Vamos por todo

Las 10 decisiones más polémicas del modelo

10 de abril, 2013

Vamos por todo

(Extracto del capítulo “Vivir con lo puesto: la prematura agonía de la sintonía fina” del libro “Vamos por todo. Las 10 decisiones más polémicas del modelo” -Sudamericana, 2013- de Marcos Novaro y Eduardo Levy Yeyati)

Ciccone no calificaría para nuestro ranking de errores de Gobierno. Ciertamente fue desafortunada la elección de Boudou como vicepresidente, originalmente basada tanto en su “éxito” como estatizador previsional cuanto en su popularidad como improvisado músico de rock y potencial delfín de un cristinismo jaqueado por la imposibilidad de reelección y la ausencia de soldados carismáticos.

Por otro lado, no puede descartarse que las opacidades relacionadas con el levantamiento de la quiebra de Ciccone hayan sido conocidas por otros miembros del Gobierno antes de que estallara en los medios; de hecho, es probable que la fuente de tanta repentina información sobre el caso haya sido algún cristinista poco convencido del proyecto Boudou. Pero no fue el Gobierno el protagonista de esta historia, y cabe pensar que si el escándalo salía a la luz un año antes, el compañero de fórmula de CFK habría sido otro.

¿Por qué entonces dedicamos unas páginas a esta telenovela? Por varias razones. A primera vista, podría decirse que Ciccone en algún sentido reeditó el caso de Antonini Wilson (el venezolano que intentó pasar una valija con 800.000 dólares bolivarianos presuntamente destinados a la campaña de Cristina en 2007), en tanto que ambos fueron baldazos de agua fría tras rotundos triunfos electorales de CFK, y ambos detonaron cambios importantes en la estrategia de Gobierno –o al menos eso podemos inferir de la diferencia entre las promesas de campaña (y de algún gesto inmediatamente después de la victoria) y la dirección de política adoptada tras el escándalo–.

La historia nunca se repite de manera tan conveniente para sus narradores. Si hubo un evento anticlimático tras el apoteótico 54% no fue Ciccone (que emergería recién en febrero de 2012) sino el ubicuo y fastidioso dólar, que venía asomando su cabeza antes de las elecciones, pero terminó de revelarse como problema después de ellas.

Primero, por la resistencia del Gobierno a ajustar el tipo de cambio, que se apreciaba rápidamente con la inflación y con el fortalecimiento del dólar a nivel global por causa de la crisis europea (el real brasileño, por caso, se depreció cerca de 15% en cuestión de meses). Después, por la imposición de controles a la compra de moneda extranjera, que disparó un mecanismo de defensa típico en estos casos: acumular dólares antes de que la posibilidad de compra se cerrara por completo.

La respuesta a este inesperado inconveniente que empañaba los festejos del amplio triunfo electoral fue el anuncio –a medio cocinar y apurado para sacar al dólar de la tapa de los diarios– de la creación de una comisión abocada a la revisión del régimen de subsidios, a cargo de Julio de Vido y del entonces aún ministro de Economía Amado Boudou. En un ejercicio de prestidigitación retórica, De Vido aclaraba que las tarifas “son las que están” y “no se modifican” y que el anuncio afectaba “al subsidio y no a la tarifa”. Lo que quería decir, claro, era que tanto los costos como el subsidio no habían parado de subir, y que los hogares que antes pagaban la tarifa con subsidio ahora pagarían la misma tarifa pero sin él.

¿Cuál era el plan a fines de 2011? Con déficit fiscal en aumento por causa de los subsidios, primero en la minuta post elecciones estaba el ajuste de tarifas tantas veces planeado (y, por razones electorales, demorado) por el Ministerio de Economía. Que el anuncio se hiciera entre gallos y medianoche, sin un esquema de tarifa social que mitigara el efecto sobre los hogares de menores recursos de un ajuste que, de realizarse de manera completa, implicaría una tarifa varias veces mayor que las vigentes, obedecía al característico inmediatismo kirchnerista, en este caso urgido por el protagonismo del dólar.

Pero el ajuste de tarifas de gas y luz, así como una racionalización de los subsidios al transporte, e incluso una nueva vuelta de tuerca a la posibilidad de emitir deuda en los mercados internacionales para refinanciar parcialmente los vencimientos de deuda, formaban parte de la agenda promovida desde hacía tiempo por Boudou y sus adláteres, empezando por el flamante ministro Lorenzino. Y se expresaba en los discursos presidenciales con un término de popularidad efímera: la “sintonía fina”. “Algunos entienden que competitividad se hace a costa de bajar salarios o de pagar menos impuestos. Ahora hay que comenzar con sintonía fina a analizar inflación, subsidios y utilidades”, decía CFK en noviembre de 2011 al hablar en la conferencia anual de la UIA, señalando que el crecimiento dependería de la innovación y de la “competitividad con inclusión”.

¿Qué pasó en el medio? ¿Cómo fue que la política de los primeros quince meses de la segunda CFK viró al extremo opuesto: pago de deuda con reservas menguantes, racionamiento de dólares con persecución cambiaria y prohibición de importaciones, financiamiento del déficit con emisión de dinero, y un Estado empresario amateur e ineficaz?

Ciertamente la dinámica del dólar, tratada más adelante, no contribuyó a tranquilizar al Gobierno a pesar de la victoria electoral. El kirchnerismo, que fue en alguna medida hijo de una corrida cambiaria (la de 2001), es lógicamente susceptible a este tipo de eventos.

Por otro lado, el crecimiento y sus consecuencias directas, el empleo y la recuperación del salario real, son tal vez las principales banderas del kirchnerismo (al menos en términos de consolidar su capital electoral), y ya a fines de 2011 comenzaba a percibirse la desaceleración de la economía, lo que generaba una previsible ansiedad en los rangos políticos oficialistas. Pero, a fines de 2011, en el frente económico se había establecido un delicado balance entre la vertiente “liberal” del vicepresidente, que había nominado con éxito al ministro de Economía, y la línea camporista representada por el secretario de Política Económica Axel Kicillof –ambos observados con igual recelo por el inamovible Guillermo Moreno en Comercio–.

Ciccone puso fin a ese equilibrio, destronando a Boudou, debilitando la posición de Lorenzino, que perdería espacio hasta bien entrado 2012, y dejando a Kicillof como asesor único y privilegiado. Siempre es difícil juzgar a posteriori qué es lo que habría ocurrido en un escenario alternativo. Pero, puestos a especular, nos atrevemos a hipotetizar que Ciccone marcó un antes y un después en el período post 54%. La hegemonía de Axel Kicillof fue, en alguna medida, hija de Ciccone. Y la sintonía fina fue, en igual medida, su víctima.