La burbuja de cristal

Factores psicológicos de un dólar a $ 9

26 de abril, 2013

La burbuja de cristal

(Columna de Martín Tetaz, economista, profesor de la UNLP y la UNNoBA, investigador del Instituto de Integración Latinoamericana (IIL) y del Centro de Estudios Distributivos Laborales y Sociales (CEDLAS). Twitter: @martintetaz)

El sujeto está en el cuarto piso del buque Estrella de la Fortuna, junto al Poker Room, en una mesa de ruleta contigua a una zona que está momentáneamente en refacción. Debe tener unos sesenta años y aunque habla en español, la prosodia del acento delata su condición turista. Para un neófito en las estadísticas, el tipo parece un experto en el juego. Mira la pantalla que registra las 10 últimas bolas arrojadas por el croupier y anuncia con suficiencia: “Van cuatro negros al hilo…el próxima es colorado”.

El pronóstico no es el resultado de un pálpito caprichoso, ni una elucubración al azar. Con tonada centroamericana, el experimentado apostador explica que por la Ley de los Grandes Números tiene que haber un balance, de modo que para equilibrar el tanteador atestado de negros, deben comenzar a hacerse presentes algunos colorados.

Por un instante siento el impulso de decirle que la Ley de los Grandes Números es una regularidad empírica que se verifica justamente para un número muy grande de eventos aleatorios; una cantidad de pases que seguramente no verá sino al cabo de un año seguido jugando todos los días. Simplemente, la muestra de un día de apuestas está muy lejos de ser grande y ni que hablar de un puñado de sorteos acumulados en una hora.

Ahora bien, si Eugene Fama está en lo correcto, las cotizaciones de los activos financieros, como por ejemplo las divisas, deberían incluir en cada momento del tiempo toda la información que sobre ellos posee el mercado, de suerte tal que su precio el día de mañana es un suceso completamente aleatorio; tan estocástico como el número que saldrá en el próximo tiro de la ruleta en el flotante de Puerto Madero.

Pero hay una diferencia muy grande entre la ruleta y el mercado de divisas. Por más fuerza que el apostador haga, por más conjuros o cábalas que siga, no existe modo de influir en el resultado del próximo tiro. La ruleta no tiene memoria y lo mismo da que previamente hayan salido 10 negros al hilo, o que no se haya hecho presente ninguno de ellos: la probabilidad de que el próximo número sea colorado es exactamente igual a las chances de que resulte en el onceavo negro consecutivo.

Divisas y apostadores

En el mercado de divisas en cambio, el accionar de los apostadores sí que influye en los resultados. Esto ocurre porque los seres humanos hemos evolucionado un mecanismo detector de regularidades que busca frenéticamente patrones y tendencias a partir de un número muy reducido de observaciones.

En la Sabana africana en la que vivían nuestros antepasados, la Ley de los Grandes Números era como el largo plazo de J. Maynard Keynes: un momento del tiempo inasequible, puesto que primero había que sobrevivir. Resultaba crucial entonces definir rápidamente si el olor fuerte, o el grito agudo pertenecía a un depredador que ameritaba la fuga, puesto que aquellos individuos de nuestra especie que fueran muy aversos a cometer lo que en estadística denominamos error tipo I, aumentarían las chances de cometer el error de tipo II, no viendo una regularidad que efectivamente estaba presente y pasando a ser inmediatamente alimento de los leones.

Apresurarse en ver una tendencia y extraer una conclusión (el “jump to conclusions bias” del Nobel Daniel Kahneman), en el peor de los casos significaba una falsa alarma, una huída innecesaria, pero en todas las oportunidades restantes garantizaba la supervivencia, por lo que esa tendencia comportamental quedó grabada en el ADN de las futuras generaciones.

Ocurre que la aleatoriedad se manifiesta en la naturaleza de modos caprichosos, genera rachas que pueden ser confundidas con tendencias y precipitar acciones de los agentes económicos que, materializando una profecía autocumplida, las sacan de las tinieblas de la aleatoriedad. Así, un shock inicial (léase, estacionalidad, Resolución 3450 de la AFIP o emisión sojera) dispara la cotización del dólar y si el devenir del camino aleatorio le presenta una subida al día siguiente, pues es muy difícil que la gente no perciba la racha como una tendencia y se vuelque al activo para aprovechar la levantada.

Hasta aquí tenemos una simple teoría behavioral de burbujas especulativas, pero otro sesgo (la búsqueda de la reducción de la disonancia cognitiva) hará que una sucesión de cotizaciones a la baja iniciada por la reversión de alguno de los shocks (el cambio de estacionalidad, por ejemplo) y convertida en racha por caprichos del azar, no dispare, en cambio, un comportamiento de venta que genere un regreso al statu quo.

¿Qué esperar?

En efecto, quien compra un activo con fines especulativos, lo hace sobre la base de pensar que el papel va a subir, y como demostró Kahneman, desestimará cualquier información que contradiga o ponga en tela de juicio su capacidad predictiva, por lo que no interpretará simétricamente una racha bajista como una tendencia sino que, por el contrario, volverá a pensar como el jugador del casino, apostando a que simplemente está en presencia de un fenómeno aleatorio que deberá equilibrarse en tarde o temprano.

La resistencia a desprenderse de un activo a un precio menor al que se pagó por él cristaliza de ese modo la burbuja, solidificando los pisos cada vez mayores que observamos en la cotización del dólar. El proceso se repetirá con cada shock, y la brecha continuará aumentando. Nueve pesos puede parecer una locura o el resultado de un ataque de pánico.

Pero mientras escribo esto, en Venezuela, por ejemplo, el paralelo cotiza a 23,34 bolívares, una brecha del 259% con el oficial que (no) se consigue a 6,50.