiere, entre otras cosas, de un nivel de demanda sostenible en el tiempo. La particularidad de los sectores mencionados es que, por no tratarse de bienes de consumo final, no pueden desarrollarse y expandirse simplemente aumentando el poder de compra del consumidor final y/o restringiendo el ingreso de bienes extranjeros, sino que requieren de una demanda sostenida y segura de gran envergadura por parte del Estado. Demanda como la que se origina con planes de expansión petrolera, obras hidroeléctricas o de energía nuclear. En otras palabras, requieren de grandes inversiones estatales en infraestructura, además de todos los incrementos del gasto público ya implementados en la Argentina que no abarcan dicha categoría (como la AUH, aumento de jubilaciones y salarios mínimos, plan jefes y jefas de hogar, y todo los aumentos de la calidad de vida generados gracias a una redistribución del ingreso, entre otros).

En conclusión, debe iniciarse cuanto antes un proceso de sustitución de importaciones, liderado por una planificación estatal de obras de infraestructura de gran envergadura y a largo plazo. No sólo por todas las razones mencionadas, sino también por el simple hecho de que, dado los bajos niveles de desempleo a los que se ha logrado llegar a lo largo de los últimos 10 años, una interrupción del proceso de industrialización empeoraría las vulnerabilidades mencionadas ya que afecta a un mayor número de industrias y personas empleadas.